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MARÍA EN OTROS LIBROS DEL NUEVO TESTAMENTO.jpg)
Hechos 1:14-2:4
Según el Libro de los Hechos (1:14), después de la Ascensión de
Cristo a los cielos los apóstoles "subieron al piso alto" y "todos
éstos perseveraban unánimes en la oración con algunas mujeres, con
María, la Madre de Jesús, y con los hermanos de éste". A pesar de su
ensalzada dignidad, no era María, sino Pedro quien actuaba como
cabeza de la asamblea (1:15). María se comportó en la habitación del
piso alto de Jerusalén como se había comportado en la gruta de
Belén; en Belén había dado a luz al Niño Jesús, en Jerusalén criaba
a la Iglesia naciente. Los amigos de Jesús permanecieron en la
habitación superior hasta "el día de Pentecostés", cuando "se
produjo de repente un ruido como el de un viento
impetuoso...Aparecieron, como divididas, lenguas de fuego, que se
posaron sobre cada uno de ellos, quedando todos llenos del Espíritu
Santo" (Hechos 2:1-4). Aunque el Espíritu Santo había descendido
sobre María de una forma especial en el momento de la Encarnación,
ahora le comunicó un nuevo grado de gracia. Quizás, esta gracia
pentecostal le dio a María la fuerza para cumplir adecuadamente sus
deberes para con la Iglesia naciente y sus hijos espirituales.
Apocalipsis 12:1-6
En el Apocalipsis (12:1-6) se desarrolla un pasaje singularmente
aplicable a Nuestra Bienaventurada Madre:
Apareció en el cielo una señal grande, una mujer envuelta en el sol,
con la luna debajo de sus pies, y sobre la cabeza una corona de doce
estrellas, y estando encinta, gritaba con los dolores de parto y las
ansias de parir. Apareció en el cielo otra señal, y vi un gran
dragón de color de fuego, que tenía siete cabezas y diez cuernos, y
sobre las cabezas siete coronas. Con su cola arrastró la tercera
parte de los astros del cielo y los arrojó a la tierra. Se paró el
dragón delante de la mujer que estaba a punto de parir, para
tragarse a su hijo en cuanto le pariese. Parió un varón, que ha de
apacentar a todas las naciones con vara de hierro, pero el Hijo fue
arrebatado a Dios y a su trono. La mujer huyó al desierto, en donde
tenía un lugar preparado por Dios, para que allí la alimentasen
durante mil doscientos sesenta días.
La posibilidad de que este párrafo pueda aplicarse a María se basa
en las siguientes consideraciones:
Al menos parte de los versos se refieren a la madre cuyo hijo va a
gobernar las naciones con vara de hierro; según el Salmo 2:9, éste
es el Hijo de Dios, Jesucristo, cuya madre es María.
Fue el hijo de María quien "fue llevado ante Dios, y a su trono" en
el momento de su Ascensión a los cielos.
El dragón, o el demonio del paraíso terrenal (cf. Apocalipsis 12:9;
20:2), se esfuerza por devorar al Hijo de María desde el primer
momento de su nacimiento, despertando la envidia de Herodes y, más
tarde, la enemistad de los judíos.
Debido a sus indecibles privilegios, María puede ser descrita
perfectamente como "envuelta en el sol, con la luna debajo de sus
pies, y sobre la cabeza una corona de doce estrellas".
Es cierto que los comentaristas entienden generalmente que el pasaje
completo se aplica literalmente a la Iglesia, y que parte de los
versos concuerdan mejor con la Iglesia que con María. Pero debe
tenerse en cuenta que María es a la vez una figura de la Iglesia y
su miembro más conspicuo. Lo que se dice de la Iglesia, en cierto
modo se puede decir también de María. Por ello el pasaje del
Apocalipsis (12:5-6) no se refiere a María como una mera adaptación
(108), sino que se aplica a ella en un sentido verdaderamente
literal que parece estar parcialmente limitado a ella y parcialmente
extendido a toda la Iglesia. La relación de María con la Iglesia
esta bien resumida en la expresión "collum corporis mystici"
aplicada a Nuestra Señora por S. Bernardino de Siena. (109)
El Cardenal Newman (110) considera las dos dificultades contrarias a
la interpretación anterior de la visión de la mujer y el niño:
primero, se dice que está escasamente apoyada por los Padres;
segundo, es un anacronismo atribuir a la era apostólica tal cuadro
de la Madonna. En cuanto a la primera objeción, el eminente escritor
dice:
Los cristianos nunca fueron a las Escrituras en busca de pruebas de
sus doctrinas, hasta que se produjo esa necesidad real, debido a la
presión de las controversias; si en aquellos tiempos la dignidad de
la Bienaventurada Virgen era indudable por parte de todos, como un
asunto de doctrina, las Escrituras continuarían siendo un libro
cerrado para ellos en lo que respecta a la argumentación del asunto.
Después de desarrollar en profundidad esta respuesta, el cardenal
continúa:
En cuanto a la segunda objeción que he considerado, lejos de
admitirla, me parece que está elaborada sobre un simple hecho
imaginario, y que la verdad del asunto se encuentra justo en el lado
opuesto. La Virgen y el Niño no es una simple idea moderna; al
contrario, ha sido representada una y otra vez, como sabe cualquiera
que haya visitado Roma, en las pinturas de las catacumbas. María
está ahí dibujada con el Niño divino en su regazo, ella con las
manos extendidas en oración, él con sus manos en actitud de
bendecir.
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