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Viernes Santo

Jesús delante de Pilato

 


Señor, hoy viernes, muy temprano los jefes de los sacerdotes, los ancianos y los maestros de la Ley: todo el Sanedrín (Mc 15, 1), te llevaron donde Poncio Pilato para ser juzgado por el poder político. Pasaste la noche del jueves siendo torturado por los soldados de la Sinagoga; tus sacerdotes te entregaron a la rabia sacrílega de la chusma vulgar, sedienta de sangre. No hay parte ilesa en tu cuerpo, toda tu carne es una sóla llaga. El dolor y el cansancio son visibles en tu rostro inflamado por los golpes; los esputos y el sudor te cubren mezclados con la tierra que se ha pegado a tu piel las tantas veces que te tiraban por todos lados. Tus pies y manos van amarrados con gruesas y pesadas cadenas. Sangras copiosamente. A golpes te llevan arrastrado ante la presencia del gobernador romano, Poncio Pilato. Finalmente el pagano se encuentra con Vos cara a cara. Te ha examinado de pies a cabeza y el silencio es su única reacción ante semejante espectáculo. Tal vez se sorprendió al verte desbaratado; la verdad, sin embargo, es que no le importó que te hayan descuartizado.

Llegaste, Jesús, al inicio de la recta final, de tu fracaso tremendo: humanamente no podés hacer absolutamente nada. Estás solo, nadie pelea a tu favor. Estás en el tribunal de Poncio Pilato y ha iniciado el juicio que el demonio y el pecado se inventaron para salir de Vos, para destruirte. Comprendés perfectamente tu realidad y tu circunstancia ahora mismo. Estás solo, Señor, y las horas más amargas solamente solamente han empezado en tu vida. Han iniciado tus últimas horas en nuestro mundo. El viento frío de la mañana agita tu cabello empapado en tu propia sangre. A tu alrededor, la multitud grita tu nombre para maldecirlo. Te llaman falso profeta, mentiroso, embaucador, endemoniado, rebelde y enemigo del César. Pilato escucha las voces locas y solamente te observa. Sin duda alguna le impresiona tu silencio, no salen palabras de tu boca para defenderte ni gestos amenazantes. Amarrado sos el Cordero manso que se ha dejado llevar al matadero. Tus sacerdotes empezaron con sus acusaciones: "Hemos comprobado que este hombre es un agitador. Se opone a que se paguen los impuestos al César y pretende ser el Mesías de Dios Altísimo." (Mc 23, 2). En medio de todo este ruido, llegó el momento en que Pilato, con una señal de su mano, exige silencio: va a hablar para interrogarte: "¿Eres Tú el Rey de los judíos?" En todo momento has mantenido el rostro en alto: en tu humillación la majestad no te abandona; con sencillez y calma, con voz serena respondiste: "Tú eres el que lo dice." (Mc 23, 3).

Frente a Poncio Pilato, el Creador se encuentra frente a Su creatura pero no como debería de ser: aquí, el pecado cambió el orden: es la creatura la que llama a juicio a su Señor y se mofa de Él. Estás viviendo una experiencia única en tu existencia, la más absurda y fatal. Tu mirada se pierde en el firmamento que todavía no define sus colores sobre Jerusalén; escuchás los gritos que son el eco ahora de aquellas voces que te aclamaban el domingo, cuando con palmas, ramas de olivo y al son de aclamaciones, entraste en Jerusalén montado en un burrito; la gente tiraba sus capas y vestidos por el suelo para que pasaras como Rey (Mc 11, 1-11; Mt 21, 1-11; Lc 19, 29-40; Jn 12, 12-19). Hoy todo es diferente y las gargantas que te confesaban Mesías y Señor (Lc 19, 38), esas mismas, a gritos, exigen tu muerte.

Frente a tus ojos, Señor, pasa la historia de los siglos vertiginosamente: tu mirada velada por el dolor, el agotamiento, la sangre y el sudor, contemplan el instante de la creación cuando por puro amor creaste, junto al Padre y el Espíritu, a la raza que ahora te asesina. ¡Raza deicida, ¿cómo te atrevés a llamar a juicio a tu Señor?! Pero la historia de nuestro mundo, el ser hombre, ha probado, desde el mismo origen, que la satisfacción y complacencia del ser humano consiste en desbaratar al otro. Esta vez, Señor Prisionero, lo estamos haciendo con Vos. Es inaudito que Dios haya venido a nuestro mundo para ser asesinado (Jn 1, 11) pero esta es la realidad que nos caracteriza y nos sentimos orgullosos de ser tales.

Seguramente, Jesús humillado, en tus oídos resuenan los llamados a Israel de los antiguos Profetas de la Alianza sellada por Yahvéh, tu Padre, con nuestros antepasados en la fe que, sin cansancio le recuerda la fidelidad. En tu mente, sobre todo, la Profecía de Isaías (42, 1-8; 53, 1-12). Sí, Inocente, todas nuestros pecados son los que te aplastan; por nuestras faltas estás siendo triturado y nuestros crímenes te hacen el hombre de dolores, familiarizado con el sufrimiento. Dios, tu Padre, ha descargado sobre Vos toda la culpa y la perversidad de los hombres de todos los tiempos. Ahora, Señor, convertido en reo vulgar, enjuiciado y para colmo, arrancado de tus amigos que te han abandonado sin pensar en tu suerte. Dios, tu Padre, te ha herido de muerte por los crímenes de Su pueblo. Estás, pues, frente al romano Poncio Pilato; y según él tu suerte está en sus manos y tiene el valor de afirmártelo (Jn 19, 10).

Es impresionante verte, Señor, en tu extrema humillación: silencioso escuchas los gritos de todos que piden tu muerte en cruz (Jn 19, 6). Pilato, de repente, se da cuenta que en tu Presencia experimenta el temor, pero no sabe el por qué (Jn 19, 8) y te acosa a preguntas superficiales... "¿De dónde eres Tú?" Silencioso miras a los ojos a Poncio. En medio de esta absurda escena, no escondes tu señorío y sí, vale la pena reflexionar en tu actitud ahora mismo. Has tenido un cambio abismal, has superado la agonía de Getsemaní y tu oración allá, bajo los olivos. En el Huerto, tu plegaria tenía un propósito, casi semejante al de un ataque de llanto. La tristeza que te embargaba, una vez manifestada, ha perdido su poder de paralizarte. Tu aflicción se coloca en un marco más amplio y se vuelve menos poderosa. Cuando a las prioridades dominantes de una personalidad se les permite reafirmarse ellas mismas, es posible volver a vivir. No es una negación de la aflicción sino una renuncia a ser superado por ella. Sin embargo, no es una victoria fácil, lo sabés Vos mismo, Señor. Es fuerte el instinto de negar lo que esperamos. Afrontar la perspectiva de una muerte inminente y no ser aplastado por ella, requiere una gran fortaleza de carácter. Y esto es lo tuyo ahora... Estás mostrando todo el carácter posible, tu fuerza y tu esperanza en Dios tu Padre. Vas a la muerte, pero no como una víctima desafortunada de circunstancias sino como el que ha llegado al punto de ser capaz de dar libre aprobación al destino que te ha sobrevenido por ser, de alguna manera misteriosa, la manifestación de la Voluntad del Padre. Tu aceptación de la muerte es un acto de pura voluntad; no entendés el por qué tenía que sucederte esto. No sos inmune al dolor físico, menos al mental, no sos indiferente al rechazo y a la degradación de la sensibilidad que te acompaña, ni a la confusión interna y a la afrenta que esta produce. Tu sufrimiento es verdadero, profundo e intenso. Es auténtico y real. El único sostén, tu baluarte, Señor prisionero, contra la total desesperación es tu certidumbre en la fidelidad del Amor de tu Padre.

Pilato no tiene tiempo para más cosas... Los judíos le amenazan con ser enemigo del César si te deja en libertad (Jn 19, 12) y él, como nosotros, no va a perder todas las oportunidades para hacer carrera. Palestina era un destino miserable para los romanos y Pilato, sin duda, aspiraba a un puesto más alto en la misma corte del emperador. ¿Cómo perder entonces las posibilidades por un sucio hebreo acusado de proclamarse "Hijo de Dios"? (jn 19, 7) ¿De cuál dios, para empezar, en el pensamiento de Pilato? Él adoraba muchos, y Vos, Señor, de cuál de sus dioses eras el "hijo"?

La tensión aumenta en el pretorio, los gritos, nacidos de tantas gargantas enemigas se han convertido en locura sin par. La confusión reina por todos lados. Te golpean y se mofan de Vos; azotado y coronado de espinas (Jn 19, 5), sos el espectáculo que llena de gozo diabólico a tus enemigos. Sobre la máscara del romano Poncio Pilato, todos hemos sobre puesto las nuestras y te acusamos de los más horrendos crímenes. El tiempo pasa y la multitud ansiosa como hienas, espera escuchar al romano. Finalmente éste se levanta y Vos, Creador, vas a escuchar tu sentencia, la definitiva; la criatura se atreve a decidir tu destino. "¡Jesús, irás a la cruz!"

Rev. Fausto Zelaya



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