Martes 7 de julio de 2009
Carta Encíclica
CARITAS IN VERITATE
del Sumo Pontífice Benedicto XVI
a los Obispos
a los presbÍteros y diáconos
a las personas consagradas
a todos los fieles laicos
y a todos los hombres de buena voluntad
sobre el desarrollo humano integral en la caridad y en la verdad
INTRODUCCIÓN
1. La caridad en la
verdad, de la que Jesucristo se ha hecho testigo con su vida terrenal y,
sobre todo, con su muerte y resurrección, es la principal fuerza impulsora
del auténtico desarrollo de cada persona y de toda la humanidad. El amor
—«caritas»— es una fuerza extraordinaria, que mueve a las personas a
comprometerse con valentía y generosidad en el campo de la justicia y de
la paz. Es una fuerza que tiene su origen en Dios, Amor eterno y Verdad
absoluta. Cada uno encuentra su propio bien asumiendo el proyecto que Dios
tiene sobre él, para realizarlo plenamente: en efecto, encuentra en dicho
proyecto su verdad y, aceptando esta verdad, se hace libre (cf. Jn 8,22).
Por tanto, defender la verdad, proponerla con humildad y convicción y
testimoniarla en la vida son formas exigentes e insustituibles de caridad.
Ésta «goza con la verdad» (1 Co 13,6). Todos los hombres perciben el
impulso interior de amar de manera auténtica; amor y verdad nunca los
abandonan completamente, porque son la vocación que Dios ha puesto en el
corazón y en la mente de cada ser humano. Jesucristo purifica y libera de
nuestras limitaciones humanas la búsqueda del amor y la verdad, y nos
desvela plenamente la iniciativa de amor y el proyecto de vida verdadera
que Dios ha preparado para nosotros. En Cristo, la caridad en la verdad se
convierte en el Rostro de su Persona, en una vocación a amar a nuestros
hermanos en la verdad de su proyecto. En efecto, Él mismo es la Verdad
(cf. Jn 14,6).
2. La caridad es la vía
maestra de la doctrina social de la Iglesia. Todas las responsabilidades y
compromisos trazados por esta doctrina provienen de la caridad que, según
la enseñanza de Jesús, es la síntesis de toda la Ley (cf. Mt 22,36-40).
Ella da verdadera sustancia a la relación personal con Dios y con el
prójimo; no es sólo el principio de las micro-relaciones, como en las
amistades, la familia, el pequeño grupo, sino también de las
macro-relaciones, como las relaciones sociales, económicas y políticas.
Para la Iglesia —aleccionada por el Evangelio—, la caridad es todo porque,
como enseña San Juan (cf. 1 Jn 4,8.16) y como he recordado en mi primera
Carta encíclica «Dios es caridad» (Deus caritas est): todo proviene de la
caridad de Dios, todo adquiere forma por ella, y a ella tiende todo. La
caridad es el don más grande que Dios ha dado a los hombres, es su promesa
y nuestra esperanza.
Soy consciente de las
desviaciones y la pérdida de sentido que ha sufrido y sufre la caridad,
con el consiguiente riesgo de ser mal entendida, o excluida de la ética
vivida y, en cualquier caso, de impedir su correcta valoración. En el
ámbito social, jurídico, cultural, político y económico, es decir, en los
contextos más expuestos a dicho peligro, se afirma fácilmente su
irrelevancia para interpretar y orientar las responsabilidades morales. De
aquí la necesidad de unir no sólo la caridad con la verdad, en el sentido
señalado por San Pablo de la «veritas in caritate» (Ef 4,15), sino también
en el sentido, inverso y complementario, de «caritas in veritate». Se ha
de buscar, encontrar y expresar la verdad en la «economía» de la caridad,
pero, a su vez, se ha de entender, valorar y practicar la caridad a la luz
de la verdad. De este modo, no sólo prestaremos un servicio a la caridad,
iluminada por la verdad, sino que contribuiremos a dar fuerza a la verdad,
mostrando su capacidad de autentificar y persuadir en la concreción de la
vida social. Y esto no es algo de poca importancia hoy, en un contexto
social y cultural, que con frecuencia relativiza la verdad, bien
desentendiéndose de ella, bien rechazándola.
3. Por esta estrecha
relación con la verdad, se puede reconocer a la caridad como expresión
auténtica de humanidad y como elemento de importancia fundamental en las
relaciones humanas, también las de carácter público. Sólo en la verdad
resplandece la caridad y puede ser vivida auténticamente. La verdad es luz
que da sentido y valor a la caridad. Esta luz es simultáneamente la de la
razón y la de la fe, por medio de la cual la inteligencia llega a la
verdad natural y sobrenatural de la caridad, percibiendo su significado de
entrega, acogida y comunión. Sin verdad, la caridad cae en mero
sentimentalismo. El amor se convierte en un envoltorio vacío que se
rellena arbitrariamente. Éste es el riesgo fatal del amor en una cultura
sin verdad. Es presa fácil de las emociones y las opiniones contingentes
de los sujetos, una palabra de la que se abusa y que se distorsiona,
terminando por significar lo contrario. La verdad libera a la caridad de
la estrechez de una emotividad que la priva de contenidos relacionales y
sociales, así como de un fideísmo que mutila su horizonte humano y
universal. En la verdad, la caridad refleja la dimensión personal y al
mismo tiempo pública de la fe en el Dios bíblico, que es a la vez «Agapé»
y «Lógos»: Caridad y Verdad, Amor y Palabra.
4. Puesto que está llena
de verdad, la caridad puede ser comprendida por el hombre en toda su
riqueza de valores, compartida y comunicada. En efecto, la verdad es «lógos»
que crea «diálogos» y, por tanto, comunicación y comunión. La verdad,
rescatando a los hombres de las opiniones y de las sensaciones subjetivas,
les permite llegar más allá de las determinaciones culturales e históricas
y apreciar el valor y la sustancia de las cosas. La verdad abre y une el
intelecto de los seres humanos en el lógos del amor: éste es el anuncio y
el testimonio cristiano de la caridad. En el contexto social y cultural
actual, en el que está difundida la tendencia a relativizar lo verdadero,
vivir la caridad en la verdad lleva a comprender que la adhesión a los
valores del cristianismo no es sólo un elemento útil, sino indispensable
para la construcción de una buena sociedad y un verdadero desarrollo
humano integral. Un cristianismo de caridad sin verdad se puede confundir
fácilmente con una reserva de buenos sentimientos, provechosos para la
convivencia social, pero marginales. De este modo, en el mundo no habría
un verdadero y propio lugar para Dios. Sin la verdad, la caridad es
relegada a un ámbito de relaciones reducido y privado. Queda excluida de
los proyectos y procesos para construir un desarrollo humano de alcance
universal, en el diálogo entre saberes y operatividad.
5. La caridad es amor
recibido y ofrecido. Es «gracia» (cháris). Su origen es el amor que brota
del Padre por el Hijo, en el Espíritu Santo. Es amor que desde el Hijo
desciende sobre nosotros. Es amor creador, por el que nosotros somos; es
amor redentor, por el cual somos recreados. Es el Amor revelado, puesto en
práctica por Cristo (cf. Jn 13,1) y «derramado en nuestros corazones por
el Espíritu Santo» (Rm 5,5). Los hombres, destinatarios del amor de Dios,
se convierten en sujetos de caridad, llamados a hacerse ellos mismos
instrumentos de la gracia para difundir la caridad de Dios y para tejer
redes de caridad.
La doctrina social de la
Iglesia responde a esta dinámica de caridad recibida y ofrecida. Es
«caritas in veritate in re sociali», anuncio de la verdad del amor de
Cristo en la sociedad. Dicha doctrina es servicio de la caridad, pero en
la verdad. La verdad preserva y expresa la fuerza liberadora de la caridad
en los acontecimientos siempre nuevos de la historia. Es al mismo tiempo
verdad de la fe y de la razón, en la distinción y la sinergia a la vez de
los dos ámbitos cognitivos. El desarrollo, el bienestar social, una
solución adecuada de los graves problemas socioeconómicos que afligen a la
humanidad, necesitan esta verdad. Y necesitan aún más que se estime y dé
testimonio de esta verdad. Sin verdad, sin confianza y amor por lo
verdadero, no hay conciencia y responsabilidad social, y la actuación
social se deja a merced de intereses privados y de lógicas de poder, con
efectos disgregadores sobre la sociedad, tanto más en una sociedad en vías
de globalización, en momentos difíciles como los actuales.
6. «Caritas in veritate»
es el principio sobre el que gira la doctrina social de la Iglesia, un
principio que adquiere forma operativa en criterios orien tadores de la
acción moral. Deseo volver a recordar particularmente dos de ellos,
requeridos de manera especial por el compromiso para el desarrollo en una
sociedad en vías de globalización: la justicia y el bien común.
Ante todo, la justicia.
Ubi societas, ibi ius: toda sociedad elabora un sistema propio de
justicia. La caridad va más allá de la justicia, porque amar es dar,
ofrecer de lo «mío» al otro; pero nunca carece de justicia, la cual lleva
a dar al otro lo que es «suyo», lo que le corresponde en virtud de su ser
y de su obrar. No puedo «dar» al otro de lo mío sin haberle dado en primer
lugar lo que en justicia le corresponde. Quien ama con caridad a los
demás, es ante todo justo con ellos. No basta decir que la justicia no es
extraña a la caridad, que no es una vía alternativa o paralela a la
caridad: la justicia es «inseparable de la caridad»,[1] intrínseca a ella.
La justicia es la primera vía de la caridad o, como dijo Pablo VI, su
«medida mínima»,[2] parte integrante de ese amor «con obras y según la
verdad» (1 Jn 3,18), al que nos exhorta el apóstol Juan. Por un lado, la
caridad exige la justicia, el reconocimiento y el respeto de los legítimos
derechos de las personas y los pueblos. Se ocupa de la construcción de la
«ciudad del hombre» según el derecho y la justicia. Por otro, la caridad
supera la justicia y la completa siguiendo la lógica de la entrega y el
perdón.[3] La «ciudad del hombre» no se promueve sólo con relaciones de
derechos y deberes sino, antes y más aún, con relaciones de gratuidad, de
misericordia y de comunión. La caridad manifiesta siempre el amor de Dios
también en las relaciones humanas, otorgando valor teologal y salvífico a
todo compromiso por la justicia en el mundo.
7. Hay que tener también
en gran consideración el bien común. Amar a alguien es querer su bien y
trabajar eficazmente por él. Junto al bien individual, hay un bien
relacionado con el vivir social de las personas: el bien común. Es el bien
de ese «todos nosotros», formado por individuos, familias y grupos
intermedios que se unen en comunidad social.[4] No es un bien que se busca
por sí mismo, sino para las personas que forman parte de la comunidad
social, y que sólo en ella pueden conseguir su bien realmente y de modo
más eficaz. Desear el bien común y esforzarse por él es exigencia de
justicia y caridad. Trabajar por el bien común es cuidar, por un lado, y
utilizar, por otro, ese conjunto de instituciones que estructuran
jurídica, civil, política y culturalmente la vida social, que se configura
así como pólis, como ciudad. Se ama al prójimo tanto más eficazmente,
cuanto más se trabaja por un bien común que responda también a sus
necesidades reales. Todo cristiano está llamado a esta caridad, según su
vocación y sus posibilidades de incidir en la pólis. Ésta es la vía
institucional —también política, podríamos decir— de la caridad, no menos
cualificada e incisiva de lo que pueda ser la caridad que encuentra
directamente al prójimo fuera de las mediaciones institucionales de la
pólis. El compromiso por el bien común, cuando está inspirado por la
caridad, tiene una valencia superior al compromiso meramente secular y
político. Como todo compromiso en favor de la justicia, forma parte de ese
testimonio de la caridad divina que, actuando en el tiempo, prepara lo
eterno. La acción del hombre sobre la tierra, cuando está inspirada y
sustentada por la caridad, contribuye a la edificación de esa ciudad de
Dios universal hacia la cual avanza la historia de la familia humana. En
una sociedad en vías de globalización, el bien común y el esfuerzo por él,
han de abarcar necesariamente a toda la familia humana, es decir, a la
comunidad de los pueblos y naciones,[5] dando así forma de unidad y de paz
a la ciudad del hombre, y haciéndola en cierta medida una anticipación que
prefigura la ciudad de Dios sin barreras.
8. Al publicar en 1967 la
Encíclica Populorum progressio, mi venerado predecesor Pablo VI ha
iluminado el gran tema del desarrollo de los pueblos con el esplendor de
la verdad y la luz suave de la caridad de Cristo. Ha afirmado que el
anuncio de Cristo es el primero y principal factor de desarrollo[6] y nos
ha dejado la consigna de caminar por la vía del desarrollo con todo
nuestro corazón y con toda nuestra inteligencia,[7] es decir, con el ardor
de la caridad y la sabiduría de la verdad. La verdad originaria del amor
de Dios, que se nos ha dado gratuitamente, es lo que abre nuestra vida al
don y hace posible esperar en un «desarrollo de todo el hombre y de todos
los hombres»,[8] en el tránsito «de condiciones menos humanas a
condiciones más humanas»,[9] que se obtiene venciendo las dificultades que
inevitablemente se encuentran a lo largo del camino.
A más de cuarenta años de
la publicación de la Encíclica, deseo rendir homenaje y honrar la memoria
del gran Pontífice Pablo VI, retomando sus enseñanzas sobre el desarrollo
humano integral y siguiendo la ruta que han trazado, para actualizarlas en
nuestros días. Este proceso de actualización comenzó con la Encíclica
Sollicitudo rei socialis, con la que el Siervo de Dios Juan Pablo II quiso
conmemorar la publicación de la Populorum progressio con ocasión de su
vigésimo aniversario. Hasta entonces, una conmemoración similar fue
dedicada sólo a la Rerum novarum. Pasados otros veinte años más,
manifiesto mi convicción de que la Populorum progressio merece ser
considerada como «la Rerum novarum de la época contemporánea», que ilumina
el camino de la humanidad en vías de unificación.
9. El amor en la verdad
—caritas in veritate— es un gran desafío para la Iglesia en un mundo en
progresiva y expansiva globalización. El riesgo de nuestro tiempo es que
la interdependencia de hecho entre los hombres y los pueblos no se
corresponda con la interacción ética de la conciencia y el intelecto, de
la que pueda resultar un desarrollo realmente humano. Sólo con la caridad,
iluminada por la luz de la razón y de la fe, es posible conseguir
objetivos de desarrollo con un carácter más humano y humanizador. El
compartir los bienes y recursos, de lo que proviene el auténtico
desarrollo, no se asegura sólo con el progreso técnico y con meras
relaciones de conveniencia, sino con la fuerza del amor que vence al mal
con el bien (cf. Rm 12,21) y abre la conciencia del ser humano a
relaciones recíprocas de libertad y de responsabilidad.
La Iglesia no tiene
soluciones técnicas que ofrecer [10] y no pretende «de ninguna manera
mezclarse en la política de los Estados».[11] No obstante, tiene una
misión de verdad que cumplir en todo tiempo y circunstancia en favor de
una sociedad a medida del hombre, de su dignidad y de su vocación. Sin
verdad se cae en una visión empirista y escéptica de la vida, incapaz de
elevarse sobre la praxis, porque no está interesada en tomar en
consideración los valores —a veces ni siquiera el significado— con los
cuales juzgarla y orientarla. La fidelidad al hombre exige la fidelidad a
la verdad, que es la única garantía de libertad (cf. Jn 8,32) y de la
posibilidad de un desarrollo humano integral. Por eso la Iglesia la busca,
la anuncia incansablemente y la reconoce allí donde se manifieste. Para la
Iglesia, esta misión de verdad es irrenunciable. Su doctrina social es una
dimensión singular de este anuncio: está al servicio de la verdad que
libera. Abierta a la verdad, de cualquier saber que provenga, la doctrina
social de la Iglesia la acoge, recompone en unidad los fragmentos en que a
menudo la encuentra, y se hace su portadora en la vida concreta siempre
nueva de la sociedad de los hombres y los pueblos. [12]
CAPÍTULO PRIMERO
EL MENSAJE DE LA POPULORUM PROGRESSIO
10. A más de cuarenta años
de su publicación, la relectura de la Populorum progressio insta a
permanecer fieles a su mensaje de caridad y de verdad, considerándolo en
el ámbito del magisterio específico de Pablo VI y, más en general, dentro
de la tradición de la doctrina social de la Iglesia. Se han de valorar
después los diversos términos en que hoy, a diferencia de entonces, se
plantea el problema del desarrollo. El punto de vista correcto, por tanto,
es el de la Tradición de la fe apostólica,[13] patrimonio antiguo y nuevo,
fuera del cual la Populorum progressio sería un documento sin raíces y las
cuestiones sobre el desarrollo se reducirían únicamente a datos
sociológicos.
11. La publicación de la
Populorum progressio tuvo lugar poco después de la conclusión del Concilio
Ecuménico Vaticano II. La misma Encíclica señala en los primeros párrafos
su íntima relación con el Concilio.[14] Veinte años después, Juan Pablo II
subrayó en la Sollicitudo rei socialis la fecunda relación de aquella
Encíclica con el Concilio y, en particular, con la Constitución pastoral
Gaudium et spes.[15] También yo deseo recordar aquí la importancia del
Concilio Vaticano II para la Encíclica de Pablo VI y para todo el
Magisterio social de los Sumos Pontífices que le han sucedido. El Concilio
profundizó en lo que pertenece desde siempre a la verdad de la fe, es
decir, que la Iglesia, estando al servicio de Dios, está al servicio del
mundo en términos de amor y verdad. Pablo VI partía precisamente de esta
visión para decirnos dos grandes verdades. La primera es que toda la
Iglesia, en todo su ser y obrar, cuando anuncia, celebra y actúa en la
caridad, tiende a promover el desarrollo integral del hombre. Tiene un
papel público que no se agota en sus actividades de asistencia o
educación, sino que manifiesta toda su propia capacidad de servicio a la
promoción del hombre y la fraternidad universal cuando puede contar con un
régimen de libertad. Dicha libertad se ve impedida en muchos casos por
prohibiciones y persecuciones, o también limitada cuando se reduce la
presencia pública de la Iglesia solamente a sus actividades caritativas.
La segunda verdad es que el auténtico desarrollo del hombre concierne de
manera unitaria a la totalidad de la persona en todas sus dimensiones.[16]
Sin la perspectiva de una vida eterna, el progreso humano en este mundo se
queda sin aliento. Encerrado dentro de la historia, queda expuesto al
riesgo de reducirse sólo al incremento del tener; así, la humanidad pierde
la valentía de estar disponible para los bienes más altos, para las
iniciativas grandes y desinteresadas que la caridad universal exige. El
hombre no se desarrolla únicamente con sus propias fuerzas, así como no se
le puede dar sin más el desarrollo desde fuera. A lo largo de la historia,
se ha creído con frecuencia que la creación de instituciones bastaba para
garantizar a la humanidad el ejercicio del derecho al desarrollo.
Desafortunadamente, se ha depositado una confianza excesiva en dichas
instituciones, casi como si ellas pudieran conseguir el objetivo deseado
de manera automática. En realidad, las instituciones por sí solas no
bastan, porque el desarrollo humano integral es ante todo vocación y, por
tanto, comporta que se asuman libre y solidariamente responsabilidades por
parte de todos. Este desarrollo exige, además, una visión trascendente de
la persona, necesita a Dios: sin Él, o se niega el desarrollo, o se le
deja únicamente en manos del hombre, que cede a la presunción de la
auto-salvación y termina por promover un desarrollo deshumanizado. Por lo
demás, sólo el encuentro con Dios permite no «ver siempre en el prójimo
solamente al otro»,[17] sino reconocer en él la imagen divina, llegando
así a descubrir verdaderamente al otro y a madurar un amor que «es
ocuparse del otro y preocuparse por el otro».[18]
12. La relación entre la
Populorum progressio y el Concilio Vaticano II no representa un fisura
entre el Magisterio social de Pablo VI y el de los Pontífices que lo
precedieron, puesto que el Concilio profundiza dicho magisterio en la
continuidad de la vida de la Iglesia.[19] En este sentido, algunas
subdivisiones abstractas de la doctrina social de la Iglesia, que aplican
a las enseñanzas sociales pontificias categorías extrañas a ella, no
contribuyen a clarificarla. No hay dos tipos de doctrina social, una
preconciliar y otra postconciliar, diferentes entre sí, sino una única
enseñanza, coherente y al mismo tiempo siempre nueva.[20] Es justo señalar
las peculiaridades de una u otra Encíclica, de la enseñanza de uno u otro
Pontífice, pero sin perder nunca de vista la coherencia de todo el corpus
doctrinal en su conjunto.[21] Coherencia no significa un sistema cerrado,
sino más bien la fidelidad dinámica a una luz recibida. La doctrina social
de la Iglesia ilumina con una luz que no cambia los problemas siempre
nuevos que van surgiendo.[22] Eso salvaguarda tanto el carácter permanente
como histórico de este «patrimonio» doctrinal[23] que, con sus
características específicas, forma parte de la Tradición siempre viva de
la Iglesia.[24] La doctrina social está construida sobre el fundamento
transmitido por los Apóstoles a los Padres de la Iglesia y acogido y
profundizado después por los grandes Doctores cristianos. Esta doctrina se
remite en definitiva al hombre nuevo, al «último Adán, Espíritu que da
vida» (1 Co 15,45), y que es principio de la caridad que «no pasa nunca»
(1 Co 13,8). Ha sido atestiguada por los Santos y por cuantos han dado la
vida por Cristo Salvador en el campo de la justicia y la paz. En ella se
expresa la tarea profética de los Sumos Pontífices de guiar
apostólicamente la Iglesia de Cristo y de discernir las nuevas exigencias
de la evangelización. Por estas razones, la Populorum progressio,
insertada en la gran corriente de la Tradición, puede hablarnos todavía
hoy a nosotros.
13. Además de su íntima
unión con toda la doctrina social de la Iglesia, la Populorum progressio
enlaza estrechamente con el conjunto de todo el magisterio de Pablo VI y,
en particular, con su magisterio social. Sus enseñanzas sociales fueron de
gran relevancia: reafirmó la importancia imprescindible del Evangelio para
la construcción de la sociedad según libertad y justicia, en la
perspectiva ideal e histórica de una civilización animada por el amor.
Pablo VI entendió claramente que la cuestión social se había hecho mundial
[25] y captó la relación recíproca entre el impulso hacia la unificación
de la humanidad y el ideal cristiano de una única familia de los pueblos,
solidaria en la común hermandad. Indicó en el desarrollo, humana y
cristianamente entendido, el corazón del mensaje social cristiano y
propuso la caridad cristiana como principal fuerza al servicio del
desarrollo. Movido por el deseo de hacer plenamente visible al hombre
contemporáneo el amor de Cristo, Pablo VI afrontó con firmeza cuestiones
éticas importantes, sin ceder a las debilidades culturales de su tiempo.
14. Con la Carta
apostólica Octogesima adveniens, de 1971, Pablo VI trató luego el tema del
sentido de la política y el peligro que representaban las visiones
utópicas e ideológicas que comprometían su cualidad ética y humana. Son
argumentos estrechamente unidos con el desarrollo. Lamentablemente, las
ideologías negativas surgen continuamente. Pablo VI ya puso en guardia
sobre la ideología tecnocrática,[26] hoy particularmente arraigada,
consciente del gran riesgo de confiar todo el proceso del desarrollo sólo
a la técnica, porque de este modo quedaría sin orientación. En sí misma
considerada, la técnica es ambivalente. Si de un lado hay actualmente
quien es propenso a confiar completamente a ella el proceso de desarrollo,
de otro, se advierte el surgir de ideologías que niegan in toto la
utilidad misma del desarrollo, considerándolo radicalmente antihumano y
que sólo comporta degradación. Así, se acaba a veces por condenar, no sólo
el modo erróneo e injusto en que los hombres orientan el progreso, sino
también los descubrimientos científicos mismos que, por el contrario, son
una oportunidad de crecimiento para todos si se usan bien. La idea de un
mundo sin desarrollo expresa desconfianza en el hombre y en Dios. Por
tanto, es un grave error despreciar las capacidades humanas de controlar
las desviaciones del desarrollo o ignorar incluso que el hombre tiende
constitutivamente a «ser más». Considerar ideológicamente como absoluto el
progreso técnico y soñar con la utopía de una humanidad que retorna a su
estado de naturaleza originario, son dos modos opuestos para eximir al
progreso de su valoración moral y, por tanto, de nuestra responsabilidad.
15. Otros dos documentos
de Pablo VI, aunque no tan estrechamente relacionados con la doctrina
social —la Encíclica Humanae vitae, del 25 de julio de 1968, y la
Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, del 8 de diciembre de 1975—
son muy importantes para delinear el sentido plenamente humano del
desarrollo propuesto por la Iglesia. Por tanto, es oportuno leer también
estos textos en relación con la Populorum progressio.
La Encíclica Humanae vitae
subraya el sentido unitivo y procreador a la vez de la sexualidad,
poniendo así como fundamento de la sociedad la pareja de los esposos,
hombre y mujer, que se acogen recíprocamente en la distinción y en la
complementariedad; una pareja, pues, abierta a la vida.[27] No se trata de
una moral meramente individual: la Humanae vitae señala los fuertes
vínculos entre ética de la vida y ética social, inaugurando una temática
del magisterio que ha ido tomando cuerpo poco a poco en varios documentos
y, por último, en la Encíclica Evangelium vitae de Juan Pablo II.[28] La
Iglesia propone con fuerza esta relación entre ética de la vida y ética
social, consciente de que «no puede tener bases sólidas, una sociedad que
—mientras afirma valores como la dignidad de la persona, la justicia y la
paz— se contradice radicalmente aceptando y tolerando las más variadas
formas de menosprecio y violación de la vida humana, sobre todo si es
débil y marginada».[29]
La Exhortación apostólica
Evangelii nuntiandi guarda una relación muy estrecha con el desarrollo, en
cuanto «la evangelización —escribe Pablo VI— no sería completa si no
tuviera en cuenta la interpelación recíproca que en el curso de los
tiempos se establece entre el Evangelio y la vida concreta, personal y
social del hombre».[30] «Entre evangelización y promoción humana
(desarrollo, liberación) existen efectivamente lazos muy fuertes »: [31]
partiendo de esta convicción, Pablo VI aclaró la relación entre el anuncio
de Cristo y la promoción de la persona en la sociedad. El testimonio de la
caridad de Cristo mediante obras de justicia, paz y desarrollo forma parte
de la evangelización, porque a Jesucristo, que nos ama, le interesa todo
el hombre. Sobre estas importantes enseñanzas se funda el aspecto
misionero [32] de la doctrina social de la Iglesia, como un elemento
esencial de evangelización.[33] Es anuncio y testimonio de la fe. Es
instrumento y fuente imprescindible para educarse en ella.
16. En la Populorum
progressio, Pablo VI nos ha querido decir, ante todo, que el progreso, en
su fuente y en su esencia, es una vocación: «En los designios de Dios,
cada hombre está llamado a promover su propio progreso, porque la vida de
todo hombre es una vocación».[34] Esto es precisamente lo que legitima la
intervención de la Iglesia en la problemática del desarrollo. Si éste
afectase sólo a los aspectos técnicos de la vida del hombre, y no al
sentido de su caminar en la historia junto con sus otros hermanos, ni al
descubrimiento de la meta de este camino, la Iglesia no tendría por qué
hablar de él. Pablo VI, como ya León XIII en la Rerum novarum,[35] era
consciente de cumplir un deber propio de su ministerio al proyectar la luz
del Evangelio sobre las cuestiones sociales de su tiempo.[36]
Decir que el desarrollo es
vocación equivale a reconocer, por un lado, que éste nace de una llamada
trascendente y, por otro, que es incapaz de darse su significado último
por sí mismo. Con buenos motivos, la palabra «vocación» aparece de nuevo
en otro pasaje de la Encíclica, donde se afirma: «No hay, pues, más que un
humanismo verdadero que se abre al Absoluto en el reconocimiento de una
vocación que da la idea verdadera de la vida humana».[37] Esta visión del
progreso es el corazón de la Populorum progressio y motiva todas las
reflexiones de Pablo VI sobre la libertad, la verdad y la caridad en el
desarrollo. Es también la razón principal por lo que aquella Encíclica
todavía es actual en nuestros días.
17. La vocación es una
llamada que requiere una respuesta libre y responsable. El desarrollo
humano integral supone la libertad responsable de la persona y los
pueblos: ninguna estructura puede garantizar dicho desarrollo desde fuera
y por encima de la responsabilidad humana. Los «mesianismos prometedores,
pero forjados de ilusiones»[38] basan siempre sus propias propuestas en la
negación de la dimensión trascendente del desarrollo, seguros de tenerlo
todo a su disposición. Esta falsa seguridad se convierte en debilidad,
porque comporta el sometimiento del hombre, reducido a un medio para el
desarrollo, mientras que la humildad de quien acoge una vocación se
transforma en verdadera autonomía, porque hace libre a la persona. Pablo
VI no tiene duda de que hay obstáculos y condicionamientos que frenan el
desarrollo, pero tiene también la certeza de que «cada uno permanece
siempre, sean los que sean los influjos que sobre él se ejercen, el
artífice principal de su éxito o de su fracaso».[39] Esta libertad se
refiere al desarrollo que tenemos ante nosotros pero, al mismo tiempo,
también a las situaciones de subdesarrollo, que no son fruto de la
casualidad o de una necesidad histórica, sino que dependen de la
responsabilidad humana. Por eso, «los pueblos hambrientos interpelan hoy,
con acento dramático, a los pueblos opulentos».[40] También esto es
vocación, en cuanto llamada de hombres libres a hombres libres para asumir
una responsabilidad común. Pablo VI percibía netamente la importancia de
las estructuras económicas y de las instituciones, pero se daba cuenta con
igual claridad de que la naturaleza de éstas era ser instrumentos de la
libertad humana. Sólo si es libre, el desarrollo puede ser integralmente
humano; sólo en un régimen de libertad responsable puede crecer de manera
adecuada.
18. Además de la libertad,
el desarrollo humano integral como vocación exige también que se respete
la verdad. La vocación al progreso impulsa a los hombres a «hacer, conocer
y tener más para ser más».[41] Pero la cuestión es: ¿qué significa «ser
más»? A esta pregunta, Pablo VI responde indicando lo que comporta
esencialmente el «auténtico desarrollo»: «debe ser integral, es decir,
promover a todos los hombres y a todo el hombre».[42] En la concurrencia
entre las diferentes visiones del hombre que, más aún que en la sociedad
de Pablo VI, se proponen también en la de hoy, la visión cristiana tiene
la peculiaridad de afirmar y justificar el valor incondicional de la
persona humana y el sentido de su crecimiento. La vocación cristiana al
desarrollo ayuda a buscar la promoción de todos los hombres y de todo el
hombre. Pablo VI escribe: «Lo que cuenta para nosotros es el hombre, cada
hombre, cada agrupación de hombres, hasta la humanidad entera».[43] La fe
cristiana se ocupa del desarrollo, no apoyándose en privilegios o
posiciones de poder, ni tampoco en los méritos de los cristianos, que
ciertamente se han dado y también hoy se dan, junto con sus naturales
limitaciones,[44] sino sólo en Cristo, al cual debe remitirse toda
vocación auténtica al desarrollo humano integral. El Evangelio es un
elemento fundamental del desarrollo porque, en él, Cristo, «en la misma
revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el
hombre al propio hombre».[45] Con las enseñanzas de su Señor, la Iglesia
escruta los signos de los tiempos, los interpreta y ofrece al mundo «lo
que ella posee como propio: una visión global del hombre y de la
humanidad».[46] Precisamente porque Dios pronuncia el «sí» más grande al
hombre,[47] el hombre no puede dejar de abrirse a la vocación divina para
realizar el propio desarrollo. La verdad del desarrollo consiste en su
totalidad: si no es de todo el hombre y de todos los hombres, no es el
verdadero desarrollo. Éste es el mensaje central de la Populorum
progressio, válido hoy y siempre. El desarrollo humano integral en el
plano natural, al ser respuesta a una vocación de Dios creador,[48]
requiere su autentificación en «un humanismo trascendental, que da [al
hombre] su mayor plenitud; ésta es la finalidad suprema del desarrollo
personal».[49] Por tanto, la vocación cristiana a dicho desarrollo abarca
tanto el plano natural como el sobrenatural; éste es el motivo por el que,
«cuando Dios queda eclipsado, nuestra capacidad de reconocer el orden
natural, la finalidad y el “bien”, empieza a disiparse».[50]
19. Finalmente, la visión
del desarrollo como vocación comporta que su centro sea la caridad. En la
Encíclica Populorum progressio, Pablo VI señaló que las causas del
subdesarrollo no son principalmente de orden material. Nos invitó a
buscarlas en otras dimensiones del hombre. Ante todo, en la voluntad, que
con frecuencia se desentiende de los deberes de la solidaridad. Después,
en el pensamiento, que no siempre sabe orientar adecuadamente el deseo.
Por eso, para alcanzar el desarrollo hacen falta «pensadores de reflexión
profunda que busquen un humanismo nuevo, el cual permita al hombre moderno
hallarse a sí mismo».[51] Pero eso no es todo. El subdesarrollo tiene una
causa más importante aún que la falta de pensamiento: es «la falta de
fraternidad entre los hombres y entre los pueblos».[52] Esta fraternidad,
¿podrán lograrla alguna vez los hombres por sí solos? La sociedad cada vez
más globalizada nos hace más cercanos, pero no más hermanos. La razón, por
sí sola, es capaz de aceptar la igualdad entre los hombres y de establecer
una convivencia cívica entre ellos, pero no consigue fundar la hermandad.
Ésta nace de una vocación transcendente de Dios Padre, el primero que nos
ha amado, y que nos ha enseñado mediante el Hijo lo que es la caridad
fraterna. Pablo VI, presentando los diversos niveles del proceso de
desarrollo del hombre, puso en lo más alto, después de haber mencionado la
fe, «la unidad de la caridad de Cristo, que nos llama a todos a
participar, como hijos, en la vida del Dios vivo, Padre de todos los
hombres».[53]
20. Estas perspectivas
abiertas por la Populorum progressio siguen siendo fundamentales para dar
vida y orientación a nuestro compromiso por el desarrollo de los pueblos.
Además, la Populorum progressio subraya reiteradamente la urgencia de las
reformas[54] y pide que, ante los grandes problemas de la injusticia en el
desarrollo de los pueblos, se actúe con valor y sin demora. Esta urgencia
viene impuesta también por la caridad en la verdad. Es la caridad de
Cristo la que nos impulsa: «caritas Christi urget nos» (2 Co 5,14). Esta
urgencia no se debe sólo al estado de cosas, no se deriva solamente de la
avalancha de los acontecimientos y problemas, sino de lo que está en
juego: la necesidad de alcanzar una auténtica fraternidad. Lograr esta
meta es tan importante que exige tomarla en consideración para
comprenderla a fondo y movilizarse «concretamente con el corazón», con el
fin de hacer cambiar los procesos económicos y sociales actuales hacia
metas plenamente humanas.
CAPÍTULO SEGUNDO
EL DESARROLLO HUMANO EN NUESTRO TIEMPO
21. Pablo VI tenía una
visión articulada del desarrollo. Con el término «desarrollo » quiso
indicar ante todo el objetivo de que los pueblos salieran del hambre, la
miseria, las enfermedades endémicas y el analfabetismo. Desde el punto de
vista económico, eso significaba su participación activa y en condiciones
de igualdad en el proceso económico internacional; desde el punto de vista
social, su evolución hacia sociedades solidarias y con buen nivel de
formación; desde el punto de vista político, la consolidación de regímenes
democráticos capaces de asegurar libertad y paz. Después de tantos años,
al ver con preocupación el desarrollo y la perspectiva de las crisis que
se suceden en estos tiempos, nos preguntamos hasta qué punto se han
cumplido las expectativas de Pablo VI siguiendo el modelo de desarrollo
que se ha adoptado en las últimas décadas. Por tanto, reconocemos que
estaba fundada la preocupación de la Iglesia por la capacidad del hombre
meramente tecnológico para fijar objetivos realistas y poder gestionar
constante y adecuadamente los instrumentos disponibles. La ganancia es
útil si, como medio, se orienta a un fin que le dé un sentido, tanto en el
modo de adquirirla como de utilizarla. El objetivo exclusivo del
beneficio, cuando es obtenido mal y sin el bien común como fin último,
corre el riesgo de destruir riqueza y crear pobreza. El desarrollo
económico que Pablo VI deseaba era el que produjera un crecimiento real,
extensible a todos y concretamente sostenible. Es verdad que el desarrollo
ha sido y sigue siendo un factor positivo que ha sacado de la miseria a
miles de millones de personas y que, últimamente, ha dado a muchos países
la posibilidad de participar efectivamente en la política internacional.
Sin embargo, se ha de reconocer que el desarrollo económico mismo ha
estado, y lo está aún, aquejado por desviaciones y problemas dramáticos,
que la crisis actual ha puesto todavía más de manifiesto. Ésta nos pone
improrrogablemente ante decisiones que afectan cada vez más al destino
mismo del hombre, el cual, por lo demás, no puede prescindir de su
naturaleza. Las fuerzas técnicas que se mueven, las interrelaciones
planetarias, los efectos perniciosos sobre la economía real de una
actividad financiera mal utilizada y en buena parte especulativa, los
imponentes flujos migratorios, frecuentemente provocados y después no
gestionados adecuadamente, o la explotación sin reglas de los recursos de
la tierra, nos induce hoy a reflexionar sobre las medidas necesarias para
solucionar problemas que no sólo son nuevos respecto a los afrontados por
el Papa Pablo VI, sino también, y sobre todo, que tienen un efecto
decisivo para el bien presente y futuro de la humanidad. Los aspectos de
la crisis y sus soluciones, así como la posibilidad de un futuro nuevo
desarrollo, están cada vez más interrelacionados, se implican
recíprocamente, requieren nuevos esfuerzos de comprensión unitaria y una
nueva síntesis humanista. Nos preocupa justamente la complejidad y
gravedad de la situación económica actual, pero hemos de asumir con
realismo, confianza y esperanza las nuevas responsabilidades que nos
reclama la situación de un mundo que necesita una profunda renovación
cultural y el redescubrimiento de valores de fondo sobre los cuales
construir un futuro mejor. La crisis nos obliga a revisar nuestro camino,
a darnos nuevas reglas y a encontrar nuevas formas de compromiso, a
apoyarnos en las experiencias positivas y a rechazar las negativas. De
este modo, la crisis se convierte en ocasión de discernir y proyectar de
un modo nuevo. Conviene afrontar las dificultades del presente en esta
clave, de manera confiada más que resignada.
22. Hoy, el cuadro del
desarrollo se despliega en múltiples ámbitos. Los actores y las causas,
tanto del subdesarrollo como del desarrollo, son múltiples, las culpas y
los méritos son muchos y diferentes. Esto debería llevar a liberarse de
las ideologías, que con frecuencia simplifican de manera artificiosa la
realidad, y a examinar con objetividad la dimensión humana de los
problemas. Como ya señaló Juan Pablo II,[55] la línea de demarcación entre
países ricos y pobres ahora no es tan neta como en tiempos de la Populorum
progressio. La riqueza mundial crece en términos absolutos, pero aumentan
también las desigualdades. En los países ricos, nuevas categorías sociales
se empobrecen y nacen nuevas pobrezas. En las zonas más pobres, algunos
grupos gozan de un tipo de superdesarrollo derrochador y consumista, que
contrasta de modo inaceptable con situaciones persistentes de miseria
deshumanizadora. Se sigue produciendo « el escándalo de las disparidades
hirientes ».[56] Lamentablemente, hay corrupción e ilegalidad tanto en el
comportamiento de sujetos económicos y políticos de los países ricos,
nuevos y antiguos, como en los países pobres. La falta de respeto de los
derechos humanos de los trabajadores es provocada a veces por grandes
empresas multinacionales y también por grupos de producción local. Las
ayudas internacionales se han desviado con frecuencia de su finalidad por
irresponsabilidades tanto en los donantes como en los beneficiarios.
Podemos encontrar la misma articulación de responsabilidades también en el
ámbito de las causas inmateriales o culturales del desarrollo y el
subdesarrollo. Hay formas excesivas de protección de los conocimientos por
parte de los países ricos, a través de un empleo demasiado rígido del
derecho a la propiedad intelectual, especialmente en el campo sanitario.
Al mismo tiempo, en algunos países pobres perduran modelos culturales y
normas sociales de comportamiento que frenan el proceso de desarrollo.
23. Hoy, muchas áreas del
planeta se han desarrollado, aunque de modo problemático y desigual,
entrando a formar parte del grupo de las grandes potencias destinado a
jugar un papel importante en el futuro. Pero se ha de subrayar que no
basta progresar sólo desde el punto de vista económico y tecnológico. El
desarrollo necesita ser ante todo auténtico e integral. El salir del
atraso económico, algo en sí mismo positivo, no soluciona la problemática
compleja de la promoción del hombre, ni en los países protagonistas de
estos adelantos, ni en los países económicamente ya desarrollados, ni en
los que todavía son pobres, los cuales pueden sufrir, además de antiguas
formas de explotación, las consecuencias negativas que se derivan de un
crecimiento marcado por desviaciones y desequilibrios.
Tras el derrumbe de los
sistemas económicos y políticos de los países comunistas de Europa
Oriental y el fin de los llamados «bloques contrapuestos », hubiera sido
necesario un replanteamiento total del desarrollo. Lo pidió Juan Pablo II,
quien en 1987 indicó que la existencia de estos « bloques » era una de las
principales causas del subdesarrollo,[57] pues la política sustraía
recursos a la economía y a la cultura, y la ideología inhibía la libertad.
En 1991, después de los acontecimientos de 1989, pidió también que el fin
de los bloques se correspondiera con un nuevo modo de proyectar
globalmente el desarrollo, no sólo en aquellos países, sino también en
Occidente y en las partes del mundo que se estaban desarrollando.[58] Esto
ha ocurrido sólo en parte, y sigue siendo un deber llevarlo a cabo, tal
vez aprovechando precisamente las medidas necesarias para superar los
problemas económicos actuales.
24. El mundo que Pablo VI
tenía ante sí, aunque el proceso de socialización estuviera ya avanzado y
pudo hablar de una cuestión social que se había hecho mundial, estaba aún
mucho menos integrado que el actual. La actividad económica y la función
política se movían en gran parte dentro de los mismos confines y podían
contar, por tanto, la una con la otra. La actividad productiva tenía lugar
predominantemente en los ámbitos nacionales y las inversiones financieras
circulaban de forma bastante limitada con el extranjero, de manera que la
política de muchos estados podía fijar todavía las prioridades de la
economía y, de algún modo, gobernar su curso con los instrumentos que
tenía a su disposición. Por este motivo, la Populorum progressio asignó un
papel central, aunque no exclusivo, a los « poderes públicos ».[59]
En nuestra época, el
Estado se encuentra con el deber de afrontar las limitaciones que pone a
su soberanía el nuevo contexto económico-comercial y financiero
internacional, caracterizado también por una creciente movilidad de los
capitales financieros y los medios de producción materiales e
inmateriales. Este nuevo contexto ha modificado el poder político de los
estados.
Hoy, aprendiendo también
la lección que proviene de la crisis económica actual, en la que los
poderes públicos del Estado se ven llamados directamente a corregir
errores y disfunciones, parece más realista una renovada valoración de su
papel y de su poder, que han de ser sabiamente reexaminados y
revalorizados, de modo que sean capaces de afrontar los desafíos del mundo
actual, incluso con nuevas modalidades de ejercerlos. Con un papel mejor
ponderado de los poderes públicos, es previsible que se fortalezcan las
nuevas formas de participación en la política nacional e internacional que
tienen lugar a través de la actuación de las organizaciones de la sociedad
civil; en este sentido, es de desear que haya mayor atención y
participación en la res publica por parte de los ciudadanos.
25. Desde el punto de
vista social, a los sistemas de protección y previsión, ya existentes en
tiempos de Pablo VI en muchos países, les cuesta trabajo, y les costará
todavía más en el futuro, lograr sus objetivos de verdadera justicia
social dentro de un cuadro de fuerzas profundamente transformado. El
mercado, al hacerse global, ha estimulado, sobre todo en países ricos, la
búsqueda de áreas en las que emplazar la producción a bajo coste con el
fin de reducir los precios de muchos bienes, aumentar el poder de
adquisición y acelerar por tanto el índice de crecimiento, centrado en un
mayor consumo en el propio mercado interior. Consecuentemente, el mercado
ha estimulado nuevas formas de competencia entre los estados con el fin de
atraer centros productivos de empresas extranjeras, adoptando diversas
medidas, como una fiscalidad favorable y la falta de reglamentación del
mundo del trabajo. Estos procesos han llevado a la reducción de la red de
seguridad social a cambio de la búsqueda de mayores ventajas competitivas
en el mercado global, con grave peligro para los derechos de los
trabajadores, para los derechos fundamentales del hombre y para la
solidaridad en las tradicionales formas del Estado social. Los sistemas de
seguridad social pueden perder la capacidad de cumplir su tarea, tanto en
los países pobres, como en los emergentes, e incluso en los ya
desarrollados desde hace tiempo. En este punto, las políticas de balance,
con los recortes al gasto social, con frecuencia promovidos también por
las instituciones financieras internacionales, pueden dejar a los
ciudadanos impotentes ante riesgos antiguos y nuevos; dicha impotencia
aumenta por la falta de protección eficaz por parte de las asociaciones de
los trabajadores. El conjunto de los cambios sociales y económicos hace
que las organizaciones sindicales tengan mayores dificultades para
desarrollar su tarea de representación de los intereses de los
trabajadores, también porque los gobiernos, por razones de utilidad
económica, limitan a menudo las libertades sindicales o la capacidad de
negociación de los sindicatos mismos. Las redes de solidaridad
tradicionales se ven obligadas a superar mayores obstáculos. Por tanto, la
invitación de la doctrina social de la Iglesia, empezando por la Rerum
novarum,[60] a dar vida a asociaciones de trabajadores para defender sus
propios derechos ha de ser respetada, hoy más que ayer, dando ante todo
una respuesta pronta y de altas miras a la urgencia de establecer nuevas
sinergias en el ámbito internacional y local.
La movilidad laboral,
asociada a la desregulación generalizada, ha sido un fenómeno importante,
no exento de aspectos positivos porque estimula la producción de nueva
riqueza y el intercambio entre culturas diferentes. Sin embargo, cuando la
incertidumbre sobre las condiciones de trabajo a causa de la movilidad y
la desregulación se hace endémica, surgen formas de inestabilidad
psicológica, de dificultad para crear caminos propios coherentes en la
vida, incluido el del matrimonio. Como consecuencia, se producen
situaciones de deterioro humano y de desperdicio social. Respecto a lo que
sucedía en la sociedad industrial del pasado, el paro provoca hoy nuevas
formas de irrelevancia económica, y la actual crisis sólo puede empeorar
dicha situación. El estar sin trabajo durante mucho tiempo, o la
dependencia prolongada de la asistencia pública o privada, mina la
libertad y la creatividad de la persona y sus relaciones familiares y
sociales, con graves daños en el plano psicológico y espiritual. Quisiera
recordar a todos, en especial a los gobernantes que se ocupan en dar un
aspecto renovado al orden económico y social del mundo, que el primer
capital que se ha de salvaguardar y valorar es el hombre, la persona en su
integridad: « Pues el hombre es el autor, el centro y el fin de toda la
vida económico-social».[61]
26. En el plano cultural,
las diferencias son aún más acusadas que en la época de Pablo VI.
Entonces, las culturas estaban generalmente bien definidas y tenían más
posibilidades de defenderse ante los intentos de hacerlas homogéneas. Hoy,
las posibilidades de interacción entre las culturas han aumentado
notablemente, dando lugar a nuevas perspectivas de diálogo intercultural,
un diálogo que, para ser eficaz, ha de tener como punto de partida una
toma de conciencia de la identidad específica de los diversos
interlocutores. Pero no se ha de olvidar que la progresiva
mercantilización de los intercambios culturales aumenta hoy un doble
riesgo. Se nota, en primer lugar, un eclecticismo cultural asumido con
frecuencia de manera acrítica: se piensa en las culturas como superpuestas
unas a otras, sustancialmente equivalentes e intercambiables. Eso induce a
caer en un relativismo que en nada ayuda al verdadero diálogo
intercultural; en el plano social, el relativismo cultural provoca que los
grupos culturales estén juntos o convivan, pero separados, sin diálogo
auténtico y, por lo tanto, sin verdadera integración. Existe, en segundo
lugar, el peligro opuesto de rebajar la cultura y homologar los
comportamientos y estilos de vida. De este modo, se pierde el sentido
profundo de la cultura de las diferentes naciones, de las tradiciones de
los diversos pueblos, en cuyo marco la persona se enfrenta a las
cuestiones fundamentales de la existencia.[62] El eclecticismo y el bajo
nivel cultural coinciden en separar la cultura de la naturaleza humana.
Así, las culturas ya no saben encontrar su lugar en una naturaleza que las
transciende,[63] terminando por reducir al hombre a mero dato cultural.
Cuando esto ocurre, la humanidad corre nuevos riesgos de sometimiento y
manipulación.
27. En muchos países
pobres persiste, y amenaza con acentuarse, la extrema inseguridad de vida
a causa de la falta de alimentación: el hambre causa todavía muchas
víctimas entre tantos Lázaros a los que no se les consiente sentarse a la
mesa del rico epulón, como en cambio Pablo VI deseaba.[64] Dar de comer a
los hambrientos (cf. Mt 25,35.37.42) es un imperativo ético para la
Iglesia universal, que responde a las enseñanzas de su Fundador, el Señor
Jesús, sobre la solidaridad y el compartir. Además, en la era de la
globalización, eliminar el hambre en el mundo se ha convertido también en
una meta que se ha de lograr para salvaguardar la paz y la estabilidad del
planeta. El hambre no depende tanto de la escasez material, cuanto de la
insuficiencia de recursos sociales, el más importante de los cuales es de
tipo institucional. Es decir, falta un sistema de instituciones económicas
capaces, tanto de asegurar que se tenga acceso al agua y a la comida de
manera regular y adecuada desde el punto de vista nutricional, como de
afrontar las exigencias relacionadas con las necesidades primarias y con
las emergencias de crisis alimentarias reales, provocadas por causas
naturales o por la irresponsabilidad política nacional e internacional. El
problema de la inseguridad alimentaria debe ser planteado en una
perspectiva de largo plazo, eliminando las causas estructurales que lo
provocan y promoviendo el desarrollo agrícola de los países más pobres
mediante inversiones en infraestructuras rurales, sistemas de riego,
transportes, organización de los mercados, formación y difusión de
técnicas agrícolas apropiadas, capaces de utilizar del mejor modo los
recursos humanos, naturales y socio-económicos, que se puedan obtener
preferiblemente en el propio lugar, para asegurar así también su
sostenibilidad a largo plazo. Todo eso ha de llevarse a cabo implicando a
las comunidades locales en las opciones y decisiones referentes a la
tierra de cultivo. En esta perspectiva, podría ser útil tener en cuenta
las nuevas fronteras que se han abierto en el empleo correcto de las
técnicas de producción agrícola tradicional, así como las más innovadoras,
en el caso de que éstas hayan sido reconocidas, tras una adecuada
verificación, convenientes, respetuosas del ambiente y atentas a las
poblaciones más desfavorecidas. Al mismo tiempo, no se debería descuidar
la cuestión de una reforma agraria ecuánime en los países en desarrollo.
El derecho a la alimentación y al agua tiene un papel importante para
conseguir otros derechos, comenzando ante todo por el derecho primario a
la vida. Por tanto, es necesario que madure una conciencia solidaria que
considere la alimentación y el acceso al agua como derechos universales de
todos los seres humanos, sin distinciones ni discriminaciones.[65] Es
importante destacar, además, que la vía solidaria hacia el desarrollo de
los países pobres puede ser un proyecto de solución de la crisis global
actual, como lo han intuido en los últimos tiempos hombres políticos y
responsables de instituciones internacionales. Apoyando a los países
económicamente pobres mediante planes de financiación inspirados en la
solidaridad, con el fin de que ellos mismos puedan satisfacer las
necesidades de bienes de consumo y desarrollo de los propios ciudadanos,
no sólo se puede producir un verdadero crecimiento económico, sino que se
puede contribuir también a sostener la capacidad productiva de los países
ricos, que corre peligro de quedar comprometida por la crisis.
28. Uno de los aspectos
más destacados del desarrollo actual es la importancia del tema del
respeto a la vida, que en modo alguno puede separarse de las cuestiones
relacionadas con el desarrollo de los pueblos. Es un aspecto que
últimamente está asumiendo cada vez mayor relieve, obligándonos a ampliar
el concepto de pobreza [66] y de subdesarrollo a los problemas vinculados
con la acogida de la vida, sobre todo donde ésta se ve impedida de
diversas formas.
La situación de pobreza no
sólo provoca todavía en muchas zonas un alto índice de mortalidad
infantil, sino que en varias partes del mundo persisten prácticas de
control demográfico por parte de los gobiernos, que con frecuencia
difunden la contracepción y llegan incluso a imponer también el aborto. En
los países económicamente más desarrollados, las legislaciones contrarias
a la vida están muy extendidas y han condicionado ya las costumbres y la
praxis, contribuyendo a difundir una mentalidad antinatalista, que muchas
veces se trata de transmitir también a otros estados como si fuera un
progreso cultural.
Algunas organizaciones no
gubernamentales, además, difunden el aborto, promoviendo a veces en los
países pobres la adopción de la práctica de la esterilización, incluso en
mujeres a quienes no se pide su consentimiento. Por añadidura, existe la
sospecha fundada de que, en ocasiones, las ayudas al desarrollo se
condicionan a determinadas políticas sanitarias que implican de hecho la
imposición de un fuerte control de la natalidad. Preocupan también tanto
las legislaciones que aceptan la eutanasia como las presiones de grupos
nacionales e internacionales que reivindican su reconocimiento jurídico.
La apertura a la vida está
en el centro del verdadero desarrollo. Cuando una sociedad se encamina
hacia la negación y la supresión de la vida, acaba por no encontrar la
motivación y la energía necesaria para esforzarse en el servicio del
verdadero bien del hombre. Si se pierde la sensibilidad personal y social
para acoger una nueva vida, también se marchitan otras formas de acogida
provechosas para la vida social.[67] La acogida de la vida forja las
energías morales y capacita para la ayuda recíproca. Fomentando la
apertura a la vida, los pueblos ricos pueden comprender mejor las
necesidades de los que son pobres, evitar el empleo de ingentes recursos
económicos e intelectuales para satisfacer deseos egoístas entre los
propios ciudadanos y promover, por el contrario, buenas actuaciones en la
perspectiva de una producción moralmente sana y solidaria, en el respeto
del derecho fundamental de cada pueblo y cada persona a la vida.
29. Hay otro aspecto de la
vida de hoy, muy estrechamente unido con el desarrollo: la negación del
derecho a la libertad religiosa. No me refiero sólo a las luchas y
conflictos que todavía se producen en el mundo por motivos religiosos,
aunque a veces la religión sea solamente una cobertura para razones de
otro tipo, como el afán de poder y riqueza. En efecto, hoy se mata
frecuentemente en el nombre sagrado de Dios, como muchas veces ha
manifestado y deplorado públicamente mi predecesor Juan Pablo II y yo
mismo.[68] La violencia frena el desarrollo auténtico e impide la
evolución de los pueblos hacia un mayor bienestar socioeconómico y
espiritual. Esto ocurre especialmente con el terrorismo de inspiración
fundamentalista,[69] que causa dolor, devastación y muerte, bloquea el
diálogo entre las naciones y desvía grandes recursos de su empleo pacífico
y civil. No obstante, se ha de añadir que, además del fanatismo religioso
que impide el ejercicio del derecho a la libertad de religión en algunos
ambientes, también la promoción programada de la indiferencia religiosa o
del ateísmo práctico por parte de muchos países contrasta con las
necesidades del desarrollo de los pueblos, sustrayéndoles bienes
espirituales y humanos. Dios es el garante del verdadero desarrollo del
hombre en cuanto, habiéndolo creado a su imagen, funda también su dignidad
trascendente y alimenta su anhelo constitutivo de « ser más ». El ser
humano no es un átomo perdido en un universo casual,[70] sino una criatura
de Dios, a quien Él ha querido dar un alma inmortal y al que ha amado
desde siempre. Si el hombre fuera fruto sólo del azar o la necesidad, o si
tuviera que reducir sus aspiraciones al horizonte angosto de las
situaciones en que vive, si todo fuera únicamente historia y cultura, y el
hombre no tuviera una naturaleza destinada a transcenderse en una vida
sobrenatural, podría hablarse de incremento o de evolución, pero no de
desarrollo. Cuando el Estado promueve, enseña, o incluso impone formas de
ateísmo práctico, priva a sus ciudadanos de la fuerza moral y espiritual
indispensable para comprometerse en el desarrollo humano integral y les
impide avanzar con renovado dinamismo en su compromiso en favor de una
respuesta humana más generosa al amor divino.[71] Y también se da el caso
de que países económicamente desarrollados o emergentes exporten a los
países pobres, en el contexto de sus relaciones culturales, comerciales y
políticas, esta visión restringida de la persona y su destino. Éste es el
daño que el « superdesarrollo »[72] produce al desarrollo auténtico,
cuando va acompañado por el « subdesarrollo moral».[73]
30. En esta línea, el tema
del desarrollo humano integral adquiere un alcance aún más complejo: la
correlación entre sus múltiples elementos exige un esfuerzo para que los
diferentes ámbitos del saber humano sean interactivos, con vistas a la
promoción de un verdadero desarrollo de los pueblos. Con frecuencia, se
cree que basta aplicar el desarrollo o las medidas socioeconómicas
correspondientes mediante una actuación común. Sin embargo, este actuar
común necesita ser orientado, porque « toda acción social implica una
doctrina ».[74] Teniendo en cuenta la complejidad de los problemas, es
obvio que las diferentes disciplinas deben colaborar en una
interdisciplinariedad ordenada. La caridad no excluye el saber, más bien
lo exige, lo promueve y lo anima desde dentro. El saber nunca es sólo obra
de la inteligencia. Ciertamente, puede reducirse a cálculo y
experimentación, pero si quiere ser sabiduría capaz de orientar al hombre
a la luz de los primeros principios y de su fin último, ha de ser
« sazonado » con la « sal » de la caridad. Sin el saber, el hacer es
ciego, y el saber es estéril sin el amor. En efecto, «el que está animado
de una verdadera caridad es ingenioso para descubrir las causas de la
miseria, para encontrar los medios de combatirla, para vencerla con
intrepidez ».[75] Al afrontar los fenómenos que tenemos delante, la
caridad en la verdad exige ante todo conocer y entender, conscientes y
respetuosos de la competencia específica de cada ámbito del saber. La
caridad no es una añadidura posterior, casi como un apéndice al trabajo ya
concluido de las diferentes disciplinas, sino que dialoga con ellas desde
el principio. Las exigencias del amor no contradicen las de la razón. El
saber humano es insuficiente y las conclusiones de las ciencias no podrán
indicar por sí solas la vía hacia el desarrollo integral del hombre.
Siempre hay que lanzarse más allá: lo exige la caridad en la verdad.[76]
Pero ir más allá nunca significa prescindir de las conclusiones de la
razón, ni contradecir sus resultados. No existe la inteligencia y después
el amor: existe el amor rico en inteligencia y la inteligencia llena de
amor.
31. Esto significa que la
valoración moral y la investigación científica deben crecer juntas, y que
la caridad ha de animarlas en un conjunto interdisciplinar armónico, hecho
de unidad y distinción. La doctrina social de la Iglesia, que tiene « una
importante dimensión interdisciplinar »,[77] puede desempeñar en esta
perspectiva una función de eficacia extraordinaria. Permite a la fe, a la
teología, a la metafísica y a las ciencias encontrar su lugar dentro de
una colaboración al servicio del hombre. La doctrina social de la Iglesia
ejerce especialmente en esto su dimensión sapiencial. Pablo VI vio con
claridad que una de las causas del subdesarrollo es una falta de
sabiduría, de reflexión, de pensamiento capaz de elaborar una síntesis
orientadora,[78] y que requiere « una clara visión de todos los aspectos
económicos, sociales, culturales y espirituales ».[79] La excesiva
sectorización del saber,[80] el cerrarse de las ciencias humanas a la
metafísica,[81] las dificultades del diálogo entre las ciencias y la
teología, no sólo dañan el desarrollo del saber, sino también el
desarrollo de los pueblos, pues, cuando eso ocurre, se obstaculiza la
visión de todo el bien del hombre en las diferentes dimensiones que lo
caracterizan. Es indispensable « ampliar nuestro concepto de razón y de su
uso »[82] para conseguir ponderar adecuadamente todos los términos de la
cuestión del desarrollo y de la solución de los problemas socioeconómicos.
32. Las grandes novedades
que presenta hoy el cuadro del desarrollo de los pueblos plantean en
muchos casos la exigencia de nuevas soluciones. Éstas han de buscarse, a
la vez, en el respeto de las leyes propias de cada cosa y a la luz de una
visión integral del hombre que refleje los diversos aspectos de la persona
humana, considerada con la mirada purificada por la caridad. Así se
descubrirán singulares convergencias y posibilidades concretas de
solución, sin renunciar a ningún componente fundamental de la vida humana.
La dignidad de la persona
y las exigencias de la justicia requieren, sobre todo hoy, que las
opciones económicas no hagan aumentar de manera excesiva y moralmente
inaceptable las desigualdades [83] y que se siga buscando como prioridad
el objetivo del acceso al trabajo por parte de todos, o lo mantengan.
Pensándolo bien, esto es también una exigencia de la « razón económica».
El aumento sistémico de las desigualdades entre grupos sociales dentro de
un mismo país y entre las poblaciones de los diferentes países, es decir,
el aumento masivo de la pobreza relativa, no sólo tiende a erosionar la
cohesión social y, de este modo, poner en peligro la democracia, sino que
tiene también un impacto negativo en el plano económico por el progresivo
desgaste del « capital social », es decir, del conjunto de relaciones de
confianza, fiabilidad y respeto de las normas, que son indispensables en
toda convivencia civil.
La ciencia económica nos
dice también que una situación de inseguridad estructural da origen a
actitudes antiproductivas y al derroche de recursos humanos, en cuanto que
el trabajador tiende a adaptarse pasivamente a los mecanismos automáticos,
en vez de dar espacio a la creatividad. También sobre este punto hay una
convergencia entre ciencia económica y valoración moral. Los costes
humanos son siempre también costes económicos y las disfunciones
económicas comportan igualmente costes humanos.
Además, se ha de recordar
que rebajar las culturas a la dimensión tecnológica, aunque puede
favorecer la obtención de beneficios a corto plazo, a la larga obstaculiza
el enriquecimiento mutuo y las dinámicas de colaboración. Es importante
distinguir entre consideraciones económicas o sociológicas a corto y largo
plazo. Reducir el nivel de tutela de los derechos de los trabajadores y
renunciar a mecanismos de redistribución del rédito con el fin de que el
país adquiera mayor competitividad internacional, impiden consolidar un
desarrollo duradero. Por tanto, se han de valorar cuidadosamente las
consecuencias que tienen sobre las personas las tendencias actuales hacia
una economía de corto, a veces brevísimo plazo. Esto exige « una nueva y
más profunda reflexión sobre el sentido de la economía y de sus
fines »,[84] además de una honda revisión con amplitud de miras del modelo
de desarrollo, para corregir sus disfunciones y desviaciones. Lo exige, en
realidad, el estado de salud ecológica del planeta; lo requiere sobre todo
la crisis cultural y moral del hombre, cuyos síntomas son evidentes en
todas las partes del mundo desde hace tiempo.
33. Más de cuarenta años
después de la Populorum progressio, su argumento de fondo, el progreso,
sigue siendo aún un problema abierto, que se ha hecho más agudo y
perentorio por la crisis económico-financiera que se está produciendo.
Aunque algunas zonas del planeta que sufrían la pobreza han experimentado
cambios notables en términos de crecimiento económico y participación en
la producción mundial, otras viven todavía en una situación de miseria
comparable a la que había en tiempos de Pablo VI y, en algún caso, puede
decirse que peor. Es significativo que algunas causas de esta situación
fueran ya señaladas en la Populorum progressio, como por ejemplo, los
altos aranceles aduaneros impuestos por los países económicamente
desarrollados, que todavía impiden a los productos procedentes de los
países pobres llegar a los mercados de los países ricos. En cambio, otras
causas que la Encíclica sólo esbozó, han adquirido después mayor relieve.
Este es el caso de la valoración del proceso de descolonización, por
entonces en pleno auge. Pablo VI deseaba un itinerario autónomo que se
recorriera en paz y libertad. Después de más de cuarenta años, hemos de
reconocer lo difícil que ha sido este recorrido, tanto por nuevas formas
de colonialismo y dependencia de antiguos y nuevos países hegemónicos,
como por graves irresponsabilidades internas en los propios países que se
han independizado.
La novedad principal ha
sido el estallido de la interdependencia planetaria, ya comúnmente llamada
globalización. Pablo VI lo había previsto parcialmente, pero es
sorprendente el alcance y la impetuosidad de su auge. Surgido en los
países económicamente desarrollados, este proceso ha implicado por su
naturaleza a todas las economías. Ha sido el motor principal para que
regiones enteras superaran el subdesarrollo y es, de por sí, una gran
oportunidad. Sin embargo, sin la guía de la caridad en la verdad, este
impulso planetario puede contribuir a crear riesgo de daños hasta ahora
desconocidos y nuevas divisiones en la familia humana. Por eso, la caridad
y la verdad nos plantean un compromiso inédito y creativo, ciertamente muy
vasto y complejo. Se trata de ensanchar la razón y hacerla capaz de
conocer y orientar estas nuevas e imponentes dinámicas, animándolas en la
perspectiva de esa « civilización del amor », de la cual Dios ha puesto la
semilla en cada pueblo y en cada cultura.
CAPÍTULO TERCERO
FRATERNIDAD, DESARROLLO ECONÓMICO Y SOCIEDAD CIVIL
34. La caridad en la
verdad pone al hombre ante la sorprendente experiencia del don. La
gratuidad está en su vida de muchas maneras, aunque frecuentemente pasa
desapercibida debido a una visión de la existencia que antepone a todo la
productividad y la utilidad. El ser humano está hecho para el don, el cual
manifiesta y desarrolla su dimensión trascendente. A veces, el hombre
moderno tiene la errónea convicción de ser el único autor de sí mismo, de
su vida y de la sociedad. Es una presunción fruto de la cerrazón egoísta
en sí mismo, que procede —por decirlo con una expresión creyente— del
pecado de los orígenes. La sabiduría de la Iglesia ha invitado siempre a
no olvidar la realidad del pecado original, ni siquiera en la
interpretación de los fenómenos sociales y en la construcción de la
sociedad: « Ignorar que el hombre posee una naturaleza herida, inclinada
al mal, da lugar a graves errores en el dominio de la educación, de la
política, de la acción social y de las costumbres ».[85] Hace tiempo que
la economía forma parte del conjunto de los ámbitos en que se manifiestan
los efectos perniciosos del pecado. Nuestros días nos ofrecen una prueba
evidente. Creerse autosuficiente y capaz de eliminar por sí mismo el mal
de la historia ha inducido al hombre a confundir la felicidad y la
salvación con formas inmanentes de bienestar material y de actuación
social. Además, la exigencia de la economía de ser autónoma, de no estar
sujeta a « injerencias » de carácter moral, ha llevado al hombre a abusar
de los instrumentos económicos incluso de manera destructiva. Con el pasar
del tiempo, estas posturas han desembocado en sistemas económicos,
sociales y políticos que han tiranizado la libertad de la persona y de los
organismos sociales y que, precisamente por eso, no han sido capaces de
asegurar la justicia que prometían. Como he afirmado en la Encíclica Spe
salvi, se elimina así de la historia la esperanza cristiana,[86] que no
obstante es un poderoso recurso social al servicio del desarrollo humano
integral, en la libertad y en la justicia. La esperanza sostiene a la
razón y le da fuerza para orientar la voluntad.[87] Está ya presente en la
fe, que la suscita. La caridad en la verdad se nutre de ella y, al mismo
tiempo, la manifiesta. Al ser un don absolutamente gratuito de Dios,
irrumpe en nuestra vida como algo que no es debido, que trasciende toda
ley de justicia. Por su naturaleza, el don supera el mérito, su norma es
sobreabundar. Nos precede en nuestra propia alma como signo de la
presencia de Dios en nosotros y de sus expectativas para con nosotros. La
verdad que, como la caridad es don, nos supera, como enseña San
Agustín.[88] Incluso nuestra propia verdad, la de nuestra conciencia
personal, ante todo, nos ha sido « dada ». En efecto, en todo proceso
cognitivo la verdad no es producida por nosotros, sino que se encuentra o,
mejor aún, se recibe. Como el amor, « no nace del pensamiento o la
voluntad, sino que en cierto sentido se impone al ser humano».[89]
Al ser un don recibido por
todos, la caridad en la verdad es una fuerza que funda la comunidad,
unifica a los hombres de manera que no haya barreras o confines. La
comunidad humana puede ser organizada por nosotros mismos, pero nunca
podrá ser sólo con sus propias fuerzas una comunidad plenamente fraterna
ni aspirar a superar las fronteras, o convertirse en una comunidad
universal. La unidad del género humano, la comunión fraterna más allá de
toda división, nace de la palabra de Dios-Amor que nos convoca. Al
afrontar esta cuestión decisiva, hemos de precisar, por un lado, que la
lógica del don no excluye la justicia ni se yuxtapone a ella como un
añadido externo en un segundo momento y, por otro, que el desarrollo
económico, social y político necesita, si quiere ser auténticamente
humano, dar espacio al principio de gratuidad como expresión de
fraternidad.
35. Si hay confianza
recíproca y generalizada, el mercado es la institución económica que
permite el encuentro entre las personas, como agentes económicos que
utilizan el contrato como norma de sus relaciones y que intercambian
bienes y servicios de consumo para satisfacer sus necesidades y deseos. El
mercado está sujeto a los principios de la llamada justicia conmutativa,
que regula precisamente la relación entre dar y recibir entre iguales.
Pero la doctrina social de la Iglesia no ha dejado nunca de subrayar la
importancia de la justicia distributiva y de la justicia social para la
economía de mercado, no sólo porque está dentro de un contexto social y
político más amplio, sino también por la trama de relaciones en que se
desenvuelve. En efecto, si el mercado se rige únicamente por el principio
de la equivalencia del valor de los bienes que se intercambian, no llega a
producir la cohesión social que necesita para su buen funcionamiento. Sin
formas internas de solidaridad y de confianza recíproca, el mercado no
puede cumplir plenamente su propia función económica. Hoy, precisamente
esta confianza ha fallado, y esta pérdida de confianza es algo realmente
grave.
Pablo VI subraya
oportunamente en la Populorum progressio que el sistema económico mismo se
habría aventajado con la práctica generalizada de la justicia, pues los
primeros beneficiarios del desarrollo de los países pobres hubieran sido
los países ricos.[90] No se trata sólo de remediar el mal funcionamiento
con las ayudas. No se debe considerar a los pobres como un «fardo»,[91]
sino como una riqueza incluso desde el punto de vista estrictamente
económico. No obstante, se ha de considerar equivocada la visión de
quienes piensan que la economía de mercado tiene necesidad estructural de
una cuota de pobreza y de subdesarrollo para funcionar mejor. Al mercado
le interesa promover la emancipación, pero no puede lograrlo por sí mismo,
porque no puede producir lo que está fuera de su alcance. Ha de sacar
fuerzas morales de otras instancias que sean capaces de generarlas.
6. La actividad económica
no puede resolver todos los problemas sociales ampliando sin más la lógica
mercantil. Debe estar ordenada a la consecución del bien común, que es
responsabilidad sobre todo de la comunidad política. Por tanto, se debe
tener presente que separar la gestión económica, a la que correspondería
únicamente producir riqueza, de la acción política, que tendría el papel
de conseguir la justicia mediante la redistribución, es causa de graves
desequilibrios.
La Iglesia sostiene
siempre que la actividad económica no debe considerarse antisocial. Por
eso, el mercado no es ni debe convertirse en el ámbito donde el más fuerte
avasalle al más débil. La sociedad no debe protegerse del mercado,
pensando que su desarrollo comporta ipso facto la muerte de las relaciones
auténticamente humanas. Es verdad que el mercado puede orientarse en
sentido negativo, pero no por su propia naturaleza, sino por una cierta
ideología que lo guía en este sentido. No se debe olvidar que el mercado
no existe en su estado puro, se adapta a las configuraciones culturales
que lo concretan y condicionan. En efecto, la economía y las finanzas, al
ser instrumentos, pueden ser mal utilizados cuando quien los gestiona
tiene sólo referencias egoístas. De esta forma, se puede llegar a
transformar medios de por sí buenos en perniciosos. Lo que produce estas
consecuencias es la razón oscurecida del hombre, no el medio en cuanto
tal. Por eso, no se deben hacer reproches al medio o instrumento sino al
hombre, a su conciencia moral y a su responsabilidad personal y social.
La doctrina social de la
Iglesia sostiene que se pueden vivir relaciones auténticamente humanas, de
amistad y de sociabilidad, de solidaridad y de reciprocidad, también
dentro de la actividad económica y no solamente fuera o «después» de ella.
El sector económico no es ni éticamente neutro ni inhumano o antisocial
por naturaleza. Es una actividad del hombre y, precisamente porque es
humana, debe ser articulada e institucionalizada éticamente.
El gran desafío que
tenemos, planteado por las dificultades del desarrollo en este tiempo de
globalización y agravado por la crisis económico-financiera actual, es
mostrar, tanto en el orden de las ideas como de los comportamientos, que
no sólo no se pueden olvidar o debilitar los principios tradicionales de
la ética social, como la trasparencia, la honestidad y la responsabilidad,
sino que en las relaciones mercantiles el principio de gratuidad y la
lógica del don, como expresiones de fraternidad, pueden y deben tener
espacio en la actividad económica ordinaria. Esto es una exigencia del
hombre en el momento actual, pero también de la razón económica misma. Una
exigencia de la caridad y de la verdad al mismo tiempo.
37. La doctrina social de
la Iglesia ha sostenido siempre que la justicia afecta a todas las fases
de la actividad económica, porque en todo momento tiene que ver con el
hombre y con sus derechos. La obtención de recursos, la financiación, la
producción, el consumo y todas las fases del proceso económico tienen
ineludiblemente implicaciones morales. Así, toda decisión económica tiene
consecuencias de carácter moral. Lo confirman las ciencias sociales y las
tendencias de la economía contemporánea. Hace algún tiempo, tal vez se
podía confiar primero a la economía la producción de riqueza y asignar
después a la política la tarea de su distribución. Hoy resulta más
difícil, dado que las actividades económicas no se limitan a territorios
definidos, mientras que las autoridades gubernativas siguen siendo sobre
todo locales. Además, las normas de justicia deben ser respetadas desde el
principio y durante el proceso económico, y no sólo después o
colateralmente. Para eso es necesario que en el mercado se dé cabida a
actividades económicas de sujetos que optan libremente por ejercer su
gestión movidos por principios distintos al del mero beneficio, sin
renunciar por ello a producir valor económico. Muchos planteamientos
económicos provenientes de iniciativas religiosas y laicas demuestran que
esto es realmente posible.
En la época de la
globalización, la economía refleja modelos competitivos vinculados a
culturas muy diversas entre sí. El comportamiento económico y empresarial
que se desprende tiene en común principalmente el respeto de la justicia
conmutativa. Indudablemente, la vida económica tiene necesidad del
contrato para regular las relaciones de intercambio entre valores
equivalentes. Pero necesita igualmente leyes justas y formas de
redistribución guiadas por la política, además de obras caracterizadas por
el espíritu del don. La economía globalizada parece privilegiar la primera
lógica, la del intercambio contractual, pero directa o indirectamente
demuestra que necesita a las otras dos, la lógica de la política y la
lógica del don sin contrapartida.
38. En la Centesimus annus,
mi predecesor Juan Pablo II señaló esta problemática al advertir la
necesidad de un sistema basado en tres instancias: el mercado, el Estado y
la sociedad civil.[92] Consideró que la sociedad civil era el ámbito más
apropiado para una economía de la gratuidad y de la fraternidad, sin
negarla en los otros dos ámbitos. Hoy podemos decir que la vida económica
debe ser comprendida como una realidad de múltiples dimensiones: en todas
ellas, aunque en medida diferente y con modalidades específicas, debe
haber respeto a la reciprocidad fraterna. En la época de la globalización,
la actividad económica no puede prescindir de la gratuidad, que fomenta y
extiende la solidaridad y la responsabilidad por la justicia y el bien
común en sus diversas instancias y agentes. Se trata, en definitiva, de
una forma concreta y profunda de democracia económica. La solidaridad es
en primer lugar que todos se sientan responsables de todos;[93] por tanto
no se la puede dejar solamente en manos del Estado. Mientras antes se
podía pensar que lo primero era alcanzar la justicia y que la gratuidad
venía después como un complemento, hoy es necesario decir que sin la
gratuidad no se alcanza ni siquiera la justicia. Se requiere, por tanto,
un mercado en el cual puedan operar libremente, con igualdad de
oportunidades, empresas que persiguen fines institucionales diversos.
Junto a la empresa privada, orientada al beneficio, y los diferentes tipos
de empresa pública, deben poderse establecer y desenvolver aquellas
organizaciones productivas que persiguen fines mutualistas y sociales. De
su recíproca interacción en el mercado se puede esperar una especie de
combinación entre los comportamientos de empresa y, con ella, una atención
más sensible a una civilización de la economía. En este caso, caridad en
la verdad significa la necesidad de dar forma y organización a las
iniciativas económicas que, sin renunciar al beneficio, quieren ir más
allá de la lógica del intercambio de cosas equivalentes y del lucro como
fin en sí mismo.
39. Pablo VI pedía en la
Populorum progressio que se llegase a un modelo de economía de mercado
capaz de incluir, al menos tendencialmente, a todos los pueblos, y no
solamente a los particularmente dotados. Pedía un compromiso para promover
un mundo más humano para todos, un mundo « en donde todos tengan que dar y
recibir, sin que el progreso de los unos sea un obstáculo para el
desarrollo de los otros ».[94] Así, extendía al plano universal las mismas
exigencias y aspiraciones de la Rerum novarum, escrita como consecuencia
de la revolución industrial, cuando se afirmó por primera vez la idea
—seguramente avanzada para aquel tiempo— de que el orden civil, para
sostenerse, necesitaba la intervención redistributiva del Estado. Hoy,
esta visión de la Rerum novarum, además de puesta en crisis por los
procesos de apertura de los mercados y de las sociedades, se muestra
incompleta para satisfacer las exigencias de una economía plenamente
humana. Lo que la doctrina de la Iglesia ha sostenido siempre, partiendo
de su visión del hombre y de la sociedad, es necesario también hoy para
las dinámicas características de la globalización.
Cuando la lógica del
mercado y la lógica del Estado se ponen de acuerdo para mantener el
monopolio de sus respectivos ámbitos de influencia, se debilita a la larga
la solidaridad en las relaciones entre los ciudadanos, la participación y
el sentido de pertenencia, que no se identifican con el «dar para tener»,
propio de la lógica de la compraventa, ni con el «dar por deber», propio
de la lógica de las intervenciones públicas, que el Estado impone por ley.
La victoria sobre el subdesarrollo requiere actuar no sólo en la mejora de
las transacciones basadas en la compraventa, o en las transferencias de
las estructuras asistenciales de carácter público, sino sobre todo en la
apertura progresiva en el contexto mundial a formas de actividad económica
caracterizada por ciertos márgenes de gratuidad y comunión. El binomio
exclusivo mercado-Estado corroe la sociabilidad, mientras que las formas
de economía solidaria, que encuentran su mejor terreno en la sociedad
civil aunque no se reducen a ella, crean sociabilidad. El mercado de la
gratuidad no existe y las actitudes gratuitas no se pueden prescribir por
ley. Sin embargo, tanto el mercado como la política tienen necesidad de
personas abiertas al don recíproco.
40. Las actuales dinámicas
económicas internacionales, caracterizadas por graves distorsiones y
disfunciones, requieren también cambios profundos en el modo de entender
la empresa. Antiguas modalidades de la vida empresarial van
desapareciendo, mientras otras más prometedoras se perfilan en el
horizonte. Uno de los mayores riesgos es sin duda que la empresa responda
casi exclusivamente a las expectativas de los inversores en detrimento de
su dimensión social. Debido a su continuo crecimiento y a la necesidad de
mayores capitales, cada vez son menos las empresas que dependen de un
único empresario estable que se sienta responsable a largo plazo, y no
sólo por poco tiempo, de la vida y los resultados de su empresa, y cada
vez son menos las empresas que dependen de un único territorio. Además, la
llamada deslocalización de la actividad productiva puede atenuar en el
empresario el sentido de responsabilidad respecto a los interesados, como
los trabajadores, los proveedores, los consumidores, así como al medio
ambiente y a la sociedad más amplia que lo rodea, en favor de los
accionistas, que no están sujetos a un espacio concreto y gozan por tanto
de una extraordinaria movilidad. El mercado internacional de los
capitales, en efecto, ofrece hoy una gran libertad de acción. Sin embargo,
también es verdad que se está extendiendo la conciencia de la necesidad de
una «responsabilidad social» más amplia de la empresa. Aunque no todos los
planteamientos éticos que guían hoy el debate sobre la responsabilidad
social de la empresa son aceptables según la perspectiva de la doctrina
social de la Iglesia, es cierto que se va difundiendo cada vez más la
convicción según la cual la gestión de la empresa no puede tener en cuenta
únicamente el interés de sus propietarios, sino también el de todos los
otros sujetos que contribuyen a la vida de la empresa: trabajadores,
clientes, proveedores de los diversos elementos de producción, la
comunidad de referencia. En los últimos años se ha notado el crecimiento
de una clase cosmopolita de manager, que a menudo responde sólo a las
pretensiones de los nuevos accionistas de referencia compuestos
generalmente por fondos anónimos que establecen su retribución. Pero
también hay muchos managers hoy que, con un análisis más previsor, se
percatan cada vez más de los profundos lazos de su empresa con el
territorio o territorios en que desarrolla su actividad. Pablo VI invitaba
a valorar seriamente el daño que la trasferencia de capitales al
extranjero, por puro provecho personal, puede ocasionar a la propia
nación.[95] Juan Pablo II advertía que invertir tiene siempre un
significado moral, además de económico.[96] Se ha de reiterar que todo
esto mantiene su validez en nuestros días a pesar de que el mercado de
capitales haya sido fuertemente liberalizado y la moderna mentalidad
tecnológica pueda inducir a pensar que invertir es sólo un hecho técnico y
no humano ni ético. No se puede negar que un cierto capital puede hacer el
bien cuando se invierte en el extranjero en vez de en la propia patria.
Pero deben quedar a salvo los vínculos de justicia, teniendo en cuenta
también cómo se ha formado ese capital y los perjuicios que comporta para
las personas el que no se emplee en los lugares donde se ha generado.[97]
Se ha de evitar que el empleo de recursos financieros esté motivado por la
especulación y ceda a la tentación de buscar únicamente un beneficio
inmediato, en vez de la sostenibilidad de la empresa a largo plazo, su
propio servicio a la economía real y la promoción, en modo adecuado y
oportuno, de iniciativas económicas también en los países necesitados de
desarrollo. Tampoco hay motivos para negar que la deslocalización, que
lleva consigo inversiones y formación, puede hacer bien a la población del
país que la recibe. El trabajo y los conocimientos técnicos son una
necesidad universal. Sin embargo, no es lícito deslocalizar únicamente
para aprovechar particulares condiciones favorables, o peor aún, para
explotar sin aportar a la sociedad local una verdadera contribución para
el nacimiento de un sólido sistema productivo y social, factor
imprescindible para un desarrollo estable.
41. A este respecto, es
útil observar que la iniciativa empresarial tiene, y debe asumir cada vez
más, un significado polivalente. El predominio persistente del binomio
mercado-Estado nos ha acostumbrado a pensar exclusivamente en el
empresario privado de tipo capitalista por un lado y en el directivo
estatal por otro. En realidad, la iniciativa empresarial se ha de entender
de modo articulado. Así lo revelan diversas motivaciones metaeconómicas.
El ser empresario, antes de tener un significado profesional, tiene un
significado humano.[98] Es propio de todo trabajo visto como «actus
personae»[99] y por eso es bueno que todo trabajador tenga la posibilidad
de dar la propia aportación a su labor, de modo que él mismo « sea
consciente de que está trabajando en algo propio».[100] Por eso, Pablo VI
enseñaba que «todo trabajador es un creador».[101] Precisamente para
responder a las exigencias y a la dignidad de quien trabaja, y a las
necesidades de la sociedad, existen varios tipos de empresas, más allá de
la pura distinción entre « privado » y «público». Cada una requiere y
manifiesta una capacidad de iniciativa empresarial específica. Para
realizar una economía que en el futuro próximo sepa ponerse al servicio
del bien común nacional y mundial, es oportuno tener en cuenta este
significado amplio de iniciativa empresarial. Esta concepción más amplia
favorece el intercambio y la mutua configuración entre los diversos tipos
de iniciativa empresarial, con transvase de competencias del mundo non
profit al profit y viceversa, del público al propio de la sociedad civil,
del de las economías avanzadas al de países en vía de desarrollo.
También la «autoridad
política» tiene un significado polivalente, que no se puede olvidar
mientras se camina hacia la consecución de un nuevo orden
económico-productivo, socialmente responsable y a medida del hombre. Al
igual que se pretende cultivar una iniciativa empresarial diferenciada en
el ámbito mundial, también se debe promover una autoridad política
repartida y que ha de actuar en diversos planos. El mercado único de
nuestros días no elimina el papel de los estados, más bien obliga a los
gobiernos a una colaboración recíproca más estrecha. La sabiduría y la
prudencia aconsejan no proclamar apresuradamente la desaparición del
Estado. Con relación a la solución de la crisis actual, su papel parece
destinado a crecer, recuperando muchas competencias. Hay naciones donde la
construcción o reconstrucción del Estado sigue siendo un elemento clave
para su desarrollo. La ayuda internacional, precisamente dentro de un
proyecto inspirado en la solidaridad para solucionar los actuales
problemas económicos, debería apoyar en primer lugar la consolidación de
los sistemas constitucionales, jurídicos y administrativos en los países
que todavía no gozan plenamente de estos bienes. Las ayudas económicas
deberían ir acompañadas de aquellas medidas destinadas a reforzar las
garantías propias de un Estado de derecho, un sistema de orden público y
de prisiones respetuoso de los derechos humanos y a consolidar
instituciones verdaderamente democráticas. No es necesario que el Estado
tenga las mismas características en todos los sitios: el fortalecimiento
de los sistemas constitucionales débiles puede ir acompañado perfectamente
por el desarrollo de otras instancias políticas no estatales, de carácter
cultural, social, territorial o religioso. Además, la articulación de la
autoridad política en el ámbito local, nacional o internacional, es uno de
los cauces privilegiados para poder orientar la globalización económica. Y
también el modo de evitar que ésta mine de hecho los fundamentos de la
democracia.
42. A veces se perciben
actitudes fatalistas ante la globalización, como si las dinámicas que la
producen procedieran de fuerzas anónimas e impersonales o de estructuras
independientes de la voluntad humana.[102] A este respecto, es bueno
recordar que la globalización ha de entenderse ciertamente como un proceso
socioeconómico, pero no es ésta su única dimensión. Tras este proceso más
visible hay realmente una humanidad cada vez más interrelacionada; hay
personas y pueblos para los que el proceso debe ser de utilidad y
desarrollo,[103] gracias a que tanto los individuos como la colectividad
asumen sus respectivas responsabilidades. La superación de las fronteras
no es sólo un hecho material, sino también cultural, en sus causas y en
sus efectos. Cuando se entiende la globalización de manera determinista,
se pierden los criterios para valorarla y orientarla. Es una realidad
humana y puede ser fruto de diversas corrientes culturales que han de ser
sometidas a un discernimiento. La verdad de la globalización como proceso
y su criterio ético fundamental vienen dados por la unidad de la familia
humana y su crecimiento en el bien. Por tanto, hay que esforzarse
incesantemente para favorecer una orientación cultural personalista y
comunitaria, abierta a la trascendencia, del proceso de integración
planetaria.
A pesar de algunos
aspectos estructurales innegables, pero que no se deben absolutizar, «la
globalización no es, a priori, ni buena ni mala. Será lo que la gente haga
de ella».[104] Debemos ser sus protagonistas, no las víctimas, procediendo
razonablemente, guiados por la caridad y la verdad. Oponerse ciegamente a
la globalización sería una actitud errónea, preconcebida, que acabaría por
ignorar un proceso que tiene también aspectos positivos, con el riesgo de
perder una gran ocasión para aprovechar las múltiples oportunidades de
desarrollo que ofrece. El proceso de globalización, adecuadamente
entendido y gestionado, ofrece la posibilidad de una gran redistribución
de la riqueza a escala planetaria como nunca se ha visto antes; pero, si
se gestiona mal, puede incrementar la pobreza y la desigualdad,
contagiando además con una crisis a todo el mundo. Es necesario corregir
las disfunciones, a veces graves, que causan nuevas divisiones entre los
pueblos y en su interior, de modo que la redistribución de la riqueza no
comporte una redistribución de la pobreza, e incluso la acentúe, como
podría hacernos temer también una mala gestión de la situación actual.
Durante mucho tiempo se ha pensado que los pueblos pobres deberían
permanecer anclados en un estadio de desarrollo preestablecido o
contentarse con la filantropía de los pueblos desarrollados. Pablo VI se
pronunció contra esta mentalidad en la Populorum progressio. Los recursos
materiales disponibles para sacar a estos pueblos de la miseria son hoy
potencialmente mayores que antes, pero se han servido de ellos
principalmente los países desarrollados, que han podido aprovechar mejor
la liberalización de los movimientos de capitales y de trabajo. Por tanto,
la difusión de ámbitos de bienestar en el mundo no debería ser
obstaculizada con proyectos egoístas, proteccionistas o dictados por
intereses particulares. En efecto, la participación de países emergentes o
en vías de desarrollo permite hoy gestionar mejor la crisis. La transición
que el proceso de globalización comporta, conlleva grandes dificultades y
peligros, que sólo se podrán superar si se toma conciencia del espíritu
antropológico y ético que en el fondo impulsa la globalización hacia metas
de humanización solidaria. Desgraciadamente, este espíritu se ve con
frecuencia marginado y entendido desde perspectivas ético-culturales de
carácter individualista y utilitarista. La globalización es un fenómeno
multidimensional y polivalente, que exige ser comprendido en la diversidad
y en la unidad de todas sus dimensiones, incluida la teológica. Esto
consentirá vivir y orientar la globalización de la humanidad en términos
de relacionalidad, comunión y participación.
CAPÍTULO CUARTO
DESARROLLO DE LOS PUEBLOS, DERECHOS Y DEBERES, AMBIENTE
43. «La solidaridad
universal, que es un hecho y un beneficio para todos, es también un
deber».[105] En la actualidad, muchos pretenden pensar que no deben nada a
nadie, si no es a sí mismos. Piensan que sólo son titulares de derechos y
con frecuencia les cuesta madurar en su responsabilidad respecto al
desarrollo integral propio y ajeno. Por ello, es importante urgir una
nueva reflexión sobre los deberes que los derechos presuponen, y sin los
cuales éstos se convierten en algo arbitrario.[106] Hoy se da una profunda
contradicción. Mientras, por un lado, se reivindican presuntos derechos,
de carácter arbitrario y voluptuoso, con la pretensión de que las
estructuras públicas los reconozcan y promuevan, por otro, hay derechos
elementales y fundamentales que se ignoran y violan en gran parte de la
humanidad.[107] Se aprecia con frecuencia una relación entre la
reivindicación del derecho a lo superfluo, e incluso a la transgresión y
al vicio, en las sociedades opulentas, y la carencia de comida, agua
potable, instrucción básica o cuidados sanitarios elementales en ciertas
regiones del mundo subdesarrollado y también en la periferia de las
grandes ciudades. Dicha relación consiste en que los derechos
individuales, desvinculados de un conjunto de deberes que les dé un
sentido profundo, se desquician y dan lugar a una espiral de exigencias
prácticamente ilimitada y carente de criterios. La exacerbación de los
derechos conduce al olvido de los deberes. Los deberes delimitan los
derechos porque remiten a un marco antropológico y ético en cuya verdad se
insertan también los derechos y así dejan de ser arbitrarios. Por este
motivo, los deberes refuerzan los derechos y reclaman que se los defienda
y promueva como un compromiso al servicio del bien. En cambio, si los
derechos del hombre se fundamentan sólo en las deliberaciones de una
asamblea de ciudadanos, pueden ser cambiados en cualquier momento y,
consiguientemente, se relaja en la conciencia común el deber de
respetarlos y tratar de conseguirlos. Los gobiernos y los organismos
internacionales pueden olvidar entonces la objetividad y la cualidad de
«no disponibles » de los derechos. Cuando esto sucede, se pone en peligro
el verdadero desarrollo de los pueblos.[108] Comportamientos como éstos
comprometen la autoridad moral de los organismos internacionales, sobre
todo a los ojos de los países más necesitados de desarrollo. En efecto,
éstos exigen que la comunidad internacional asuma como un deber ayudarles
a ser «artífices de su destino»,[109] es decir, a que asuman a su vez
deberes. Compartir los deberes recíprocos moviliza mucho más que la mera
reivindicación de derechos.
44.La concepción de los
derechos y de los deberes respecto al desarrollo, debe tener también en
cuenta los problemas relacionados con el crecimiento demográfico. Es un
aspecto muy importante del verdadero desarrollo, porque afecta a los
valores irrenunciables de la vida y de la familia.[110] No es correcto
considerar el aumento de población como la primera causa del
subdesarrollo, incluso desde el punto de vista económico: baste pensar,
por un lado, en la notable disminución de la mortalidad infantil y al
aumento de la edad media que se produce en los países económicamente
desarrollados y, por otra, en los signos de crisis que se perciben en la
sociedades en las que se constata una preocupante disminución de la
natalidad. Obviamente, se ha de seguir prestando la debida atención a una
procreación responsable que, por lo demás, es una contribución efectiva al
desarrollo humano integral. La Iglesia, que se interesa por el verdadero
desarrollo del hombre, exhorta a éste a que respete los valores humanos
también en el ejercicio de la sexualidad: ésta no puede quedar reducida a
un mero hecho hedonista y lúdico, del mismo modo que la educación sexual
no se puede limitar a una instrucción técnica, con la única preocupación
de proteger a los interesados de eventuales contagios o del «riesgo» de
procrear. Esto equivaldría a empobrecer y descuidar el significado
profundo de la sexualidad, que debe ser en cambio reconocido y asumido con
responsabilidad por la persona y la comunidad. En efecto, la
responsabilidad evita tanto que se considere la sexualidad como una simple
fuente de placer, como que se regule con políticas de planificación
forzada de la natalidad. En ambos casos se trata de concepciones y
políticas materialistas, en las que las personas acaban padeciendo
diversas formas de violencia. Frente a todo esto, se debe resaltar la
competencia primordial que en este campo tienen las familias[111] respecto
del Estado y sus políticas restrictivas, así como una adecuada educación
de los padres.
La apertura moralmente
responsable a la vida es una riqueza social y económica. Grandes naciones
han podido salir de la miseria gracias también al gran número y a la
capacidad de sus habitantes. Al contrario, naciones en un tiempo
florecientes pasan ahora por una fase de incertidumbre, y en algún caso de
decadencia, precisamente a causa del bajo índice de natalidad, un problema
crucial para las sociedades de mayor bienestar. La disminución de los
nacimientos, a veces por debajo del llamado «índice de reemplazo
generacional», pone en crisis incluso a los sistemas de asistencia social,
aumenta los costes, merma la reserva del ahorro y, consiguientemente, los
recursos financieros necesarios para las inversiones, reduce la
disponibilidad de trabajadores cualificados y disminuye la reserva de
« cerebros » a los que recurrir para las necesidades de la nación. Además,
las familias pequeñas, o muy pequeñas a veces, corren el riesgo de
empobrecer las relaciones sociales y de no asegurar formas eficaces de
solidaridad. Son situaciones que presentan síntomas de escasa confianza en
el futuro y de fatiga moral. Por eso, se convierte en una necesidad
social, e incluso económica, seguir proponiendo a las nuevas generaciones
la hermosura de la familia y del matrimonio, su sintonía con las
exigencias más profundas del corazón y de la dignidad de la persona. En
esta perspectiva, los estados están llamados a establecer políticas que
promuevan la centralidad y la integridad de la familia, fundada en el
matrimonio entre un hombre y una mujer, célula primordial y vital de la
sociedad,[112] haciéndose cargo también de sus problemas económicos y
fiscales, en el respeto de su naturaleza relacional.
45. Responder a las
exigencias morales más profundas de la persona tiene también importantes
efectos beneficiosos en el plano económico. En efecto, la economía tiene
necesidad de la ética para su correcto funcionamiento; no de una ética
cualquiera, sino de una ética amiga de la persona. Hoy se habla mucho de
ética en el campo económico, bancario y empresarial. Surgen centros de
estudio y programas formativos de business ethics; se difunde en el mundo
desarrollado el sistema de certificaciones éticas, siguiendo la línea del
movimiento de ideas nacido en torno a la responsabilidad social de la
empresa. Los bancos proponen cuentas y fondos de inversión llamados
« éticos ». Se desarrolla una «finanza ética», sobre todo mediante el
microcrédito y, más en general, la microfinanciación. Dichos procesos son
apreciados y merecen un amplio apoyo. Sus efectos positivos llegan incluso
a las áreas menos desarrolladas de la tierra. Conviene, sin embargo,
elaborar un criterio de discernimiento válido, pues se nota un cierto
abuso del adjetivo « ético » que, usado de manera genérica, puede abarcar
también contenidos completamente distintos, hasta el punto de hacer pasar
por éticas decisiones y opciones contrarias a la justicia y al verdadero
bien del hombre.
En efecto, mucho depende
del sistema moral de referencia. Sobre este aspecto, la doctrina social de
la Iglesia ofrece una aportación específica, que se funda en la creación
del hombre « a imagen de Dios » (Gn 1,27), algo que comporta la inviolable
dignidad de la persona humana, así como el valor trascendente de las
normas morales naturales. Una ética económica que prescinda de estos dos
pilares correría el peligro de perder inevitablemente su propio
significado y prestarse así a ser instrumentalizada; más concretamente,
correría el riesgo de amoldarse a los sistemas económico-financieros
existentes, en vez de corregir sus disfunciones. Además, podría acabar
incluso justificando la financiación de proyectos no éticos. Es necesario,
pues, no recurrir a la palabra « ética » de una manera ideológicamente
discriminatoria, dando a entender que no serían éticas las iniciativas no
etiquetadas formalmente con esa cualificación. Conviene esforzarse —la
observación aquí es esencial— no sólo para que surjan sectores o segmentos
« éticos » de la economía o de las finanzas, sino para que toda la
economía y las finanzas sean éticas y lo sean no por una etiqueta externa,
sino por el respeto de exigencias intrínsecas de su propia naturaleza. A
este respecto, la doctrina social de la Iglesia habla con claridad,
recordando que la economía, en todas sus ramas, es un sector de la
actividad humana.[113]
46. Respecto al tema de la
relación entre empresa y ética, así como de la evolución que está teniendo
el sistema productivo, parece que la distinción hasta ahora más difundida
entre empresas destinadas al beneficio (profit) y organizaciones sin ánimo
de lucro (non profit) ya no refleja plenamente la realidad, ni es capaz de
orientar eficazmente el futuro. En estos últimos decenios, ha ido
surgiendo una amplia zona intermedia entre los dos tipos de empresas. Esa
zona intermedia está compuesta por empresas tradicionales que, sin
embargo, suscriben pactos de ayuda a países atrasados; por fundaciones
promovidas por empresas concretas; por grupos de empresas que tienen
objetivos de utilidad social; por el amplio mundo de agentes de la llamada
economía civil y de comunión. No se trata sólo de un «tercer sector», sino
de una nueva y amplia realidad compuesta, que implica al sector privado y
público y que no excluye el beneficio, pero lo considera instrumento para
objetivos humanos y sociales. Que estas empresas distribuyan más o menos
los beneficios, o que adopten una u otra configuración jurídica prevista
por la ley, es secundario respecto a su disponibilidad para concebir la
ganancia como un instrumento para alcanzar objetivos de humanización del
mercado y de la sociedad. Es de desear que estas nuevas formas de empresa
encuentren en todos los países también un marco jurídico y fiscal
adecuado. Así, sin restar importancia y utilidad económica y social a las
formas tradicionales de empresa, hacen evolucionar el sistema hacia una
asunción más clara y plena de los deberes por parte de los agentes
económicos. Y no sólo esto. La misma pluralidad de las formas
institucionales de empresa es lo que promueve un mercado más cívico y al
mismo tiempo más competitivo.
47. La potenciación de los
diversos tipos de empresas y, en particular, de los que son capaces de
concebir el beneficio como un instrumento para conseguir objetivos de
humanización del mercado y de la sociedad, hay que llevarla a cabo incluso
en países excluidos o marginados de los circuitos de la economía global,
donde es muy importante proceder con proyectos de subsidiaridad
convenientemente diseñados y gestionados, que tiendan a promover los
derechos, pero previendo siempre que se asuman también las
correspondientes res-ponsabilidades. En las iniciativas para el desarrollo
debe quedar a salvo el principio de la centralidad de la persona humana,
que es quien debe asumirse en primer lugar el deber del desarrollo. Lo que
interesa principalmente es la mejora de las condiciones de vida de las
personas concretas de una cierta región, para que puedan satisfacer
aquellos deberes que la indigencia no les permite observar actualmente. La
preocupación nunca puede ser una actitud abstracta. Los programas de
desarrollo, para poder adaptarse a las situaciones concretas, han de ser
flexibles; y las personas que se beneficien deben implicarse directamente
en su planificación y convertirse en protagonistas de su realización.
También es necesario aplicar los criterios de progresión y acompañamiento
—incluido el seguimiento de los resultados—, porque no hay recetas
universalmente válidas. Mucho depende de la gestión concreta de las
intervenciones. «Constructores de su propio desarrollo, los pueblos son
los primeros responsables de él. Pero no lo realizarán en el
aislamiento».[114] Hoy, con la consolidación del proceso de progresiva
integración del planeta, esta exhortación de Pablo VI es más válida
todavía. Las dinámicas de inclusión no tienen nada de mecánico. Las
soluciones se han de ajustar a la vida de los pueblos y de las personas
concretas, basándose en una valoración prudencial de cada situación. Al
lado de los macroproyectos son necesarios los microproyectos y, sobre
todo, es necesaria la movilización efectiva de todos los sujetos de la
sociedad civil, tanto de las personas jurídicas como de las personas
físicas.
La cooperación
internacional necesita personas que participen en el proceso del
desarrollo económico y humano, mediante la solidaridad de la presencia, el
acompañamiento, la formación y el respeto. Desde este punto de vista, los
propios organismos internacionales deberían preguntarse sobre la eficacia
real de sus aparatos burocráticos y administrativos, frecuentemente
demasiado costosos. A veces, el destinatario de las ayudas resulta útil
para quien lo ayuda y, así, los pobres sirven para mantener costosos
organismos burocráticos, que destinan a la propia conservación un
porcentaje demasiado elevado de esos recursos que deberían ser destinados
al desarrollo. A este respecto, cabría desear que los organismos
internacionales y las organizaciones no gubernamentales se esforzaran por
una transparencia total, informando a los donantes y a la opinión pública
sobre la proporción de los fondos recibidos que se destina a programas de
cooperación, sobre el verdadero contenido de dichos programas y, en fin,
sobre la distribución de los gastos de la institución misma.
48. El tema del desarrollo
está también muy unido hoy a los deberes que nacen de la relación del
hombre con el ambiente natural. Éste es un don de Dios para todos, y su
uso representa para nosotros una responsabilidad para con los pobres, las
generaciones futuras y toda la humanidad. Cuando se considera la
naturaleza, y en primer lugar al ser humano, fruto del azar o del
determinismo evolutivo, disminuye el sentido de la responsabilidad en las
conciencias. El creyente reconoce en la naturaleza el maravilloso
resultado de la intervención creadora de Dios, que el hombre puede
utilizar responsablemente para satisfacer sus legítimas necesidades
—materiales e inmateriales— respetando el equilibrio inherente a la
creación misma. Si se desvanece esta visión, se acaba por considerar la
naturaleza como un tabú intocable o, al contrario, por abusar de ella.
Ambas posturas no son conformes con la visión cristiana de la naturaleza,
fruto de la creación de Dios.
La naturaleza es expresión
de un proyecto de amor y de verdad. Ella nos precede y nos ha sido dada
por Dios como ámbito de vida. Nos habla del Creador (cf. Rm 1,20) y de su
amor a la humanidad. Está destinada a encontrar la « plenitud » en Cristo
al final de los tiempos (cf. Ef 1,9-10; Col 1,19-20). También ella, por
tanto, es una « vocación ».[115] La naturaleza está a nuestra disposición
no como un « montón de desechos esparcidos al azar »,[116] sino como un
don del Creador que ha diseñado sus estructuras intrínsecas para que el
hombre descubra las orientaciones que se deben seguir para « guardarla y
cultivarla » (cf. Gn 2,15). Pero se ha de subrayar que es contrario al
verdadero desarrollo considerar la naturaleza como más importante que la
persona humana misma. Esta postura conduce a actitudes neopaganas o de
nuevo panteísmo: la salvación del hombre no puede venir únicamente de la
naturaleza, entendida en sentido puramente naturalista. Por otra parte,
también es necesario refutar la posición contraria, que mira a su completa
tecnificación, porque el ambiente natural no es sólo materia disponible a
nuestro gusto, sino obra admirable del Creador y que lleva en sí una
« gramática » que indica finalidad y criterios para un uso inteligente, no
instrumental y arbitrario. Hoy, muchos perjuicios al desarrollo provienen
en realidad de estas maneras de pensar distorsionadas. Reducir
completamente la naturaleza a un conjunto de simples datos fácticos acaba
siendo fuente de violencia para con el ambiente, provocando además
conductas que no respetan la naturaleza del hombre mismo. Ésta, en cuanto
se compone no sólo de materia, sino también de espíritu, y por tanto rica
de significados y fines trascendentes, tiene un carácter normativo incluso
para la cultura. El hombre interpreta y modela el ambiente natural
mediante la cultura, la cual es orientada a su vez por la libertad
responsable, atenta a los dictámenes de la ley moral. Por tanto, los
proyectos para un desarrollo humano integral no pueden ignorar a las
generaciones sucesivas, sino que han de caracterizarse por la solidaridad
y la justicia intergeneracional, teniendo en cuenta múltiples aspectos,
como el ecológico, el jurídico, el económico, el político y el
cultural.[117]
49. Hoy, las cuestiones
relacionadas con el cuidado y salvaguardia del ambiente han de tener
debidamente en cuenta los problemas energéticos. En efecto, el
acaparamiento por parte de algunos estados, grupos de poder y empresas de
recursos energéticos no renovables, es un grave obstáculo para el
desarrollo de los países pobres. Éstos no tienen medios económicos ni para
acceder a las fuentes energéticas no renovables ya existentes ni para
financiar la búsqueda de fuentes nuevas y alternativas. La acumulación de
recursos naturales, que en muchos casos se encuentran precisamente en
países pobres, causa explotación y conflictos frecuentes entre las
naciones y en su interior. Dichos conflictos se producen con frecuencia
precisamente en el territorio de esos países, con graves consecuencias de
muertes, destrucción y mayor degradación aún. La comunidad internacional
tiene el deber imprescindible de encontrar los modos institucionales para
ordenar el aprovechamiento de los recursos no renovables, con la
participación también de los países pobres, y planificar así conjuntamente
el futuro.
En este sentido, hay
también una urgente necesidad moral de una renovada solidaridad,
especialmente en las relaciones entre países en vías de desarrollo y
países altamente industrializados.[118] Las sociedades tecnológicamente
avanzadas pueden y deben disminuir el propio gasto energético, bien porque
las actividades manufactureras evolucionan, bien porque entre sus
ciudadanos se difunde una mayor sensibilidad ecológica. Además, se debe
añadir que hoy se puede mejorar la eficacia energética y al mismo tiempo
progresar en la búsqueda de energías alternativas. Pero es también
necesaria una redistribución planetaria de los recursos energéticos, de
manera que también los países que no los tienen puedan acceder a ellos. Su
destino no puede dejarse en manos del primero que llega o depender de la
lógica del más fuerte. Se trata de problemas relevantes que, para ser
afrontados de manera adecuada, requieren por parte de todos una
responsable toma de conciencia de las consecuencias que afectarán a las
nuevas generaciones, y sobre todo a los numerosos jóvenes que viven en los
pueblos pobres, los cuales «reclaman tener su parte activa en la
construcción de un mundo mejor».[119]
50. Esta responsabilidad
es global, porque no concierne sólo a la energía, sino a toda la creación,
para no dejarla a las nuevas generaciones empobrecida en sus recursos. Es
lícito que el hombre gobierne responsablemente la naturaleza para
custodiarla, hacerla productiva y cultivarla también con métodos nuevos y
tecnologías avanzadas, de modo que pueda acoger y alimentar dignamente a
la población que la habita. En nuestra tierra hay lugar para todos: en
ella toda la familia humana debe encontrar los recursos necesarios para
vivir dignamente, con la ayuda de la naturaleza misma, don de Dios a sus
hijos, con el tesón del propio trabajo y de la propia inventiva. Pero
debemos considerar un deber muy grave el dejar la tierra a las nuevas
generaciones en un estado en el que puedan habitarla dignamente y seguir
cultivándola. Eso comporta «el compromiso de decidir juntos después de
haber ponderado responsablemente la vía a seguir, con el objetivo de
fortalecer esa alianza entre ser humano y medio ambiente que ha de ser
reflejo del amor creador de Dios, del cual procedemos y hacia el cual
caminamos».[120] Es de desear que la comunidad internacional y cada
gobierno sepan contrarrestar eficazmente los modos de utilizar el ambiente
que le sean nocivos. Y también las autoridades competentes han de hacer
los esfuerzos necesarios para que los costes económicos y sociales que se
derivan del uso de los recursos ambientales comunes se reconozcan de
manera transparente y sean sufragados totalmente por aquellos que se
benefician, y no por otros o por las futuras generaciones. La protección
del entorno, de los recursos y del clima requiere que todos los
responsables internacionales actúen conjuntamente y demuestren prontitud
para obrar de buena fe, en el respeto de la ley y la solidaridad con las
regiones más débiles del planeta.[121] Una de las mayores tareas de la
economía es precisamente el uso más eficaz de los recursos, no el abuso,
teniendo siempre presente que el concepto de eficiencia no es
axiológicamente neutral.
51. El modo en que el
hombre trata el ambiente influye en la manera en que se trata a sí mismo,
y viceversa. Esto exige que la sociedad actual revise seriamente su estilo
de vida que, en muchas partes del mundo, tiende al hedonismo y al
consumismo, despreocupándose de los daños que de ello se derivan.[122] Es
necesario un cambio efectivo de mentalidad que nos lleve a adoptar nuevos
estilos de vida, «a tenor de los cuales la búsqueda de la verdad, de la
belleza y del bien, así como la comunión con los demás hombres para un
crecimiento común sean los elementos que determinen las opciones del
consumo, de los ahorros y de las inversiones».[123] Cualquier menoscabo de
la solidaridad y del civismo produce daños ambientales, así como la
degradación ambiental, a su vez, provoca insatisfacción en las relaciones
sociales. La naturaleza, especialmente en nuestra época, está tan
integrada en la dinámica social y culturales que prácticamente ya no
constituye una variable independiente. La desertización y el
empobrecimiento productivo de algunas áreas agrícolas son también fruto
del empobrecimiento de sus habitantes y de su atraso. Cuando se promueve
el desarrollo económico y cultural de estas poblaciones, se tutela también
la naturaleza. Además, muchos recursos naturales quedan devastados con las
guerras. La paz de los pueblos y entre los pueblos permitiría también una
mayor salvaguardia de la naturaleza. El acaparamiento de los recursos,
especialmente del agua, puede provocar graves conflictos entre las
poblaciones afectadas. Un acuerdo pacífico sobre el uso de los recursos
puede salvaguardar la naturaleza y, al mismo tiempo, el bienestar de las
sociedades interesadas.
La Iglesia tiene una
responsabilidad respecto a la creación y la debe hacer valer en público.
Y, al hacerlo, no sólo debe defender la tierra, el agua y el aire como
dones de la creación que pertenecen a todos. Debe proteger sobre todo al
hombre contra la destrucción de sí mismo. Es necesario que exista una
especie de ecología del hombre bien entendida. En efecto, la degradación
de la naturaleza está estrechamente unida a la cultura que modela la
convivencia humana: cuando se respeta la « ecología humana »[124] en la
sociedad, también la ecología ambiental se beneficia. Así como las
virtudes humanas están interrelacionadas, de modo que el debilitamiento de
una pone en peligro también a las otras, así también el sistema ecológico
se apoya en un proyecto que abarca tanto la sana convivencia social como
la buena relación con la naturaleza.
Para salvaguardar la
naturaleza no basta intervenir con incentivos o desincentivos económicos,
y ni siquiera basta con una instrucción adecuada. Éstos son instrumentos
importantes, pero el problema decisivo es la capacidad moral global de la
sociedad. Si no se respeta el derecho a la vida y a la muerte natural, si
se hace artificial la concepción, la gestación y el nacimiento del hombre,
si se sacrifican embriones humanos a la investigación, la conciencia común
acaba perdiendo el concepto de ecología humana y con ello de la ecología
ambiental. Es una contradicción pedir a las nuevas generaciones el respeto
al ambiente natural, cuando la educación y las leyes no las ayudan a
respetarse a sí mismas. El libro de la naturaleza es uno e indivisible,
tanto en lo que concierne a la vida, la sexualidad, el matrimonio, la
familia, las relaciones sociales, en una palabra, el desarrollo humano
integral. Los deberes que tenemos con el ambiente están relacionados con
los que tenemos para con la persona considerada en sí misma y en su
relación con los otros. No se pueden exigir unos y conculcar otros. Es una
grave antinomia de la mentalidad y de la praxis actual, que envilece a la
persona, trastorna el ambiente y daña a la sociedad.
52. La verdad, y el amor
que ella desvela, no se pueden producir, sólo se pueden acoger. Su última
fuente no es, ni puede ser, el hombre, sino Dios, o sea Aquel que es
Verdad y Amor. Este principio es muy importante para la sociedad y para el
desarrollo, en cuanto que ni la Verdad ni el Amor pueden ser sólo
productos humanos; la vocación misma al desarrollo de las personas y de
los pueblos no se fundamenta en una simple deliberación humana, sino que
está inscrita en un plano que nos precede y que para todos nosotros es un
deber que ha de ser acogido libremente. Lo que nos precede y constituye
—el Amor y la Verdad subsistentes— nos indica qué es el bien y en qué
consiste nuestra felicidad. Nos señala así el camino hacia el verdadero
desarrollo.
CAPÍTULO QUINTO
LA COLABORACIÓN DE LA FAMILIA HUMANA
53. Una de las pobrezas
más hondas que el hombre puede experimentar es la soledad. Ciertamente,
también las otras pobrezas, incluidas las materiales, nacen del
aislamiento, del no ser amados o de la dificultad de amar. Con frecuencia,
son provocadas por el rechazo del amor de Dios, por una tragedia original
de cerrazón del hombre en sí mismo, pensando ser autosuficiente, o bien un
mero hecho insignificante y pasajero, un « extranjero » en un universo que
se ha formado por casualidad. El hombre está alienado cuando vive solo o
se aleja de la realidad, cuando renuncia a pensar y creer en un
Fundamento.[125] Toda la humanidad está alienada cuando se entrega a
proyectos exclusivamente humanos, a ideologías y utopías falsas.[126] Hoy
la humanidad aparece mucho más interactiva que antes: esa mayor vecindad
debe transformarse en verdadera comunión. El desarrollo de los pueblos
depende sobre todo de que se reconozcan como parte de una sola familia,
que colabora con verdadera comunión y está integrada por seres que no
viven simplemente uno junto al otro.[127]
Pablo VI señalaba que « el
mundo se encuentra en un lamentable vacío de ideas ».[128] La afirmación
contiene una constatación, pero sobre todo una aspiración: es preciso un
nuevo impulso del pensamiento para comprender mejor lo que implica ser una
familia; la interacción entre los pueblos del planeta nos urge a dar ese
impulso, para que la integración se desarrolle bajo el signo de la
solidaridad [129] en vez del de la marginación. Dicho pensamiento obliga a
una profundización crítica y valorativa de la categoría de la relación. Es
un compromiso que no puede llevarse a cabo sólo con las ciencias sociales,
dado que requiere la aportación de saberes como la metafísica y la
teología, para captar con claridad la dignidad trascendente del hombre.
La criatura humana, en
cuanto de naturaleza espiritual, se realiza en las relaciones
interpersonales. Cuanto más las vive de manera auténtica, tanto más madura
también en la propia identidad personal. El hombre se valoriza no
aislándose sino poniéndose en relación con los otros y con Dios. Por
tanto, la importancia de dichas relaciones es fundamental. Esto vale
también para los pueblos. Consiguientemente, resulta muy útil para su
desarrollo una visión metafísica de la relación entre las personas. A este
respecto, la razón encuentra inspiración y orientación en la revelación
cristiana, según la cual la comunidad de los hombres no absorbe en sí a la
persona anulando su autonomía, como ocurre en las diversas formas del
totalitarismo, sino que la valoriza más aún porque la relación entre
persona y comunidad es la de un todo hacia otro todo.[130] De la misma
manera que la comunidad familiar no anula en su seno a las personas que la
componen, y la Iglesia misma valora plenamente la « criatura nueva » (Ga
6,15; 2 Co 5,17), que por el bautismo se inserta en su Cuerpo vivo, así
también la unidad de la familia humana no anula de por sí a las personas,
los pueblos o las culturas, sino que los hace más transparentes los unos
con los otros, más unidos en su legítima diversidad.
54. El tema del desarrollo
coincide con el de la inclusión relacional de todas las personas y de
todos los pueblos en la única comunidad de la familia humana, que se
construye en la solidaridad sobre la base de los valores fundamentales de
la justicia y la paz. Esta perspectiva se ve iluminada de manera decisiva
por la relación entre las Personas de la Trinidad en la única Sustancia
divina. La Trinidad es absoluta unidad, en cuanto las tres Personas
divinas son relacionalidad pura. La transparencia recíproca entre las
Personas divinas es plena y el vínculo de una con otra total, porque
constituyen una absoluta unidad y unicidad. Dios nos quiere también
asociar a esa realidad de comunión: «para que sean uno, como nosotros
somos uno» (Jn 17,22). La Iglesia es signo e instrumento de esta
unidad.[131] También las relaciones entre los hombres a lo largo de la
historia se han beneficiado de la referencia a este Modelo divino. En
particular, a la luz del misterio revelado de la Trinidad, se comprende
que la verdadera apertura no significa dispersión centrífuga, sino
compenetración profunda. Esto se manifiesta también en las experiencias
humanas comunes del amor y de la verdad. Como el amor sacramental une a
los esposos espiritualmente en «una sola carne» (Gn 2,24; Mt 19,5; Ef
5,31), y de dos que eran hace de ellos una unidad relacional y real, de
manera análoga la verdad une los espíritus entre sí y los hace pensar al
unísono, atrayéndolos y uniéndolos en ella.
55. La revelación
cristiana sobre la unidad del género humano presupone una interpretación
metafísica del humanum, en la que la relacionalidad es elemento esencial.
También otras culturas y otras religiones enseñan la fraternidad y la paz
y, por tanto, son de gran importancia para el desarrollo humano integral.
Sin embargo, no faltan actitudes religiosas y culturales en las que no se
asume plenamente el principio del amor y de la verdad, terminando así por
frenar el verdadero desarrollo humano e incluso por impedirlo. El mundo de
hoy está siendo atravesado por algunas culturas de trasfondo religioso,
que no llevan al hombre a la comunión, sino que lo aíslan en la búsqueda
del bienestar individual, limitándose a gratificar las expectativas
psicológicas. También una cierta proliferación de itinerarios religiosos
de pequeños grupos, e incluso de personas individuales, así como el
sincretismo religioso, pueden ser factores de dispersión y de falta de
compromiso. Un posible efecto negativo del proceso de globalización es la
tendencia a favorecer dicho sincretismo,[132] alimentando formas de
«religión» que alejan a las personas unas de otras, en vez de hacer que se
encuentren, y las apartan de la realidad. Al mismo tiempo, persisten a
veces parcelas culturales y religiosas que encasillan la sociedad en
castas sociales estáticas, en creencias mágicas que no respetan la
dignidad de la persona, en actitudes de sumisión a fuerzas ocultas. En
esos contextos, el amor y la verdad encuentran dificultad para afianzarse,
perjudicando el auténtico desarrollo.
Por este motivo, aunque es
verdad que, por un lado, el desarrollo necesita de las religiones y de las
culturas de los diversos pueblos, por otro lado, sigue siendo verdad
también que es necesario un adecuado discernimiento. La libertad religiosa
no significa indiferentismo religioso y no comporta que todas las
religiones sean iguales.[133] El discernimiento sobre la contribución de
las culturas y de las religiones es necesario para la construcción de la
comunidad social en el respeto del bien común, sobre todo para quien
ejerce el poder político. Dicho discernimiento deberá basarse en el
criterio de la caridad y de la verdad. Puesto que está en juego el
desarrollo de las personas y de los pueblos, tendrá en cuenta la
posibilidad de emancipación y de inclusión en la óptica de una comunidad
humana verdaderamente universal. El criterio para evaluar las culturas y
las religiones es también « todo el hombre y todos los hombres». El
cristianismo, religión del «Dios que tiene un rostro humano»,[134] lleva
en sí mismo un criterio similar.
56. La religión cristiana
y las otras religiones pueden contribuir al desarrollo solamente si Dios
tiene un lugar en la esfera pública, con específica referencia a la
dimensión cultural, social, económica y, en particular, política. La
doctrina social de la Iglesia ha nacido para reivindicar esa « carta de
ciudadanía » [135] de la religión cristiana. La negación del derecho a
profesar públicamente la propia religión y a trabajar para que las
verdades de la fe inspiren también la vida pública, tiene consecuencias
negativas sobre el verdadero desarrollo. La exclusión de la religión del
ámbito público, así como, el fundamentalismo religioso por otro lado,
impiden el encuentro entre las personas y su colaboración para el progreso
de la humanidad. La vida pública se empobrece de motivaciones y la
política adquiere un aspecto opresor y agresivo. Se corre el riesgo de que
no se respeten los derechos humanos, bien porque se les priva de su
fundamento trascendente, bien porque no se reconoce la libertad personal.
En el laicismo y en el fundamentalismo se pierde la posibilidad de un
diálogo fecundo y de una provechosa colaboración entre la razón y la fe
religiosa. La razón necesita siempre ser purificada por la fe, y esto vale
también para la razón política, que no debe creerse omnipotente. A su vez,
la religión tiene siempre necesidad de ser purificada por la razón para
mostrar su auténtico rostro humano. La ruptura de este diálogo comporta un
coste muy gravoso para el desarrollo de la humanidad.
57. El diálogo fecundo
entre fe y razón hace más eficaz el ejercicio de la caridad en el ámbito
social y es el marco más apropiado para promover la colaboración fraterna
entre creyentes y no creyentes, en la perspectiva compartida de trabajar
por la justicia y la paz de la humanidad. Los Padres conciliares afirmaban
en la Constitución pastoral Gaudium et spes: «Según la opinión casi
unánime de creyentes y no creyentes, todo lo que existe en la tierra debe
ordenarse al hombre como su centro y su culminación».[136] Para los
creyentes, el mundo no es fruto de la casualidad ni de la necesidad, sino
de un proyecto de Dios. De ahí nace el deber de los creyentes de aunar sus
esfuerzos con todos los hombres y mujeres de buena voluntad de otras
religiones, o no creyentes, para que nuestro mundo responda efectivamente
al proyecto divino: vivir como una familia, bajo la mirada del Creador.
Sin duda, el principio de subsidiaridad,[137] expresión de la inalienable
libertad humana. La subsidiaridad es ante todo una ayuda a la persona, a
través de la autonomía de los cuerpos intermedios. Dicha ayuda se ofrece
cuando la persona y los sujetos sociales no son capaces de valerse por sí
mismos, implicando siempre una finalidad emancipadora, porque favorece la
libertad y la participación a la hora de asumir responsabilidades. La
subsidiaridad respeta la dignidad de la persona, en la que ve un sujeto
siempre capaz de dar algo a los otros. La subsidiaridad, al reconocer que
la reciprocidad forma parte de la constitución íntima del ser humano, es
el antídoto más eficaz contra cualquier forma de asistencialismo
paternalista. Ella puede dar razón tanto de la múltiple articulación de
los niveles y, por ello, de la pluralidad de los sujetos, como de su
coordinación. Por tanto, es un principio particularmente adecuado para
gobernar la globalización y orientarla hacia un verdadero desarrollo
humano. Para no abrir la puerta a un peligroso poder universal de tipo
monocrático, el gobierno de la globalización debe ser de tipo subsidiario,
articulado en múltiples niveles y planos diversos, que colaboren
recíprocamente. La globalización necesita ciertamente una autoridad, en
cuanto plantea el problema de la consecución de un bien común global; sin
embargo, dicha autoridad deberá estar organizada de modo subsidiario y con
división de poderes,[138] tanto para no herir la libertad como para
resultar concretamente eficaz.
58. El principio de
subsidiaridad debe mantenerse íntimamente unido al principio de la
solidaridad y viceversa, porque así como la subsidiaridad sin la
solidaridad desemboca en el particularismo social, también es cierto que
la solidaridad sin la subsidiaridad acabaría en el asistencialismo que
humilla al necesitado. Esta regla de carácter general se ha de tener muy
en cuenta incluso cuando se afrontan los temas sobre las ayudas
internacionales al desarrollo. Éstas, por encima de las intenciones de los
donantes, pueden mantener a veces a un pueblo en un estado de dependencia,
e incluso favorecer situaciones de dominio local y de explotación en el
país que las recibe. Las ayudas económicas, para que lo sean de verdad, no
deben perseguir otros fines. Han de ser concedidas implicando no sólo a
los gobiernos de los países interesados, sino también a los agentes
económicos locales y a los agentes culturales de la sociedad civil,
incluidas las Iglesias locales. Los programas de ayuda han de adaptarse
cada vez más a la forma de los programas integrados y compartidos desde la
base. En efecto, sigue siendo verdad que el recurso humano es más valioso
de los países en vías de desarrollo: éste es el auténtico capital que se
ha de potenciar para asegurar a los países más pobres un futuro
verdaderamente autónomo. Conviene recordar también que, en el campo
económico, la ayuda principal que necesitan los países en vías de
desarrollo es permitir y favorecer cada vez más el ingreso de sus
productos en los mercados internacionales, posibilitando así su plena
participación en la vida económica internacional. En el pasado, las ayudas
han servido con demasiada frecuencia sólo para crear mercados marginales
de los productos de esos países. Esto se debe muchas veces a una falta de
verdadera demanda de estos productos: por tanto, es necesario ayudar a
esos países a mejorar sus productos y a adaptarlos mejor a la demanda.
Además, algunos han temido con frecuencia la competencia de las
importaciones de productos, normalmente agrícolas, provenientes de los
países económicamente pobres. Sin embargo, se ha de recordar que la
posibilidad de comercializar dichos productos significa a menudo
garantizar su supervivencia a corto o largo plazo. Un comercio
internacional justo y equilibrado en el campo agrícola puede reportar
beneficios a todos, tanto en la oferta como en la demanda. Por este
motivo, no sólo es necesario orientar comercialmente esos productos, sino
establecer reglas comerciales internacionales que los sostengan, y
reforzar la financiación del desarrollo para hacer más productivas esas
economías.
59. La cooperación para el
desarrollo no debe contemplar solamente la dimensión económica; ha de ser
una gran ocasión para el encuentro cultural y humano. Si los sujetos de la
cooperación de los países económicamente desarrollados, como a veces
sucede, no tienen en cuenta la identidad cultural propia y ajena, con sus
valores humanos, no podrán entablar diálogo alguno con los ciudadanos de
los países pobres. Si éstos, a su vez, se abren con indiferencia y sin
discernimiento a cualquier propuesta cultural, no estarán en condiciones
de asumir la responsabilidad de su auténtico desarrollo.[139] Las
sociedades tecnológicamente avanzadas no deben confundir el propio
desarrollo tecnológico con una presunta superioridad cultural, sino que
deben redescubrir en sí mismas virtudes a veces olvidadas, que las han
hecho florecer a lo largo de su historia. Las sociedades en crecimiento
deben permanecer fieles a lo que hay de verdaderamente humano en sus
tradiciones, evitando que superpongan automáticamente a ellas las formas
de la civilización tecnológica globalizada. En todas las culturas se dan
singulares y múltiples convergencias éticas, expresiones de una misma
naturaleza humana, querida por el Creador, y que la sabiduría ética de la
humanidad llama ley natural.[140] Dicha ley moral universal es fundamento
sólido de todo diálogo cultural, religioso y político, ayudando al
pluralismo multiforme de las diversas culturas a que no se alejen de la
búsqueda común de la verdad, del bien y de Dios. Por tanto, la adhesión a
esa ley escrita en los corazones es la base de toda colaboración social
constructiva. En todas las culturas hay costras que limpiar y sombras que
despejar. La fe cristiana, que se encarna en las culturas
trascendiéndolas, puede ayudarlas a crecer en la convivencia y en la
solidaridad universal, en beneficio del desarrollo comunitario y
planetario.
60. En la búsqueda de
soluciones para la crisis económica actual, la ayuda al desarrollo de los
países pobres debe considerarse un verdadero instrumento de creación de
riqueza para todos. ¿Qué proyecto de ayuda puede prometer un crecimiento
de tan significativo valor —incluso para la economía mundial— como la
ayuda a poblaciones que se encuentran todavía en una fase inicial o poco
avanzada de su proceso de desarrollo económico? En esta perspectiva, los
estados económicamente más desarrollados harán lo posible por destinar
mayores porcentajes de su producto interior bruto para ayudas al
desarrollo, respetando los compromisos que se han tomado sobre este punto
en el ámbito de la comunidad internacional. Lo podrán hacer también
revisando sus políticas internas de asistencia y de solidaridad social,
aplicando a ellas el principio de subsidiaridad y creando sistemas de
seguridad social más integrados, con la participación activa de las
personas y de la sociedad civil. De esta manera, es posible también
mejorar los servicios sociales y asistenciales y, al mismo tiempo, ahorrar
recursos, eliminando derroches y rentas abusivas, para destinarlos a la
solidaridad internacional. Un sistema de solidaridad social más
participativo y orgánico, menos burocratizado pero no por ello menos
coordinado, podría revitalizar muchas energías hoy adormecidas en favor
también de la solidaridad entre los pueblos.
Una posibilidad de ayuda
para el desarrollo podría venir de la aplicación eficaz de la llamada
subsidiaridad fiscal, que permitiría a los ciudadanos decidir sobre el
destino de los porcentajes de los impuestos que pagan al Estado. Esto
puede ayudar, evitando degeneraciones particularistas, a fomentar formas
de solidaridad social desde la base, con obvios beneficios también desde
el punto de vista de la solidaridad para el desarrollo.
61. Una solidaridad más
amplia a nivel internacional se manifiesta ante todo en seguir
promoviendo, también en condiciones de crisis económica, un mayor acceso a
la educación que, por otro lado, es una condición esencial para la
eficacia de la cooperación internacional misma. Con el término «educación»
no nos referimos sólo a la instrucción o a la formación para el trabajo,
que son dos causas importantes para el desarrollo, sino a la formación
completa de la persona. A este respecto, se ha de subrayar un aspecto
problemático: para educar es preciso saber quién es la persona humana,
conocer su naturaleza. Al afianzarse una visión relativista de dicha
naturaleza plantea serios problemas a la educación, sobre todo a la
educación moral, comprometiendo su difusión universal. Cediendo a este
relativismo, todos se empobrecen más, con consecuencias negativas también
para la eficacia de la ayuda a las poblaciones más necesitadas, a las que
no faltan sólo recursos económicos o técnicos, sino también modos y medios
pedagógicos que ayuden a las personas a lograr su plena realización
humana.
Un ejemplo de la
importancia de este problema lo tenemos en el fenómeno del turismo
internacional,[141] que puede ser un notable factor de desarrollo
económico y crecimiento cultural, pero que en ocasiones puede
transformarse en una forma de explotación y degradación moral. La
situación actual ofrece oportunidades singulares para que los aspectos
económicos del desarrollo, es decir, los flujos de dinero y la aparición
de experiencias empresariales locales significativas, se combinen con los
culturales, y en primer lugar el educativo. En muchos casos es así, pero
en muchos otros el turismo internacional es una experiencia deseducativa,
tanto para el turista como para las poblaciones locales. Con frecuencia,
éstas se encuentran con conductas inmorales, y hasta perversas, como en el
caso del llamado turismo sexual, al que se sacrifican tantos seres
humanos, incluso de tierna edad. Es doloroso constatar que esto ocurre
muchas veces con el respaldo de gobiernos locales, con el silencio de
aquellos otros de donde proceden los turistas y con la complicidad de
tantos operadores del sector. Aún sin llegar a ese extremo, el turismo
internacional se plantea con frecuencia de manera consumista y hedonista,
como una evasión y con modos de organización típicos de los países de
origen, de forma que no se favorece un verdadero encuentro entre personas
y culturas. Hay que pensar, pues, en un turismo distinto, capaz de
promover un verdadero conocimiento recíproco, que nada quite al descanso y
a la sana diversión: hay que fomentar un turismo así, también a través de
una relación más estrecha con las experiencias de cooperación
internacional y de iniciativas empresariales para el desarrollo.
62. Otro aspecto digno de
atención, hablando del desarrollo humano integral, es el fenómeno de las
migraciones. Es un fenómeno que impresiona por sus grandes dimensiones,
por los problemas sociales, económicos, políticos, culturales y religiosos
que suscita, y por los dramáticos desafíos que plantea a las comunidades
nacionales y a la comunidad internacional. Podemos decir que estamos ante
un fenómeno social de que marca época, que requiere una fuerte y
clarividente política de cooperación internacional para afrontarlo
debidamente. Esta política hay que desarrollarla partiendo de una estrecha
colaboración entre los países de procedencia y de destino de los
emigrantes; ha de ir acompañada de adecuadas normativas internacionales
capaces de armonizar los diversos ordenamientos legislativos, con vistas a
salvaguardar las exigencias y los derechos de las personas y de las
familias emigrantes, así como las de las sociedades de destino. Ningún
país por sí solo puede ser capaz de hacer frente a los problemas
migratorios actuales. Todos podemos ver el sufrimiento, el disgusto y las
aspiraciones que conllevan los flujos migratorios. Como es sabido, es un
fenómeno complejo de gestionar; sin embargo, está comprobado que los
trabajadores extranjeros, no obstante las dificultades inherentes a su
integración, contribuyen de manera significativa con su trabajo al
desarrollo económico del país que los acoge, así como a su país de origen
a través de las remesas de dinero. Obviamente, estos trabajadores no
pueden ser considerados como una mercancía o una mera fuerza laboral. Por
tanto no deben ser tratados como cualquier otro factor de producción. Todo
emigrante es una persona humana que, en cuanto tal, posee derechos
fundamentales inalienables que han de ser respetados por todos y en
cualquier situación.[142]
63. Al considerar los
problemas del desarrollo, se ha de resaltar relación entre pobreza y
desocupación. Los pobres son en muchos casos el resultado de la violación
de la dignidad del trabajo humano, bien porque se limitan sus
posibilidades (desocupación, subocupación), bien porque se devalúan « los
derechos que fluyen del mismo, especialmente el derecho al justo salario,
a la seguridad de la persona del trabajador y de su familia ».[143] Por
esto, ya el 1 de mayo de 2000, mi predecesor Juan Pablo II, de venerada
memoria, con ocasión del Jubileo de los Trabajadores, lanzó un llamamiento
para «una coalición mundial a favor del trabajo decente»,[144] alentando
la estrategia de la Organización Internacional del Trabajo. De esta
manera, daba un fuerte apoyo moral a este objetivo, como aspiración de las
familias en todos los países del mundo. Pero ¿qué significa la palabra
« decencia » aplicada al trabajo? Significa un trabajo que, en cualquier
sociedad, sea expresión de la dignidad esencial de todo hombre o mujer: un
trabajo libremente elegido, que asocie efectivamente a los trabajadores,
hombres y mujeres, al desarrollo de su comunidad; un trabajo que, de este
modo, haga que los trabajadores sean respetados, evitando toda
discriminación; un trabajo que permita satisfacer las necesidades de las
familias y escolarizar a los hijos sin que se vean obligados a trabajar;
un trabajo que consienta a los trabajadores organizarse libremente y hacer
oír su voz; un trabajo que deje espacio para reencontrarse adecuadamente
con las propias raíces en el ámbito personal, familiar y espiritual; un
trabajo que asegure una condición digna a los trabajadores que llegan a la
jubilación.
64. En la reflexión sobre
el tema del trabajo, es oportuno hacer un llamamiento a las organizaciones
sindicales de los trabajadores, desde siempre alentadas y sostenidas por
la Iglesia, ante la urgente exigencia de abrirse a las nuevas perspectivas
que surgen en el ámbito laboral. Las organizaciones sindicales están
llamadas a hacerse cargo de los nuevos problemas de nuestra sociedad,
superando las limitaciones propias de los sindicatos de clase. Me refiero,
por ejemplo, a ese conjunto de cuestiones que los estudiosos de las
ciencias sociales señalan en el conflicto entre persona-trabajadora y
persona-consumidora. Sin que sea necesario adoptar la tesis de que se ha
efectuado un desplazamiento de la centralidad del trabajador a la
centralidad del consumidor, parece en cualquier caso que éste es también
un terreno para experiencias sindicales innovadoras. El contexto global en
el que se desarrolla el trabajo requiere igualmente que las organizaciones
sindicales nacionales, ceñidas sobre todo a la defensa de los intereses de
sus afiliados, vuelvan su mirada también hacia los no afiliados y, en
particular, hacia los trabajadores de los países en vía de desarrollo,
donde tantas veces se violan los derechos sociales. La defensa de estos
trabajadores, promovida también mediante iniciativas apropiadas en favor
de los países de origen, permitirá a las organizaciones sindicales poner
de relieve las auténticas razones éticas y culturales que las han
consentido ser, en contextos sociales y laborales diversos, un factor
decisivo para el desarrollo. Sigue siendo válida la tradicional enseñanza
de la Iglesia, que propone la distinción de papeles y funciones entre
sindicato y política. Esta distinción permitirá a las organizaciones
sindicales encontrar en la sociedad civil el ámbito más adecuado para su
necesaria actuación en defensa y promoción del mundo del trabajo, sobre
todo en favor de los trabajadores explotados y no representados, cuya
amarga condición pasa desapercibida tantas veces ante los ojos distraídos
de la sociedad.
65. Además, se requiere
que las finanzas mismas, que han de renovar necesariamente sus estructuras
y modos de funcionamiento tras su mala utilización, que ha dañado la
economía real, vuelvan a ser un instrumento encaminado a producir mejor
riqueza y desarrollo. Toda la economía y todas las finanzas, y no sólo
algunos de sus sectores, en cuanto instrumentos, deben ser utilizados de
manera ética para crear las condiciones adecuadas para el desarrollo del
hombre y de los pueblos. Es ciertamente útil, y en algunas circunstancias
indispensable, promover iniciativas financieras en las que predomine la
dimensión humanitaria. Sin embargo, esto no debe hacernos olvidar que todo
el sistema financiero ha de tener como meta el sostenimiento de un
verdadero desarrollo. Sobre todo, es preciso que el intento de hacer el
bien no se contraponga al de la capacidad efectiva de producir bienes. Los
agentes financieros han de redescubrir el fundamento ético de su actividad
para no abusar de aquellos instrumentos sofisticados con los que se podría
traicionar a los ahorradores. Recta intención, transparencia y búsqueda de
los buenos resultados son compatibles y nunca se deben separar. Si el amor
es inteligente, sabe encontrar también los modos de actuar según una
conveniencia previsible y justa, como muestran de manera significativa
muchas experiencias en el campo del crédito cooperativo.
Tanto una regulación del
sector capaz de salvaguardar a los sujetos más débiles e impedir
escandalosas especulaciones, cuanto la experimentación de nuevas formas de
finanzas destinadas a favorecer proyectos de desarrollo, son experiencias
positivas que se han de profundizar y alentar, reclamando la propia
responsabilidad del ahorrador. También la experiencia de la
microfinanciación, que hunde sus raíces en la reflexión y en la actuación
de los humanistas civiles —pienso sobre todo en el origen de los Montes de
Piedad—, ha de ser reforzada y actualizada, sobre todo en los momentos en
que los problemas financieros pueden resultar dramáticos para los sectores
más vulnerables de la población, que deben ser protegidos de la amenaza de
la usura y la desesperación. Los más débiles deben ser educados para
defenderse de la usura, así como los pueblos pobres han de ser educados
para beneficiarse realmente del microcrédito, frenando de este modo
posibles formas de explotación en estos dos campos. Puesto que también en
los países ricos se dan nuevas formas de pobreza, la microfinanciación
puede ofrecer ayudas concretas para crear iniciativas y sectores nuevos
que favorezcan a las capas más débiles de la sociedad, también ante una
posible fase de empobrecimiento de la sociedad.
66. La interrelación
mundial ha hecho surgir un nuevo poder político, el de los consumidores y
sus asociaciones. Es un fenómeno en el que se debe profundizar, pues
contiene elementos positivos que hay que fomentar, como también excesos
que se han de evitar. Es bueno que las personas se den cuenta de que
comprar es siempre un acto moral, y no sólo económico. El consumidor tiene
una responsabilidad social específica, que se añade a la responsabilidad
social de la empresa. Los consumidores deben ser constantemente
educados [145] para el papel que ejercen diariamente y que pueden
desempeñar respetando los principios morales, sin que disminuya la
racionalidad económica intrínseca en el acto de comprar. También en el
campo de las compras, precisamente en momentos como los que se están
viviendo, en los que el poder adquisitivo puede verse reducido y se deberá
consumir con mayor sobriedad, es necesario abrir otras vías como, por
ejemplo, formas de cooperación para las adquisiciones, como ocurre con las
cooperativas de consumo, que existen desde el s. XIX, gracias también a la
iniciativa de los católicos. Además, es conveniente favorecer formas
nuevas de comercialización de productos provenientes de áreas deprimidas
del planeta para garantizar una retribución decente a los productores, a
condición de que se trate de un mercado transparente, que los productores
reciban no sólo mayores márgenes de ganancia sino también mayor formación,
profesionalidad y tecnología y, finalmente, que dichas experiencias de
economía para el desarrollo no estén condicionadas por visiones
ideológicas partidistas. Es de desear un papel más incisivo de los
consumidores como factor de democracia económica, siempre que ellos mismos
no estén manipulados por asociaciones escasamente representativas.
67. Ente el imparable
aumento de la interdependencia mundial, y también en presencia de una
recesión de alcance global, se siente mucho la urgencia de la reforma
tanto de la Organización de las Naciones Unidas como de la arquitectura
económica y financiera internacional, para que se dé una concreción real
al concepto de familia de naciones. Y se siente la urgencia de encontrar
formas innovadoras para poner en práctica el principio de la
responsabilidad de proteger[146] y dar también una voz eficaz en las
decisiones comunes a las naciones más pobres. Esto aparece necesario
precisamente con vistas a un ordenamiento político, jurídico y económico
que incremente y oriente la colaboración internacional hacia el desarrollo
solidario de todos los pueblos. Para gobernar la economía mundial, para
sanear las economías afectadas por la crisis, para prevenir su
empeoramiento y mayores desequilibrios consiguientes, para lograr un
oportuno desarme integral, la seguridad alimenticia y la paz, para
garantizar la salvaguardia del ambiente y regular los flujos migratorios,
urge la presencia de una verdadera Autoridad política mundial, como fue ya
esbozada por mi Predecesor, el Beato Juan XXIII. Esta Autoridad deberá
estar regulada por el derecho, atenerse de manera concreta a los
principios de subsidiaridad y de solidaridad, estar ordenada a la
realización del bien común,[147] comprometerse en la realización de un
auténtico desarrollo humano integral inspirado en los valores de la
caridad en la verdad. Dicha Autoridad, además, deberá estar reconocida por
todos, gozar de poder efectivo para garantizar a cada uno la seguridad, el
cumplimiento de la justicia y el respeto de los derechos.[148] Obviamente,
debe tener la facultad de hacer respetar sus propias decisiones a las
diversas partes, así como las medidas de coordinación adoptadas en los
diferentes foros internacionales. En efecto, cuando esto falta, el derecho
internacional, no obstante los grandes progresos alcanzados en los
diversos campos, correría el riesgo de estar condicionado por los
equilibrios de poder entre los más fuertes. El desarrollo integral de los
pueblos y la colaboración internacional exigen el establecimiento de un
grado superior de ordenamiento internacional de tipo subsidiario para el
gobierno de la globalización[149], que se lleve a cabo finalmente un orden
social conforme al orden moral, así como esa relación entre esfera moral y
social, entre política y mundo económico y civil, ya previsto en el
Estatuto de las Naciones Unidas.
CAPÍTULO SEXTO
EL DESARROLLO DE LOS PUEBLOS Y LA TÉCNICA
68. El tema del desarrollo
de los pueblos está íntimamente unido al del desarrollo de cada hombre. La
persona humana tiende por naturaleza a su propio desarrollo. Éste no está
garantizado por una serie de mecanismos naturales, sino que cada uno de
nosotros es consciente de su capacidad de decidir libre y
responsablemente. Tampoco se trata de un desarrollo a merced de nuestro
capricho, ya que todos sabemos que somos un don y no el resultado de una
autogeneración. Nuestra libertad está originariamente caracterizada por
nuestro ser, con sus propias limitaciones. Ninguno da forma a la propia
conciencia de manera arbitraria, sino que todos construyen su propio
« yo » sobre la base de un « sí mismo » que nos ha sido dado. No sólo las
demás personas se nos presentan como no disponibles, sino también nosotros
para nosotros mismos. El desarrollo de la persona se degrada cuando ésta
pretende ser la única creadora de sí misma. De modo análogo, también el
desarrollo de los pueblos se degrada cuando la humanidad piensa que puede
recrearse utilizando los « prodigios » de la tecnología. Lo mismo ocurre
con el desarrollo económico, que se manifiesta ficticio y dañino cuando se
apoya en los « prodigios » de las finanzas para sostener un crecimiento
antinatural y consumista. Ante esta pretensión prometeica, hemos de
fortalecer el aprecio por una libertad no arbitraria, sino verdaderamente
humanizada por el reconocimiento del bien que la precede. Para alcanzar
este objetivo, es necesario que el hombre entre en sí mismo para descubrir
las normas fundamentales de la ley moral natural que Dios ha inscrito en
su corazón.
69. El problema del
desarrollo en la actualidad está estrechamente unido al progreso
tecnológico y a sus aplicaciones deslumbrantes en campo biológico. La
técnica — conviene subrayarlo — es un hecho profundamente humano,
vinculado a la autonomía y libertad del hombre. En la técnica se
manifiesta y confirma el dominio del espíritu sobre la materia. «Siendo
éste [el espíritu] “menos esclavo de las cosas, puede más fácilmente
elevarse a la adoración y a la contemplación del Creador”».[150] La
técnica permite dominar la materia, reducir los riesgos, ahorrar
esfuerzos, mejorar las condiciones de vida. Responde a la misma vocación
del trabajo humano: en la técnica, vista como una obra del propio talento,
el hombre se reconoce a sí mismo y realiza su propia humanidad. La técnica
es el aspecto objetivo del actuar humano,[151] cuyo origen y razón de ser
está en el elemento subjetivo: el hombre que trabaja. Por eso, la técnica
nunca es sólo técnica. Manifiesta quién es el hombre y cuáles son sus
aspiraciones de desarrollo, expresa la tensión del ánimo humano hacia la
superación gradual de ciertos condicionamientos materiales. La técnica,
por lo tanto, se inserta en el mandato de cultivar y custodiar la tierra
(cf. Gn 2,15), que Dios ha confiado al hombre, y se orienta a reforzar esa
alianza entre ser humano y medio ambiente que debe reflejar el amor
creador de Dios.
70. El desarrollo
tecnológico puede alentar la idea de la autosuficiencia de la técnica,
cuando el hombre se pregunta sólo por el cómo, en vez de considerar los
porqués que lo impulsan a actuar. Por eso, la técnica tiene un rostro
ambiguo. Nacida de la creatividad humana como instrumento de la libertad
de la persona, puede entenderse como elemento de una libertad absoluta,
que desea prescindir de los límites inherentes a las cosas. El proceso de
globalización podría sustituir las ideologías por la técnica,[152]
transformándose ella misma en un poder ideológico, que expondría a la
humanidad al riesgo de encontrarse encerrada dentro de un a priori del
cual no podría salir para encontrar el ser y la verdad. En ese caso, cada
uno de nosotros conocería, evaluaría y decidiría los aspectos de su vida
desde un horizonte cultural tecnocrático, al que perteneceríamos
estructuralmente, sin poder encontrar jamás un sentido que no sea
producido por nosotros mismos. Esta visión refuerza mucho hoy la
mentalidad tecnicista, que hace coincidir la verdad con lo factible. Pero
cuando el único criterio de verdad es la eficiencia y la utilidad, se
niega automáticamente el desarrollo. En efecto, el verdadero desarrollo no
consiste principalmente en hacer. La clave del desarrollo está en una
inteligencia capaz de entender la técnica y de captar el significado
plenamente humano del quehacer del hombre, según el horizonte de sentido
de la persona considerada en la globalidad de su ser. Incluso cuando el
hombre opera a través de un satélite o de un impulso electrónico a
distancia, su actuar permanece siempre humano, expresión de una libertad
responsable. La técnica atrae fuertemente al hombre, porque lo rescata de
las limitaciones físicas y le amplía el horizonte. Pero la libertad humana
es ella misma sólo cuando responde a esta atracción de la técnica con
decisiones que son fruto de la responsabilidad moral. De ahí la necesidad
apremiante de una formación para un uso ético y responsable de la técnica.
Conscientes de esta atracción de la técnica sobre el ser humano, se debe
recuperar el verdadero sentido de la libertad, que no consiste en la
seducción de una autonomía total, sino en la respuesta a la llamada del
ser, comenzando por nuestro propio ser.
71. Esta posible
desviación de la mentalidad técnica de su originario cauce humanista se
muestra hoy de manera evidente en la tecnificación del desarrollo y de la
paz. El desarrollo de los pueblos es considerado con frecuencia como un
problema de ingeniería financiera, de apertura de mercados, de bajadas de
impuestos, de inversiones productivas, de reformas institucionales, en
definitiva como una cuestión exclusivamente técnica. Sin duda, todos estos
ámbitos tienen un papel muy importante, pero deberíamos preguntarnos por
qué las decisiones de tipo técnico han funcionado hasta ahora sólo en
parte. La causa es mucho más profunda. El desarrollo nunca estará
plenamente garantizado plenamente por fuerzas que en gran medida son
automáticas e impersonales, ya provengan de las leyes de mercado o de
políticas de carácter internacional. El desarrollo es imposible sin
hombres rectos, sin operadores económicos y agentes políticos que sientan
fuertemente en su conciencia la llamada al bien común. Se necesita tanto
la preparación profesional como la coherencia moral. Cuando predomina la
absolutización de la técnica se produce una confusión entre los fines y
los medios, el empresario considera como único criterio de acción el
máximo beneficio en la producción; el político, la consolidación del
poder; el científico, el resultado de sus descubrimientos. Así, bajo esa
red de relaciones económicas, financieras y políticas persisten
frecuentemente incomprensiones, malestar e injusticia; los flujos de
conocimientos técnicos aumentan, pero en beneficio de sus propietarios,
mientras que la situación real de las poblaciones que viven bajo y casi
siempre al margen de estos flujos, permanece inalterada, sin posibilidades
reales de emancipación.
72. También la paz corre a
veces el riesgo de ser considerada como un producto de la técnica, fruto
exclusivamente de los acuerdos entre los gobiernos o de iniciativas
tendentes a asegurar ayudas económicas eficaces. Es cierto que la
construcción de la paz necesita una red constante de contactos
diplomáticos, intercambios económicos y tecnológicos, encuentros
culturales, acuerdos en proyectos comunes, como también que se adopten
compromisos compartidos para alejar las amenazas de tipo bélico o cortar
de raíz las continuas tentaciones terroristas. No obstante, para que esos
esfuerzos produzcan efectos duraderos, es necesario que se sustenten en
valores fundamentados en la verdad de la vida. Es decir, es preciso
escuchar la voz de las poblaciones interesadas y tener en cuenta su
situación para poder interpretar de manera adecuada sus expectativas. Todo
esto debe estar unido al esfuerzo anónimo de tantas personas que trabajan
decididamente para fomentar el encuentro entre los pueblos y favorecer la
promoción del desarrollo partiendo del amor y de la comprensión recíproca.
Entre estas personas encontramos también fieles cristianos, implicados en
la gran tarea de dar un sentido plenamente humano al desarrollo y la paz.
73. El desarrollo
tecnológico está relacionado con la influencia cada vez mayor de los
medios de comunicación social. Es casi imposible imaginar ya la existencia
de la familia humana sin su presencia. Para bien o para mal, se han
introducido de tal manera en la vida del mundo, que parece realmente
absurda la postura de quienes defienden su neutralidad y,
consiguientemente, reivindican su autonomía con respecto a la moral de las
personas. Muchas veces, tendencias de este tipo, que enfatizan la
naturaleza estrictamente técnica de estos medios, favorecen de hecho su
subordinación a los intereses económicos, al dominio de los mercados, sin
olvidar el deseo de imponer parámetros culturales en función de proyectos
de carácter ideológico y político. Dada la importancia fundamental de los
medios de comunicación en determinar los cambios en el modo de percibir y
de conocer la realidad y la persona humana misma, se hace necesaria una
seria reflexión sobre su influjo, especialmente sobre la dimensión
ético-cultural de la globalización y el desarrollo solidario de los
pueblos. Al igual que ocurre con la correcta gestión de la globalización y
el desarrollo, el sentido y la finalidad de los medios de comunicación
debe buscarse en su fundamento antropológico. Esto quiere decir que pueden
ser ocasión de humanización no sólo cuando, gracias al desarrollo
tecnológico, ofrecen mayores posibilidades para la comunicación y la
información, sino sobre todo cuando se organizan y se orientan bajo la luz
de una imagen de la persona y el bien común que refleje sus valores
universales. El mero hecho de que los medios de comunicación social
multipliquen las posibilidades de interconexión y de circulación de ideas,
no favorece la libertad ni globaliza el desarrollo y la democracia para
todos. Para alcanzar estos objetivos se necesita que los medios de
comunicación estén centrados en la promoción de la dignidad de las
personas y de los pueblos, que estén expresamente animados por la caridad
y se pongan al servicio de la verdad, del bien y de la fraternidad natural
y sobrenatural. En efecto, la libertad humana está intrínsecamente ligada
a estos valores superiores. Los medios pueden ofrecer una valiosa ayuda al
aumento de la comunión en la familia humana y al ethos de la sociedad,
cuando se convierten en instrumentos que promueven la participación
universal en la búsqueda común de lo que es justo.
74. En la actualidad, la
bioética es un campo prioritario y crucial en la lucha cultural entre el
absolutismo de la técnica y la responsabilidad moral, y en el que está en
juego la posibilidad de un desarrollo humano e integral. Éste es un ámbito
muy delicado y decisivo, donde se plantea con toda su fuerza dramática la
cuestión fundamental: si el hombre es un producto de sí mismo o si depende
de Dios. Los descubrimientos científicos en este campo y las posibilidades
de una intervención técnica han crecido tanto que parecen imponer la
elección entre estos dos tipos de razón: una razón abierta a la
trascendencia o una razón encerrada en la inmanencia. Estamos ante un aut
aut decisivo. Pero la racionalidad del quehacer técnico centrada sólo en
sí misma se revela como irracional, porque comporta un rechazo firme del
sentido y del valor. Por ello, la cerrazón a la trascendencia tropieza con
la dificultad de pensar cómo es posible que de la nada haya surgido el ser
y de la casualidad la inteligencia.[153] Ante estos problemas tan
dramáticos, razón y fe se ayudan mutuamente. Sólo juntas salvarán al
hombre. Atraída por el puro quehacer técnico, la razón sin la fe se ve
avocada a perderse en la ilusión de su propia omnipotencia. La fe sin la
razón corre el riesgo de alejarse de la vida concreta de las
personas.[154]
75. Pablo VI había
percibido y señalado ya el alcance mundial de la cuestión social.[155]
Siguiendo esta línea, hoy es preciso afirmar que la cuestión social se ha
convertido radicalmente en una cuestión antropológica, en el sentido de
que implica no sólo el modo mismo de concebir, sino también de manipular
la vida, cada día más expuesta por la biotecnología a la intervención del
hombre. La fecundación in vitro, la investigación con embriones, la
posibilidad de la clonación y de la hibridación humana nacen y se
promueven en la cultura actual del desencanto total, que cree haber
desvelado cualquier misterio, puesto que se ha llegado ya a la raíz de la
vida. Es aquí donde el absolutismo de la técnica encuentra su máxima
expresión. En este tipo de cultura, la conciencia está llamada únicamente
a tomar nota de una mera posibilidad técnica. Pero no han de minimizarse
los escenarios inquietantes para el futuro del hombre, ni los nuevos y
potentes instrumentos que la «cultura de la muerte» tiene a su
disposición. A la plaga difusa, trágica, del aborto, podría añadirse en el
futuro, aunque ya subrepticiamente in nuce, una sistemática planificación
eugenésica de los nacimientos. Por otro lado, se va abriendo paso una mens
eutanasica, manifestación no menos abusiva del dominio sobre la vida, que
en ciertas condiciones ya no se considera digna de ser vivida. Detrás de
estos escenarios hay planteamientos culturales que niegan la dignidad
humana. A su vez, estas prácticas fomentan una concepción materialista y
mecanicista de la vida humana. ¿Quién puede calcular los efectos negativos
sobre el desarrollo de esta mentalidad? ¿Cómo podemos extrañarnos de la
indiferencia ante tantas situaciones humanas degradantes, si la
indiferencia caracteriza nuestra actitud ante lo que es humano y lo que no
lo es? Sorprende la selección arbitraria de aquello que hoy se propone
como digno de respeto. Muchos, dispuestos a escandalizarse por cosas
secundarias, parecen tolerar injusticias inauditas. Mientras los pobres
del mundo siguen llamando a la puerta de la opulencia, el mundo rico corre
el riesgo de no escuchar ya estos golpes a su puerta, debido a una
conciencia incapaz de reconocer lo humano. Dios revela el hombre al
hombre; la razón y la fe colaboran a la hora de mostrarle el bien, con tal
que lo quiera ver; la ley natural, en la que brilla la Razón creadora,
indica la grandeza del hombre, pero también su miseria, cuando desconoce
el reclamo de la verdad moral.
76. Uno de los aspectos
del actual espíritu tecnicista se puede apreciar en la propensión a
considerar los problemas y los fenómenos que tienen que ver con la vida
interior sólo desde un punto de vista psicológico, e incluso meramente
neurológico. De esta manera, la interioridad del hombre se vacía y el ser
conscientes de la consistencia ontológica del alma humana, con las
profundidades que los Santos han sabido sondear, se pierde
progresivamente. El problema del desarrollo está estrechamente relacionado
con el concepto que tengamos del alma del hombre, ya que nuestro yo se ve
reducido muchas veces a la psique, y la salud del alma se confunde con el
bienestar emotivo. Estas reducciones tienen su origen en una profunda
incomprensión de lo que es la vida espiritual y llevan a ignorar que el
desarrollo del hombre y de los pueblos depende también de las soluciones
que se dan a los problemas de carácter espiritual. El desarrollo debe
abarcar, además de un progreso material, uno espiritual, porque el hombre
es « uno en cuerpo y alma » [156], nacido del amor creador de Dios y
destinado a vivir eternamente. El ser humano se desarrolla cuando crece
espiritualmente, cuando su alma se conoce a sí misma y la verdad que Dios
ha impreso germinalmente en ella, cuando dialoga consigo mismo y con su
Creador. Lejos de Dios, el hombre está inquieto y se hace frágil. La
alienación social y psicológica, y las numerosas neurosis que caracterizan
las sociedades opulentas, remiten también a este tipo de causas
espirituales. Una sociedad del bienestar, materialmente desarrollada, pero
que oprime el alma, no está en sí misma bien orientada hacia un auténtico
desarrollo. Las nuevas formas de esclavitud, como la droga, y la
desesperación en la que caen tantas personas, tienen una explicación no
sólo sociológica o psicológica, sino esencialmente espiritual. El vacío en
que el alma se siente abandonada, contando incluso con numerosas terapias
para el cuerpo y para la psique, hace sufrir. No hay desarrollo pleno ni
un bien común universal sin el bien espiritual y moral de las personas,
consideradas en su totalidad de alma y cuerpo.
77. El absolutismo de la
técnica tiende a producir una incapacidad de percibir todo aquello que no
se explica con la pura materia. Sin embargo, todos los hombres tienen
experiencia de tantos aspectos inmateriales y espirituales de su vida.
Conocer no es sólo un acto material, porque lo conocido esconde siempre
algo que va más allá del dato empírico. Todo conocimiento, hasta el más
simple, es siempre un pequeño prodigio, porque nunca se explica
completamente con los elementos materiales que empleamos. En toda verdad
hay siempre algo más de lo que cabía esperar, en el amor que recibimos hay
siempre algo que nos sorprende. Jamás deberíamos dejar de sorprendernos
ante estos prodigios. En todo conocimiento y acto de amor, el alma del
hombre experimenta un « más » que se asemeja mucho a un don recibido, a
una altura a la que se nos lleva. También el desarrollo del hombre y de
los pueblos alcanza un nivel parecido, si consideramos la dimensión
espiritual que debe incluir necesariamente el desarrollo para ser
auténtico. Para ello se necesitan unos ojos nuevos y un corazón nuevo, que
superen la visión materialista de los acontecimientos humanos y que
vislumbren en el desarrollo ese « algo más » que la técnica no puede
ofrecer. Por este camino se podrá conseguir aquel desarrollo humano e
integral, cuyo criterio orientador se halla en la fuerza impulsora de la
caridad en la verdad.
CONCLUSIÓN
78. Sin Dios el hombre no
sabe donde ir ni tampoco logra entender quién es. Ante los grandes
problemas del desarrollo de los pueblos, que nos impulsan casi al
desasosiego y al abatimiento, viene en nuestro auxilio la palabra de
Jesucristo, que nos hace saber: «Sin mí no podéis hacer nada» (Jn 15,5). Y
nos anima: «Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final del
mundo » (Mt 28,20). Ante el ingente trabajo que queda por hacer, la fe en
la presencia de Dios nos sostiene, junto con los que se unen en su nombre
y trabajan por la justicia. Pablo VI nos ha recordado en la Populorum
progressio que el hombre no es capaz de gobernar por sí mismo su propio
progreso, porque él solo no puede fundar un verdadero humanismo. Sólo si
pensamos que se nos ha llamado individualmente y como comunidad a formar
parte de la familia de Dios como hijos suyos, seremos capaces de forjar un
pensamiento nuevo y sacar nuevas energías al servicio de un humanismo
íntegro y verdadero. Por tanto, la fuerza más poderosa al servicio del
desarrollo es un humanismo cristiano,[157] que vivifique la caridad y que
se deje guiar por la verdad, acogiendo una y otra como un don permanente
de Dios. La disponibilidad para con Dios provoca la disponibilidad para
con los hermanos y una vida entendida como una tarea solidaria y gozosa.
Al contrario, la cerrazón ideológica a Dios y el indiferentismo ateo, que
olvida al Creador y corre el peligro de olvidar también los valores
humanos, se presentan hoy como uno de los mayores obstáculos para el
desarrollo. El humanismo que excluye a Dios es un humanismo inhumano.
Solamente un humanismo abierto al Absoluto nos puede guiar en la promoción
y realización de formas de vida social y civil — en el ámbito de las
estructuras, las instituciones, la cultura y el ethos —, protegiéndonos
del riesgo de quedar apresados por las modas del momento. La conciencia
del amor indestructible de Dios es la que nos sostiene en el duro y
apasionante compromiso por la justicia, por el desarrollo de los pueblos,
entre éxitos y fracasos, y en la tarea constante de dar un recto
ordenamiento a las realidades humanas. El amor de Dios nos invita a salir
de lo que es limitado y no definitivo, nos da valor para trabajar y seguir
en busca del bien de todos, aun cuando no se realice inmediatamente, aun
cuando lo que consigamos nosotros, las autoridades políticas y los agentes
económicos, sea siempre menos de lo que anhelamos.[158] Dios nos da la
fuerza para luchar y sufrir por amor al bien común, porque Él es nuestro
Todo, nuestra esperanza más grande.
79. El desarrollo necesita
cristianos con los brazos levantados hacia Dios en oración, cristianos
conscientes de que el amor lleno de verdad, caritas in veritate, del que
procede el auténtico desarrollo, no es el resultado de nuestro esfuerzo
sino un don. Por ello, también en los momentos más difíciles y complejos,
además de actuar con sensatez, hemos de volvernos ante todo a su amor. El
desarrollo conlleva atención a la vida espiritual, tener en cuenta
seriamente la experiencia de fe en Dios, de fraternidad espiritual en
Cristo, de confianza en la Providencia y en la Misericordia divina, de
amor y perdón, de renuncia a uno mismo, de acogida del prójimo, de
justicia y de paz. Todo esto es indispensable para transformar los
« corazones de piedra » en «corazones de carne» (Ez 36,26), y hacer así la
vida terrena más «divina» y por tanto más digna del hombre. Todo esto es
del hombre, porque el hombre es sujeto de su existencia; y a la vez es de
Dios, porque Dios es el principio y el fin de todo lo que tiene valor y
nos redime: «el mundo, la vida, la muerte, lo presente, lo futuro. Todo es
vuestro, vosotros de Cristo, y Cristo de Dios» (1 Co 3,22-23). El anhelo
del cristiano es que toda la familia humana pueda invocar a Dios como
«Padre nuestro». Que junto al Hijo unigénito, todos los hombres puedan
aprender a rezar al Padre y a suplicarle con las palabras que el mismo
Jesús nos ha enseñado, que sepamos santificarlo viviendo según su
voluntad, y tengamos también el pan necesario de cada día, comprensión y
generosidad con los que nos ofenden, que no se nos someta excesivamente a
las pruebas y se nos libre del mal (cf. Mt 6,9-13).
Al concluir el Año
Paulino, me complace expresar este deseo con las mismas palabras del
Apóstol en su carta a los Romanos: «Que vuestra caridad no sea una farsa:
aborreced lo malo y apegaos a lo bueno. Como buenos hermanos, sed
cariñosos unos con otros, estimando a los demás más que a uno mismo»
(12,9-10). Que la Virgen María, proclamada por Pablo VI Mater Ecclesiae y
honrada por el pueblo cristiano como Speculum iustitiae y Regina pacis,
nos proteja y nos obtenga por su intercesión celestial la fuerza, la
esperanza y la alegría necesaria para continuar generosamente la tarea en
favor del «desarrollo de todo el hombre y de todos los hombres».[159]
Dado en Roma, junto a San
Pedro, el 29 de junio, solemnidad de San Pedro y San Pablo, del año 2009,
quinto de mi Pontificado.
[1]Cf. Pablo VI, Carta enc.
Populorum progressio (26 marzo 1967), 22: AAS 59 (1967), 268; Conc. Ecum.
Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo
actual, 69.
[2]Homilía para la « Jornada del desarrollo » ( 23 agosto 1968): AAS 60
(1968), 626-627.
[3]Cf. Juan Pablo II, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2002: AAS
94 (2002), 132-140.
[4]Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia
en el mundo actual, 26.
[5]Cf. Juan XXIII, Carta enc. Pacem in terris (11 abril 1963): AAS 55
(1963), 268-270.
[6]Cf. n. 16: l.c., 265.
[7]Cf. ibíd., 82: l.c., 297.
[8]Ibíd., 42: l.c., 278.
[9]Ibíd., 20: l.c., 267.
[10]Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, sobre la
Iglesia en el mundo actual, 36; Pablo VI, Carta ap. Octogesima adveniens
(14 mayo 1971), 4: AAS 63 (1971), 403-404; Juan Pablo II, Carta enc.
Centesimus annus (1 mayo 1991), 43: AAS 83 (1991), 847.
[11]Pablo VI, Carta enc. Populorum progressio, 13: l.c., 263-264.
[12]Cf. Consejo Pontificio de Justicia y Paz, Compendio de la doctrina
social de la Iglesia, n. 76.
[13]Cf. Discurso en la inauguración de la V Conferencia General del
Episcopado Latinoamericano y del Caribe (13 mayo 2007): L’Osservatore
Romano, ed. en lengua española (25 mayo 2007), pp. 9-11.
[14]Cf. nn. 3-5: l.c., 258-260.
[15]Cf. Juan Pablo II, Carta enc. Sollicitudo rei socialis (30 diciembre
1987) 6-7: AAS 80 (1988), 517-519.
[16]Cf. Pablo VI, Carta enc. Populorum progressio, 14: l.c., 264.
[17]Carta enc. Deus caritas est (25 diciembre 2005), 18: AAS 98 (2006),
232.
[18]Ibíd., 6: l.c., 222.
[19]Cf. Discurso a la Curia Romana con motivo de las felicitaciones
navideñas (22 diciembre 2005): L’Osservatore Romano, ed. en lengua
española (30 diciembre 2005), pp. 9-12.
[20]Cf. Juan Pablo II, Carta enc. Sollicitudo rei socialis, 3: l.c., 515.
[21]Cf. ibíd., 1: l.c., 513-514.
[22]Cf. ibíd., 3: l.c., 515.
[23]Cf. Juan Pablo II, Carta enc. Laborem exercens (14 septiembre 1981),
3: AAS 73 (1981), 583-584.
[24]Cf. Id., Carta enc. Centesimus annus, 3: l.c., 794-796.
[25]Cf. Carta enc. Populorum progressio, 3: l.c., 258.
[26]Cf. ibíd., 34: l.c., 274.
[27]Cf. nn. 8-9: AAS 60 (1968), 485-487; Benedicto XVI, Discurso a los
participantes en el Congreso Internacional con ocasión del 40 aniversario
de la encíclica « Humanae vitae » (10 mayo 2008): L’Osservatore Romano, ed.
en lengua española (16 mayo 2008), p. 8.
[28]Cf. Juan Pablo II, Carta enc. Evangelium vitae (25 marzo 1995), 93:
AAS 87 (1995), 507-508.
[29]Ibíd., 101: l.c., 516-518.
[30]N. 29: AAS 68 (1976), 25.
[31]Ibíd., 31: l.c., 26.
[32]Cf. Juan Pablo II, Carta enc. Sollicitudo rei socialis, 41: l.c.,
570-572.
[33]Ibíd.; Id., Carta enc. Centesimus annus, 5. 54: l.c., 799. 859-860.
[34]N. 15: l.c., 265.
[35]Cf. ibíd., 2: l.c., 258; León XIII, Carta enc. Rerum novarum (15 mayo
1891): Leonis XIII P.M. Acta, XI, Romae 1892, 97-144; Juan Pablo II, Carta
enc. Sollicitudo rei socialis, 8: l.c., 519-520; Id., Carta enc.
Centesimus annus, 5: l.c., 799.
[36]Cf. Carta enc. Populorum progressio, 2. 13: l.c., 258. 263-264.
[37]Ibíd., 42: l.c., 278.
[38]Ibíd., 11: l.c., 262; Juan Pablo II, Carta enc. Centesimus annus, 25:
l.c., 822-824.
[39]Carta enc. Populorum progressio, 15: l.c., 265.
[40]Ibíd., 3: l.c., 258.
[41]Ibíd., 6: l.c., 260.
[42]Ibíd., 14: l.c., 264.
[43]Ibíd.; cf. Juan Pablo II, Carta enc. Centesimus annus, 53-62: l.c.,
859-867; Id., Carta enc. Redemptor hominis (4 marzo 1979), 13-14: AAS 71
(1979), 282-286.
[44]Cf. Pablo VI, Carta enc. Populorum progressio, 12: l.c., 262-263.
[45]Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en
el mundo actual, 22.
[46]Pablo VI, Carta enc. Populorum progressio, 13: l.c., 263-264.
[47]Cf. Discurso a los participantes en la IV Asamblea Eclesial Nacional
Italiana (19 octubre 2006): L’Osservatore Romano, ed. en lengua española
(27 octubre 2006), pp. 8-10.
[48]Cf. Pablo VI, Carta enc. Populorum progressio, 16: l.c., 265.
[49]Ibíd.
[50]Discurso en la ceremonia de acogida de los jóvenes (17 julio 2008):
L’Osservatore Romano, ed. en lengua española (25 julio 2008), pp. 4-5.
[51]Pablo VI, Carta enc. Populorum progressio, 20: l.c., 267.
[52]Ibíd., 66: l.c., 289-290.
[53]Ibíd., 21: l.c., 267-268.
[54]Cf. nn. 3. 29. 32: l.c., 258. 272. 273.
[55]Cf. Carta enc. Sollicitudo rei socialis, 28: l.c., 548-550.
[56]Pablo VI, Carta enc. Populorum progressio, 9: l.c., 261-262.
[57]Cf. Carta enc. Sollicitudo rei socialis, 20: l.c., 536-537.
[58]Cf. Carta enc. Centesimus annus, 22-29: l.c., 819-830.
[59]Cf. nn. 23. 33: l.c., 268-269. 273-274.
[60]Cf. l.c., 135.
[61]Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en
el mundo actual, 63.
[62]Cf. Juan Pablo II, Carta enc. Centesimus annus, 24: l.c., 821-822.
[63]Cf. Id., Carta enc. Veritatis splendor (6 agosto 1993), 33. 46. 51:
AAS 85 (1993), 1160. 1169-1171. 1174-1175; Id., Discurso a la Asamblea
General de la Organización de las Naciones Unidas (5 octubre 1995), 3:
L’Osservatore Romano, ed. en lengua española
(13 octubre 1995), p. 7.
[64]Cf. Carta enc. Populorum progressio, 47: l.c., 280-281; Juan Pablo II,
Carta enc. Sollicitudo rei socialis, 42: l.c., 572-574.
[65]Cf. Mensaje con ocasión de la Jornada Mundial de la Alimentación 2007:
AAS 99 (2007), 933-935.
[66]Cf. Juan Pablo II, Carta enc. Evangelium vitae, 18. 59. 63-64: l.c.,
419-421. 467-468. 472-475.
[67]Cf. Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2007, 5: L’Osservatore
Romano, ed. en lengua española (15 diciembre 2006), p. 5.
[68]Cf. Juan Pablo II, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2002,
4-7. 12-15: AAS 94 (2002), 134-136. 138-140; Id., Mensaje para la Jornada
Mundial de la Paz 2004, 8: AAS 96 (2004), 119; Id., Mensaje para la
Jornada Mundial de la Paz 2005, 4: AAS 97 (2005), 177-178; Benedicto XVI,
Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2006, 9-10: AAS 98 (2006),
60-61; Id., Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2007, 5. 14: l.c.,
5-6.
[69]Cf. Juan Pablo II, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2002, 6:
l.c., 135; Benedicto XVI, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2006,
9-10: l.c., 60-61.
[70]Cf. Homilía durante la Santa Misa en la explanada de « Isling » de
Ratisbona (12 septiembre 2006): L’Osservatore Romano, ed. en lengua
española (22 septiembre 2006), pp. 9-10.
[71]Cf. Carta enc. Deus caritas est, 1: l.c., 217-218.
[72]Juan Pablo II, Carta enc. Sollicitudo rei socialis, 28: l.c., 548-550.
[73]Pablo VI, Carta enc. Populorum progressio, 19: l.c., 266-267.
[74]Ibíd., 39: l.c., 276-277.
[75]Ibíd., 75: l.c., 293-294.
[76]Cf. Carta enc. Deus caritas est, 28: l.c., 238-240.
[77]Juan Pablo II, Carta enc. Centesimus annus, 59: l.c., 864.
[78]Cf. Carta enc. Populorum progressio, 40. 85: l.c., 277. 298-299.
[79]Ibíd., 13: l.c., 263-264.
[80]Cf. Juan Pablo II, Carta enc. Fides et ratio (14 septiembre 1998), 85:
AAS 91 (1999), 72-73.
[81]Cf. ibíd., 83: l.c., 70-71.
[82]Discurso en la Universidad de Ratisbona (12 septiembre 2006):
L’Osservatore Romano, ed. en lengua española (22 septiembre 2006), pp.
11-13.
[83]Cf. Pablo VI, Carta enc. Populorum progressio, 33: l.c., 273-274.
[84]Juan Pablo II, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2000, 15: AAS
92 (2000), 366.
[85]Catecismo de la Iglesia Católica, 407; cf. Juan Pablo II, Carta enc.
Centesimus annus, 25: l.c., 822-824.
[86]Cf. Carta enc. Spes salvi (30 noviembre 2007), 17: AAS 99 (2007),
1000.
[87]Cf. ibíd., 23: l.c., 1004-1005.
[88]San Agustín explica detalladamente esta enseñanza en el diálogo sobre
el libre albedrío (De libero arbitrio II 3, 8 ss.). Señala la existencia
en el alma humana de un «sentido interior». Este sentido consiste en una
acción que se realiza al margen de las funciones normales de la razón, una
acción previa a la reflexión y casi instintiva, por la que la razón,
dándose cuenta de su condición transitoria y falible, admite por encima de
ella la existencia de algo externo, absolutamente verdadero y cierto. El
nombre que San Agustín asigna a veces a esta verdad interior es el de Dios
(Confesiones X, 24, 35; XII, 25, 35; De libero arbitrio II 3, 8), pero más
a menudo el de Cristo (De Magistro 11, 38; Confesiones VII, 18, 24; XI, 2,
4).
[89]Carta enc. Deus caritas est, 3: l.c., 219.
[90]Cf. n. 49: l.c., 281.
[91]Juan Pablo II, Carta enc. Centesimus annus, 28: l.c., 827-828.
[92]Cf. n. 35: l.c., 836-838.
[93]Cf. Juan Pablo II, Carta enc. Sollicitudo rei socialis, 38: l.c.,
565-566.
[94]N. 44: l.c., 279.
[95]Cf. ibíd., 24: l.c., 269.
[96]Cf. Carta enc. Centesimus annus, 36: l.c., 838-840.
[97]Cf. Pablo VI, Carta enc. Populorum progressio, 24: l.c., 269.
[98]Cf. Juan Pablo II, Carta enc. Centesimus annus, 32: l.c., 832-833;
Pablo VI, Carta enc. Populorum progressio, 25: l.c.,
269-270.
[99]Juan Pablo II, Carta enc. Laborem exercens, 24: l.c., 637-638.
[100]Ibíd., 15: l.c., 616-618.
[101]Carta enc. Populorum progressio, 27: l.c., 271.
[102]Cf. Congregación para la doctrina de la fe, Instr. Libertatis
conscientia, sobre la libertad cristiana y la liberación
(22 marzo 1987), 74: AAS 79 (1987), 587.
[103]Cf. Juan Pablo II, Entrevista al periódico « La Croix », 20 de agosto
de 1997.
[104]Juan Pablo II, Discurso a la Pontificia Academia de las Ciencias
Sociales (27 abril 2001): AAS 93 (2001), 598-601.
[105]Pablo VI, Carta enc. Populorum progressio, 17: l.c., 265-266.
[106]Cf. Juan PablO II, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2003, 5:
AAS 95 (2003), 343.
[107]Cf. ibíd.
[108]Cf. Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2007, 13: l.c., 6.
[109]Pablo VI, Carta enc. Populorum progressio, 65: l.c., 289.
[110]Cf., ibíd., 36-37: l.c., 275-276.
[111]Cf. ibíd., 37: l.c., 275-276.
[112]Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Apostolicam actuositatem, sobre el
apostolado de los laicos, 11.
[113]Cf. Pablo VI, Carta enc. Populorum progressio, 14: l.c., 264; Juan
Pablo II, Carta enc. Centesimus annus, 32: l.c.,
832-833.
[114]Pablo VI, Carta enc. Populorum progressio, 77: l.c., 295.
[115]Cf. Juan Pablo II, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 1990, 6:
AAS 82 (1990), 150.
[116]Heráclito de Éfeso (Éfeso 535 a.C. ca. — 475 a.C. ca.), Fragmento
22B124, en: H. Diels — w. kranz, Die Fragmente der Vorsokratiker,
Weidmann, Berlín 1952.
[117]Cf. Consejo Pontificio de Justicia y Paz, Compendio de la doctrina
social de la Iglesia, nn. 451-487.
[118]Cf. Juan Pablo II, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 1990,
10: l.c., 152-153.
[119]Pablo VI, Carta enc. Populorum progressio, 65: l.c., 289.
[120]Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2008, 7: AAS 100 (2008),
41.
[121]Cf. Discurso a los miembros de la Asamblea General de la Organización
de las Naciones Unidas (18 abril 2008): L’Osservatore Romano, ed. en
lengua española (25 abril 2008), pp. 10-11.
[122]Cf. Juan Pablo II, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 1990,
13: l.c., 154-155.
[123]Id., Carta enc. Centesimus annus, 36: l.c., 838-840.
[124]Ibíd., 38: l.c., 840-841; cf. Benedicto XVI, Mensaje para la Jornada
Mundial de la Paz 2007, 8: l.c., 6.
[125]Cf. Juan Pablo II, Carta Enc. Centesimus annus, 41: l.c., 843-845.
[126]Ibíd.
[127]Cf. Id., Carta Enc. Evangelium vitae, 20: l.c., 422-424.
[128]Carta Enc. Populorum progressio, 85: l.c., 298-299.
[129]Cf. Juan Pablo II, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 1998, 3:
AAS 90 (1998), 150; Id., Discurso a los Miembros de la Fundación « Centesimus
Annus » pro Pontífice (9 mayo 1998), 2: L’Osservatore Romano, ed. en
lengua española (22 mayo 1998), p. 6; Id., Discurso a las autoridades y al
Cuerpo diplomático durante el encuentro en el « Wiener Hofburg » (20 junio
1998), 8: L’Osservatore Romano, ed. en lengua española (26 junio 1998), p.
10; Id., Mensaje al Rector Magnífico de la Universidad Católica del
Sagrado Corazón (5 mayo 2000), 6: L’Osservatore Romano, ed. en lengua
española (26 mayo 2000), p. 3.
[130]Según Santo Tomás « ratio partis contrariatur rationi personae » en
III Sent d. 5, 3, 2; también: « Homo non ordinatur ad communitatem
politicam secundum se totum et secundum omnia sua » en Summa Theologiae,
I-II, q. 21, a. 4., ad 3um.
[131] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la
Iglesia, 1.
[132]Cf. Juan Pablo II, Discurso a la IV sesión pública de las Academias
Pontificias (8 noviembre 2001), 3: L’Osservatore Romano, ed. en lengua
española (16 noviembre 2001), p. 7.
[133]Cf. Congregación para la Doctrina de la Fe, Declaración Dominus Iesus,
sobre la unicidad y la universalidad salvífica de Jesucristo y de la
Iglesia (6 agosto 2000), 22: AAS 92 (2000), 763-764; Id., Nota doctrinal
sobre algunas cuestiones relativas al compromiso y la conducta de los
católicos en la vida política (24 noviembre 2002), 8: AAS 96 (2004),
369-370.
[134]Carta Enc. Spe salvi, 31: l.c., 1010; cf. Discurso a los
participantes en la IV Asamblea Eclesial Nacional Italiana (19 octubre
2006): l.c., 8-10.
[135]Juan Pablo II, Carta Enc. Centesimus annus, 5: l.c., 798-800; cf.
Benedicto XVI, Discurso a los participantes en la IV Asamblea Eclesial
Nacional Italiana (19 octubre 2006): l.c., 8-10.
[136]N. 12.
[137]Cf. Pío XI, Carta enc. Quadragesimo anno (15 mayo 1931): AAS 23
(1931), 203; Juan Pablo II, Carta enc. Centesimus annus, 48: l.c.,
852-854; Catecismo de la Iglesia Católica, 1883.
[138]Cf. Juan XXIII, Carta enc. Pacem in terris: l.c., 274.
[139]Cf. Pablo VI, Carta Enc. Populorum progressio, 10. 41: l.c., 262.
277-278.
[140]Cf. Discurso a los participantes en la sesión plenaria de la Comisión
Teológica Internacional (5 octubre 2007): L’Osservatore Romano, ed. en
lengua española (12 octubre 2007), p. 3; Discurso a los participantes en
el Congreso Internacional sobre «La ley moral natural» organizado por la
Pontificia Universidad Lateranense (12 febrero 2007): L’Osservatore
Romano, ed. en lengua española (16 febrero 2007), p. 3.
[141]Cf. Discurso a los Obispos de Tailandia en visita « ad limina
apostolorum » (16 mayo 2008): L’Osservatore Romano, ed. en lengua española
(30 mayo 2008), p. 14.
[142]Cf. Pontificio Consejo para la Pastoral de los Emigrantes e
Itinerantes, Instr. Erga migrantes caritas Christi (3 mayo 2004): AAS 96
(2004), 762-822.
[143]Juan Pablo II, Carta enc. Laborem exercens, 8: l.c., 594-598.
[144]Jubileo de los Trabajadores. Saludos después de la Misa (1 mayo
2000): L’Osservatore Romano, ed. en lengua española (5 mayo 2000), p. 6.
[145]Cf. Juan Pablo II, Carta enc. Centesimus annus, 36: l.c., 838-840.
[146]Cf. Discurso a los Miembros de la Asamblea General de la Organización
de las Naciones Unidas (18 abril 2008): l.c., 10-11.
[147]Cf. Juan XXIII, Carta enc. Pacem in terris: l.c., 293; Consejo
Pontificio Justicia y Paz, Compendio de la doctrina social de la Iglesia,
n. 441.
[148]Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, sobre la
Iglesia en el mundo actual, 82.
[149]Cf. Juan Pablo II, Carta enc. Sollicitudo rei socialis, 43: l.c.,
574-575.
[150]Pablo VI, Carta enc. Populorum progressio, 41: l.c., 277-278; cf.
Conc. Ecum. Vat. II, Const. past, Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el
mundo actual, 57.
[151]Cf. Juan Pablo II, Carta enc. Laborem exercens, 5: l.c., 586-589.
[152]Cf. Pablo IV, Carta apost. Octogesima adveniens, 29: l.c., 420.
[153]Cf. Discurso a los participantes en el IV Asamblea Eclesial Nacional
Italiana, (19 octubre 2006): l.c., 8-10; Homilía durante la Santa Misa en
la explanada de « Isling » de Ratisbona (12 septiembre 2006): l.c., 9-10.
[154]Cf. Congregación para la Doctrina de la Fe, Instr. Dignitas personae
sobre algunas cuestiones de bioética (8 septiembre 2008): AAS 100 (2008),
858-887.
[155]Cf. Carta enc. Populorum progressio, 3: l.c., 258.
[156]Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia
en el mundo actual, 14.
[157]Cf. n. 42: l.c., 278.
[158]Cf. Carta enc. Spe salvi, 35: l.c., 1013-1014.
[159]Pablo VI, Carta enc. Populorum progressio, 42: l.c., 278.