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En
este mes que la Iglesia venera y celebra a San José de Nazaret de
forma especial, me gustaría compartir con todas nuestras hermanas y
hermanos que visitan el sitio de Santa María de Cuapa algunas
reflexiones sobre el Padre Adoptivo de nuestro Señor.
San José se distingue en las páginas del Nuevo Testamento por su
silencio, no tenemos ni siquiera una palabra que los Autores Sacros
atribuyan al hombre escogido por Dios desde toda la eternidad para
ser el Padre putativo del Cristo. Su vida, no obstante, como todo lo
que se refiere a él es un misterio tremendo del Amor y la confianza
que Dios Padre pueda tener en los hombres. Escribe San Agustín,
obispo de Hipona, en el siglo V: "El que no tuvo madre en la
eternidad, no tuvo padre en el tiempo," sin embargo, José es el
padre verdadero legal de nuestro Señor si bien no biológicamente más
dentro de una dimensión que supera todo lo que podamos pensar porque
la vocación y misión de San José es única, irrepetible. La nueva
economía de Salvación inicia, entonces, con dos adolescentes: María,
tal vez de catorce o quince años y José antes de cumplir veinte.
La tradición secular ha querido distorsionar, no con mala fe, sin
embargo, la figura del Patriarca José al representarlo anciano,
gordo, calvo y llevando un lirio en sus manos. José no era ni viejo
ni gordo y ningún lirio jamás floreció en sus manos. Esta
representación iconográfica responde a la necesidad de mostrar un
hombre que, por su edad, iba a respetar la virginidad de su Esposa.
La verdad, no obstante, es que todo lo que se ha transmitido de
forma oral y/o escrita sobre San José no se basa en fuente histórica
que la sostenga y apoye. Dios, para empezar, se caracteriza por
trabajar con personas normales, verdaderamente de carne y hueso;
desde su contexto histórico, con sus limitaciones y desde su propia
realidad personal. En la pareja José y María, que eran unos
adolescentes, encontramos a Dios actuando con toda fuerza en las
existencias de ellos; más aún, Dios entra en sus vidas, la invade,
me atrevo a afirmar, para llevar a cabo Sus planes en favor de
nosotros y nuestra salvación.
No sabemos dónde se conocieron José y María en el pueblecito de
Nazaret que al tiempo de ellos no alcanzaba ni siquiera los 200
habitantes..., consecuentemente todos se conocían allá. En Nazaret
no existían ni discotecas ni lugar de reunión para jóvenes ni nada
de lo que encontramos hoy que propicia el encuentro de muchachas y
muchachos que luego se enamoran e inician a vivir el noviazgo; en
Nazaret los puntos de encuentro eran: el pozo, el mercado, la
sinagoga y los talleres, entre ellos, naturalmente, el de José, que
era carpintero y parece ser que igualmente trabajaba el hierro.
Donde haya sido, entonces, el encuentro de estos dos adolescentes,
María y José, no importa, lo que vale es que se vieron a los ojos y
se enamoraron locamente, como las parejas de hoy día. De hecho, como
las parejas de todos los tiempos. Se enamoran con la pasión propia de su edad, son dos adolescentes
que quieren amar y ser amados, comparten sueños y deseos, esperanzas
y proyectos. Nada los distingue de las demás parejas de Nazaret, se
abrazan y se besan, juegan como todos los enamorados. Quizá se
encontraban a diario y, como las parejas enamoradas, estaban atentos
a la hora del "encuentro," porque el corazón humano se deja
arrastrar por el objeto de su amor y no está feliz hasta que se cura
con la presencia y la figura.
José se une en matrimonio con María y Ella, sin duda alguna, como
todas las muchachas hebreas de su época, sueña con tener muchos
hijos con la esperanza de que el Mesías prometido en las antiguas
profecías fuera uno de sus hijos. Nunca se imaginó esta jovencita,
María de Nazaret, que Ella era la Inmaculada Concepción y que había
sido escogida eternamente para vestir de carne el Corazón de Dios al
Encarnarse en Su purísimo vientre.
No tenemos ni siquiera la más remota idea de cómo habrán vivido
estos dos enamorados, lo cierto, sin embargo, es que Dios interviene
inmediatamente que José y María se casan para cambiar, literalmente,
sus planes... Dios le anuncia a ambos, primero a María y luego a
José, que el Mesías nacerá de esta adolescente y encarga a José que
le imponga el nombre al Niño una vez que nazca (Mt 1, 21). Con esta
instrucción, José se convierte en el padre verdadero del Cristo
según la Ley.
En la unión de María y José no hubo nada espectacular ni ruido
ninguno. Dios trabaja siempre en el silencio, como cuando vemos
nevar, como cuando en la noche se abre la más hermosa rosa, sin
avisarle a nadie. No hubieron, pues, muchos pretendientes para la
Madre del Señor, o quizá sí, esto, la verdad, no lo sabemos a
ciencia cierta. Lo que sí nunca sucedió es la leyenda aquella, pobre
y hueca, que afirma que el sumo sacerdote había dicho que "sería
esposo de María el hombre a quien le floreciera un lirio en una vara
seca." De aquí, entonces, la representación de José de Nazaret
llevando un lirio en sus manos. Pero ya es tiempo de que descubramos
al verdadero y auténtico José, que vive su juventud con el ardor
propio del hombre que se forma, ya es tiempo de que conozcamos al
hombre que arriesgó todo por ser fiel a la Llamada de Dios que le
escoge, como a María, para ser el padre en la tierra del Verbo
Encarnado.
Si de María nunca será suficiente lo que digamos de Ella, igualmente
de José porque ambos son los protagonistas de la Historia más
sublime y preciosa que el mundo haya conocido jamás. Una historia
dura y difícil, sin embargo, porque cuando uno se hace amigo de
Dios, viene la prueba inmediatamente y José y María, por esta
amistad, tuvieron que conocer inclusive el exilio cuando Herodes
perseguía al Niño para matarlo (Mt 2, 13-18).
En
José encontramos al hombre del silencio, fruto, sin duda alguna, de
su relación con Dios, con el Dios que él carga en sus brazos como un
Infante. José, junto con María, se contemplan en los ojos del Niño
Dios. La criatura carga a su Creador y se ve en la mirada del que
vive eternamente. En el misterio de José encontramos al esclavo que
enseña a caminar a su Dueño, le guía y forma, le enseña a leer y
escribir. Le da, a medida que crece un oficio: el de carpintero.
Dios ha abierto Su tienda en medio de los hombres y vive feliz entre
ellos; se ha hecho uno de nosotros y se quedó igual acompañándonos
desde Su Encarnación. Es elocuente el silencio de José que, a pesar
de haber habido cantidad de oportunidades en el Nuevo Testamento
para que él dijera al menos una sola palabra, el silencio es lo
suyo... Y es que lo más que vivimos en Dios, el ruido desaparece de
nosotros y el silencio se abre paso porque al ser una realidad
interior, domina todo nuestro ser externo.
En José encontramos al hombre contemplativo, basta pensar y recordar
que él sabía perfectamente quién era ese Niño que cuidaba,
alimentaba y aseaba... Esa estrecha relación con el Verbo hecho
carne hizo de José el hombre que vive adorando el Misterio que vive
en su propia casa... Sin alardes raros, sin genuflexiones ni
expresiones de devoción, los padres de Jesús, María y José, viven
con su Dios que crece día a día. En la cueva de Nazaret, José existe
sumergido en la Luz del Hijo que le acaricia y llama "abbá,"
(papacito). ¿Cuál no habrá sido el gozo de José al escuchar a Dios
llamarlo papacito? ¿Cómo habrá latido su corazón cuando el Niño
posaba su cabeza en su pecho? Nos queda para reflexionar en el
silencio de nuestra intimidad con Dios el misterio de la Casa de
Nazaret, donde Dios empieza a vivir con los hombres.
No tenemos información sobre el cómo se desarrolló la vida de José
ni cuándo fue que falleció. Lo más probable es que haya muerto antes
que el Señor iniciara Su Ministerio Público, esto porque
teológicamente San José fue escogido por la Beatísima Trinidad por
tres razones fundamentales, siguen a estas otras muchas, pero las
más importantes son las siguientes: José fue necesario en el
Misterio de la Encarnación para esconder de satanás el conocimiento
de que Dios se hacía hombre. Igualmente, José es escogido para
proteger el embarazo de la Madre del Señor, esto con la intención de
que Jesús pasara como "el hijo del carpintero" mientras llegaba el
momento de la automanifestación de Cristo como el Mesías y para
evitar que la Inmaculada sufriera las consecuencias de la Ley de
Moisés: embarazada sin esposo, tenía que morir lapidada. Finalmente,
José es llamado para formar humanamente al Dios Hombre, para hacerlo
útil a la sociedad por medio del trabajo honrado y responsable.
José llevó a cabo esta misión con la perfección que sólo el amor
puede medir y seguro que cada vez que conversaba con Jesús, José
ilustraba sus enseñanzas con ejemplos sencillos. De allí,
definitivamente, la forma en que Jesús hablaba a las multitudes: con
ejemplos de las cosas de cada día, de los campos y los liros, de las
aves, etc.
Enseña
San Josemaría Escrivá de Balaguer, Fundador del Opus Dei, que "era
necesario que Jesús tuviera un parecido físico con Su padre
adoptivo, San José." El Santo Fundador del Opus Dei tiene
verdaderamente toda la razón y, como para Dios no existen imposibles
¿le iba a ser difícil que las facciones físicas del Cristo fueran
parecidas a las de Su padre legal? Para nada.
¡Qué Misterio enorme y sublime, Dios que deja la eternidad para
entrar en el tiempo como hombre verdadero, naciendo de una mujer
(Gal 4, 4) y teniendo un hombre como padre! Vive nuestra realidad en
la cueva santa de Nazaret, conoce lo que es ser niño y se somete a
las leyes de la naturaleza creciendo y desarrollándose como un
adolescente, luego en joven y después como un hombre hecho y
derecho. Y de este Misterio tremendo, José es el feliz recipiente:
él vive cada etapa del Verbo que Encarnado "crecía y se fortalecía,
llenándose de sabiduría y el favor de Dios lo acompañaba,"
(Lc 2, 40).
En el Taller de José se forma la naturaleza humana de Cristo,
Persona Divina, y este encargo lo deposita el Padre Dios en la
persona de José de Nazaret. ¿Cuántos pensamientos cruzarían la mente
de José cada vez que el Infante se acercaba a él y extendiendo Sus
brazos le pedía que le cargara y abrazara? ¿Cuántos sentimientos de
profundo amor ardían en el corazón de José al ver su rostro
reflejado en la mirada del Creador del universo? Podría seguir, sin
embargo, creo que todos nos hemos hecho la idea, al menos, de la
grandeza de este Santo desconocido, el más grande de todos los
Santos, sin duda ninguna: José de Nazaret.
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Beato Papa Pio IX |
Beato Papa Juan XXIII |
Santa Teresa de Ávila |
La Iglesia le ha sido reconociente a José del Misterio que con su
vida entera marca la Historia de la Salvación.
El Beato Pio IX, en el año 1870 proclamó patrono de la iglesia
católica a San José de Nazaret,, interesante que
el Santo a cuya Custodia encargó la Iglesia su Patronazgo sea
precisamente un seglar, un laico. Luego, en el siglo pasado, el
Beato Juan XXIII incluyó su nombre en el Canon Romano que una
antiquísima tradición afirma fue escrito o al menos inspirado por el
Papa San Gregorio I el Magno (590-604).
El Siervo de Dios Juan Pablo II escribió una magnífica Carta
Apostólica: "El Custodio del Redentor," en la cual desglosa poderosa
y magistralmente toda la vida y misión del humilde José de Nazaret.
De la misma forma, los Santos de todos los tiempos han profesado una
tierna y sólida devoción al Padre adoptivo de Cristo, destaca entre
los devotos del Santo Patriarca, la Reformadora del Carmelo, Santa
Teresa de Ávila quien afirma y escribe "que si buscas Maestro para
la oración, acude a San José a quien todo le pido y nunca me ha
negado nada." Teresa de Ávila escogió como Patrono del Carmelo
Reformado a San José y le invocaba en todo momento, de la misma
forma San Juan Bautista De la Salle, Fundador de los Hermanos de las
Escuelas Cristianas, tiene y fomenta la devoción al Santo Patriarca
en el Instituto fundado por él y le nombra, igualmente, Protector
del mismo. La última Eucaristía de San Juan Bautista De la Salle es
precisamente un 19 de marzo, en la Solemnidad de San José el Santo
Protector de las Escuelas Católicas y Enseñantes, se levanta de su
lecho donde yacía gravemente enfermo. Es su deseo profundo celebrar
los Divinos Misterios en la Fiesta del Padre legal de Jesús, celebra
la Eucaristía y regresa a su habitación para no levantarse más, de
hecho, el Señor De la Salle fallece un 7 de abril.
Los
Santos cercanos a nosotros en el tiempo igualmente han profesado una
constante devoción al Carpintero de Nazaret. La Iglesia, entre otras
cosas, le invoca de manera especial para alcanzar una santa muerte,
porque si José falleció antes que el Señor Jesús saliera
definitivamente de Nazaret él murió entre los brazos de Jesús y
María. La Iglesia, pues, le invoca como el "Protector de los
agonizantes," y por lo tanto los Santos se han encomendado a él para
obtener la gracia de una muerte en amistad con Dios. Un ilustre
ejemplo de esta devoción particular es San Pío de Pietrelcina,
O.F.M. Cap., (+23. IX. 1968), quien al sentirse ya bastante afectado
por los años y sus interminables enfermedades, pidió a su Superior
el permiso de tener en su celda una imagen de San José "para
encomendarme a él en mi agonía." Igualmente, San Josemaría de
Escrivá, el Fundador del Opus Dei, tuvo una profunda y filial
devoción al Santo Esposo de la Inmaculada y le invocaba con ternura
llamándole: "San José, Padre y Señor, ruega por nosotros." No ha
habido Santo o Santa de Dios que no haya profesado una fuerte y fiel
devoción al Santo Patriarca de Nazaret. Es que en José encontramos
un manantial que no se agota de ejemplo, de santidad, de entrega, de
fidelidad, de total y completo y radical amor a Dios y a Sus planes.
José y María cambiaron todos sus proyectos una vez que el Señor les
manifestó Su Voluntad. Esto es lo que tenemos que hacer todos, estar
siempre abiertos a la Voz del Señor que nos llama, nos invita, nos
guía y pide cosas que, a veces, no estaban contempladas en nuestros
planes y sueños, por muy justos y buenos que sean. José, pues, es el
Maestro de la total disposición a cumplir con alegría y serenidad la
Voluntad del Padre, cualquiera esta sea, a estar siempre atentos a
las inspiraciones del Espíritu y dejarnos seducir por Dios.
La Iglesia, igualmente, invoca a San José como el Terror de los
demonios, esto porque su misión más importante fue esconder del
conocimiento de satanás la Encarnación del Verbo. En diversos
exorcismos se ha visto poderosamente la intercesión de José de
Nazaret en favor de los pobre poseídos.
Como en el Antiguo Testamento, en tiempos de José, el hebreo,
vendido por sus hermanos, vayamos donde San José y escuchemos la Voz
del Señor que nos dice: "Diríjanse a José y hagan lo que él les
diga"
(Gn 41, 55).
Que San José nos lleve a todos a un conocimiento atrevido de los
misterios de Su Hijo adoptivo y por él conozcamos en profundidad al
Verbo Encarnado a quien él llevó en sus brazos, le besó y
acarició... Igualmente, que la presencia de José en nuestras vidas
nos acerque a Santa María, la Virgen Madre de Dios y Madre nuestra.
Él que fue su Esposo virgen nos lleve de la mano hacia la Señora
para que le amemos como él, con ternura y delicadeza verdaderas.
"¡San José, Padre y Señor, ruega por nosotros!"
Así sea.
Rev. Fausto Zelaya |