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Santa Cuaresma 2009

 

 

     

     Con la celebración del Miércoles de Ceniza, la Iglesia de Cristo inició el santo Tiempo de Cuaresma como preparación para el Santísimo Tríduo Pascual (Jueves Santo, Viernes Santo y Sábado Santo), en el cual conmemoramos aquellos venerables días en que nuestro Señor Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, se encamina a la Ciudad Santa, Jerusalén, para llevar a cabo el Plan eterno del Padre Dios: la salvación de la humanidad de todos los tiempos por medio del Sacrificio del Hijo.

     Si entráramos por un instante en el alma humana de Jesús nos causaría un horror sin medida al descubrir la agonía que Él vivió hasta las últimas consecuencias. Luego de haber celebrado la Fiesta solemne de la Pascua hebrea, el Señor se dirige con Sus Discípulos al Huerto de Getsemaní con la sola intención de entregarse a la oración. Sabe lo que le espera, lo que viene y tiembla frente al sufrimiento que le aguarda. Deja a ocho de los Doce aparte y se lleva solamente a Pedro, Santiago y Juan para que estén con Él (Mc 14, 33). Judas ya no está con el Grupo. "Empezó a sentir terror y angustia," nos dice San Marcos (14, 33). Las palabras griegas que nos describen al Señor son ciertamente demasiado fuertes, es más, de nadie fuera de Jesús se ha escrito que antes de sufrir haya conocido tal terror y angustia. De hecho, la historia nos afirma que los mártires iban cantando cuando entraban en el circo donde serían sacrificados o frente a la espada del verdugo o la cruz o el fuego. Pero no Jesús antes de Su beatísima Pasión: Él tiembla, suda copiosamente como sangre (Lc 22, 44) y clama al Padre que "aparte de Él el sufrimiento y la muerte" (Mc 14, 36, Mt 26, 36-46, Lc 22, 39-46, Jn 18, 1). El sufrimiento de Jesús es real y traumático; es afectado por la angustia más espantosa y cada hueso de Su cuerpo inocente cruje y se retuerce en la noche que el Padre --aparentemente-- le ha abandonado sin misericordia. Nadie se entera de lo que sufre el Señor esa noche fatídica: "Se postró rostro en tierra y oraba que, si era posible, se alejase de Él aquella hora," (Mc 14, 35). "Rostro en tierra," palabras serias y gruesas que nos gritan el extremo de la agonía moral y física que experimenta el Redentor. Nadie le acompaña, en Getsemaní solamente el viento frío mueve los olivos de antaño que resultan ser los únicos testigos del inicio de la Pasión del Hijo de Dios. Los tres Apóstoles escogidos para hacerle compañía, han tirado sus mantos y se han echado a dormir (Mc 14, 37) es que el sueño vence hasta el amor.


     Estás solo Jesús de Nazaret, totalmente abandonado por tus propias fuerzas, tu cuerpo se convulsiona con el sólo pensar que los peores tormentos se están fraguando para caerte encima y desbaratarte. Estás solo, Señor, y ni siquiera tus amigos más cercanos ---ni Juan, el amado--- te hacen compañía. El cielo oscuro, arriba de tu cabeza, se tiñe de rojo y la luna de la primavera ilumina el escenario más absurdo que la historia haya concebido y pensado jamás: Dios tiembla y sufre porque se prepara para salvar a la humanidad de todos los tiempos. En el fondo de todo este espectáculo solamente se escucha el ladrido lejano de los perros y parpadean a distancia las velas y candiles en las casas de los judíos apresurados en los preparativos de la Pascua que Jesús ha anticipado porque finalmente Su Hora ha llegado (Jn 2, 4). Jesús se arrastra torpemente en medio del estupor. El peso que le abruma es un desastre que marca cada poro del Nazareno y le deja paralizado. La descripción evangélica del sufrimiento de Cristo es ciertamente escandalosa y solamente nos acerca al verdadero drama dándonos una idea de la angustiosa agonía que aplastaba al Siervo de Yahvéh. Jesús conoce perfectamente Su destino, el horror de la Pasión no le era desconocido: el sufrimiento cruel, inhumano y terrible que le aguarda se le entierra en Sus sienes antes de las espinas que van a perforar Su cabeza. Se le acercan a Jesús la tortura, la burla, la vergüenza y la muerte. Va a conocer el abandono y la desolación más asquerosa que ser humano haya experimentado jamás. Es claro que el Señor vive una agonía mental que se hace sin medida porque le afecta igualmente corporalmente. Tropieza y cae al suelo. Es un vencido frente al dolor y la soledad amargas; plenamente experimenta voluntariamente toda la tragedia de la muerte humana. "Eran nuestras dolencias las que Él cargaba y nuestros dolores los que soportaba" (Is 53, 4).

 

     Jesús, has llegado al fondo del abismo y tus pies no tocan nada para apoyarte. Estás en el aire, como caña quebrada que el viento dobla con sus caprichosos vaivenes pero en el horror que estás viviendo sabés que solamente podés recurrir a tu Padre, aunque Él no te responda. En medio de tu espantosa lucha, sabiendo que tus alternativas son limitadas: no hubo testigos que te vieran así, demacrado, con los ojos desorbitados. La desesperación se dibuja horrible en tu cara. El sudor copioso te chorrea por todos lados, ¿quién te viera ahora Jesús? Tu rostro cadavérico ha hundido tus ojos. Si Pedro, Santiago y Juan te hubieran visto en este trance ¿hubieran recordado tal vez la majestad del rostro aquél que contemplaron cuando te Transfiguraste ante ellos? Estás temblando y las manos que sanaron tantos enfermos y acariciaron a los niños ahora se mueven sin sentido en el aire, como tratando de agarrar algo o de abrazar a alguien. Pero no, no hay nadie cerca, ni te podés agarrar a nada y tus esfuerzos son inútiles. Te has quedado inmóvil porque sabés perfectamente que lo que te espera es en tu contra y cuando esto nos sucede no se puede hacer nada. Vos, como hombre, Jesús, querés escapar de tu destino y es allí, en ese momento, que audazmente buscaste a tu Padre en la noche de tu espíritu poniendo tu vida en sus manos. Tu angustia se ha convertido en una situación en la cual pareciera que hasta la contradicción se ha convertido en parte de tu existencia, esto porque primero has afirmado siempre que veniste a este mundo para "tu Hora." Esta Hora ha llegado y tu oración se convierte en súplica para que pase lejos de Vos esta copa amarga, pero hay ambigüedad en tus palabras: "Ahora mi espíritu está agitado, y, ¿qué voy a decir? ¿Que mi Padre me libre de este trance? No; que para eso he llegado a este trance." (Jn 12, 27-28). Pedís que el dolor te sea ahorrado, que la tortura y la muerte no te toquen... pero de igual manera abrazás la Voluntad del Padre porque en ella se encuentra la salvación de tus hermanos los hombres. Jesús sabés perfectamente que "todo es posible para Dios" (Mc 10, 27) y si bien el horror vivido en Getsemaní nos resulta un conjunto de sentimientos encontrados, de contradicciones y de la angustia más negra que pueda hacer retorcerse a un hombre, Jesús, al fin, te tirás a la aventura de llevar a cabo la Voluntad del Padre y con tu actitud nos enseñás que cuando oramos debemos ser audaces y pedir lo imposible. En tu oración al Padre estás siguiendo el modelo que enseñaste a todos, a los que te escuchaban: tu oración es franca y de pocas palabras. Tu fe es audaz y no te permite esconder tu verdadera necesidad; no podés inventar cosas ahora que están solamente el Padre y Vos. No estás tratando de convencer a Dios, tu Padre, le estás gritando y no has intentado recurrir a tu ser igual a Él. Tu plegaria es la del hombre abatido que siente que el agua ha inundado hasta su alma (Sal 69, 2).

     Jesús, estás orando desde el terror en el que estás metido pidiendo ser salvado del destino que amenazante te muestra la muerte: tu propia muerte, Jesús, como la realización plena, pero misteriosa, de la Voluntad del Padre para salvarnos. Tu situación, nadie lo niega, es calamitosa. Entre las ramas de olivos el viento trae los ecos de aquél domingo cuando entraste a Jerusalén montado en un asno. Todos te aclamaban y proclamaban Mesías y Rey. ¿Dónde están todos esos que con palmas en sus manos y mantos por el suelo, extendidos a tu paso, con gritos de alabanza y de gloria, cantaban hosannas? Solamente el viento recoge esas voces, ahora perdidas, que se confunden en el marco de tu Hora. En tu cuerpo, Jesús de Nazaret, estás luchando para reconciliar la miseria humana --que es insoportable--, con la afirmación de un Dios misericordioso. Tu grito nace de tu Corazón, lleno de Amor infinito y no obstante, lleno del dolor que produce la más torpe y cruel incomprensión.


     Nada podés ocultar de la presencia de Dios; tenés que enfrentarlo todo, sin regateos. Y, como sabés que todo es posible para Dios das valor a tu oración sabiendo que no es inapropiada. Más allá pues de tu horror, angustia y agonía, tu plegaria no es signo de que la vacilación te ha conquistado ni que la debilidad psicológica y moral se hayan apoderado de tu disposición de llegar hasta el fin. Tu plegaria, Jesús, es la afirmación lógica de tu propia enseñanza sobre la oración. No estás buscando el sufrimiento ni lo estás amando; por el contrario, te produce asco, repugnancia, lo rechazás. Pero tu filiación te hace comprender que entraste a este mundo para hacer la Voluntad del Padre (Hb 10, 5-7) y si bien tu ser hombre perfecto, es decir, totalmente normal hace que el sufrimiento y la muerte te resulten odiosas y oraste para verte libre de la humillación de la cruz, aprendiste sufriendo a obedecer y así alcanzaste la perfección convirtiéndote en nuestra Salvación eterna y Dios, tu Padre, te proclamó Sumo Sacerdote según el orden de Melquisedec (Hb 5, 7-10) Lo que nos conseguiste, Señor, no fue el resultado de un juego. No, para nada. Tuviste que pasar por la violencia más inaudita, los sufrimientos atroces que conociste; tu terror y angustia, tu agonía. Humillado y manoseado como objeto de burla, desamparado de todos: de tu Padre y de tus amigos, con la vergüenza nauseabunda que te rodea por todos lados, te has convertido en el Primogénito de nosotros los hombres, los hijos de Adán, tus hermanos, y nos has salvado. Tu carne tiembla ante el conocimiento del odio que te espera; el pecado humano va a caer sobre Vos como el lobo sobre el cordero indefenso. Ninguna parte de tu cuerpo quedará sana: la culpa del Edén tiene que caer con todo su peso, tiene que destrozarte, Jesús de Nazaret. Por cada pecado nuestro vas a sufrir y tu piel será el recipiente del desprecio y la saña.

    

Señor, estás desprotegido totalmente, te has convertido en el hombre vulnerable por antonomasia y tus enemigos se acercan. Vienen dirigidos por uno de tus amigos, Judas Iscariote. Él viene a la cabeza del grupo, pero no los trae para que escuchen tus palabras de vida ni para ser sanados de sus enfermedades. Judas, tu amigo, te ha traicionado y se ha prestado para entregarte. Se escuchan voces en el Huerto, ya no ecos, como antes... esta vez son gritos de amenaza de odio y burla. Tus enemigos gritan sus sacrilegios al aire, escupiendo hacia arriba. Jesús, tu Hora ha llegado finalmente y los instrumentos para que sea un hecho concreto en tu vida, los esbirros guiados por Judas, ya están presentes. Has aceptado la Voluntad misteriosa del Padre y te adelantás a recibir al traidor, llamándole "amigo" (Mt 26, 50). Ya no tenés nada en este mundo, Señor, ni siquiera Voluntad porque la has conformado a aquella de tu Padre. Ya nada te amarra a nuestra realidad amodorrada, has vencido y conquistado. Estás abrazando tu destino, con todas sus consecuencias. Sabés que el dolor y las torturas sin nombre son ahora tu única posesión y vas a ellas seguro y firme. La muerte y la oscuridad de la tumba con su frialdad te están reservadas y no se te oculta este conocimiento. Frente a esta realidad, tu rostro ya sereno y tu cuerpo erguido parecen ser la columna nueva de fuego que abre el camino al Pueblo de Israel por el desierto (Ex 13, 21). Sos Vos ahora, Señor, quien guía al nuevo Pueblo que ya estás comprando con tu Sangre, tu fidelidad hasta el fin a la Voluntad del Padre es tu Ejemplo para nosotros. Ya venciste, Señor, y querés que nosotros imitemos tu entrega generosa y que igualmente conquistemos el miedo que causa cuando nos confronta la Voluntad del Eterno. Ya no hay miedo en tu mirar ni tus rodillas se debilitan hasta doblarse.

 

 

     En los tres Apóstoles dormidos, Pedro, Santiago y Juan: tus íntimos, estamos todos retratados. Sobre sus caras bien podemos poner las nuestras. Se han aburrido de tu larga oración en Getsemaní y sin vergüenza ninguna, ni excusa posible, se entregaron a lo más fácil, dormir, como para escapar la realidad. No llevaste a tus otros amigos para que fueran testigos de tu agonía espantosa; fueron tus preferidos y te fallaron. Duermen como si tu presencia a su alrededor fuera tan insignificante que no les importara dejarte solo, a la deriva de tu propio desastre; ellos, esos tres, al ignorarte, parecieran ser parte de lo que te aguarda. Y sí, lo son, vas a morir por ellos igualmente y su actitud no puede ser diferente de la del resto del mundo. Antes de salir del Cenáculo convertiste el pan en tu carne y el vino en tu sangre (Mc 14, 22-25; Mt 26, 26-29; Lc 22, 14-20; Jn 6, 51-59; I Cor 11, 23-25), ahora, en el Huerto ya sos Pan partido y Copa derramada, la mecha humeante que el viento amenaza con apagar, el leño seco que va a ser quemado. No obstante, te has llenado de una fuerza nueva interior que no se mira ni se toca pero es tu realidad recién estrenada: estás repleto de ella y tus pensamientos y acciones son el resultado de ese encuentro tuyo con la Voluntad misteriosa de tu Padre, de tu aceptación radical de la misma: lo has querido todo en su entereza y no has rechazado nada. Vas hasta el fin y tu paso es firme y sereno. Tu camino no es señalado por la prudencia humana siempre tan calculadora. No, Jesús, te movés desde la vivencia más atrevida de la Voluntad Divina; ya no son dos, Vos y tu Padre, sino solamente uno: tu entrega libre y voluntaria se han convertido en sinónimo de amor rotundo a Dios, al Dios que para poder hablar con Él antes quema los labios con carbón encendido y brasa ardiente (Is 6, 6). Jesús, ya estás listo para emprender la obra de nuestra Redención. Desbaratado, desolado y torturado mentalmente, pero agarrándote de Dios, tu Padre, y tal vez de las ramas que encontrás a tu paso vas rumbo a lo que el demonio y el mundo te tienen preparado. Sos el Cordero Inmaculado que tiene que ser quebrado; tus huesos van a conocer otro crujido: el de los golpes y bofetadas de los judíos que te caen encima con violencia infernal. De tu Corazón santísimo brota luminosa una nueva oración, ya le hablás a Dios con autoridad filial que significa aceptación total de Su Voluntad: "Aquí estoy, mándame." (Is 6, 8). Te has convertido en tronco que será cortado para convertirte en semilla santa (Is 6, 13). Nos has visto a nosotros también tirados por el suelo, pero nuestra pereza y modorra no son las de los tres amigos tuyos. Nuestro cansancio es peor y fatal, es el sueño que produce el pecado y el rechazo de Dios. En tu agonía, sin embargo, buscás cómo animarnos a seguir a pesar de todo: de nuestro miedo torpe, de la debilidad interior que nos caracteriza, de la falta de voluntad y, de lo que es peor, de la falta de amor a Dios. Por esto nos increpás con la reciedumbre que regala el haber visto a Dios sin sentirlo en la carne... Ahora estás frente a nosotros, sabés que es posible cumplir la Voluntad de Dios y la fuerza es tu dominio y querés que nosotros sigamos tus huellas, por esto nos ves a los ojos y decís: "¡Levántense!" (Mc 14, 22).

Rev.Fausto Zelaya, 23 de Febrero de 2009.

 

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