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Con la celebración del Miércoles de Ceniza,
la Iglesia de Cristo inició el santo Tiempo de Cuaresma como
preparación para el Santísimo Tríduo Pascual (Jueves Santo, Viernes Santo y
Sábado Santo), en el cual conmemoramos aquellos venerables
días en que nuestro Señor Jesucristo, verdadero Dios y
verdadero hombre, se encamina a la Ciudad Santa, Jerusalén,
para llevar a cabo el Plan eterno del Padre Dios: la
salvación de la humanidad de todos los tiempos por medio del
Sacrificio del Hijo.
Si
entráramos por un instante en el alma humana de Jesús nos
causaría un horror sin medida al descubrir la agonía que Él
vivió hasta las últimas consecuencias. Luego de haber
celebrado la Fiesta solemne de la Pascua hebrea, el Señor se
dirige con Sus Discípulos al Huerto de Getsemaní con la sola
intención de entregarse a la oración. Sabe lo que le espera,
lo que viene y tiembla frente al sufrimiento que le aguarda.
Deja a ocho de los Doce aparte y se lleva solamente a Pedro,
Santiago y Juan para que estén con Él (Mc 14, 33). Judas ya
no está con el Grupo. "Empezó a sentir terror y angustia,"
nos dice San Marcos (14, 33). Las palabras griegas que nos
describen al Señor son ciertamente demasiado fuertes, es
más, de nadie fuera de Jesús se ha escrito que antes de
sufrir haya conocido tal terror y angustia. De hecho, la
historia nos afirma que los mártires iban cantando cuando
entraban en el circo donde serían sacrificados o frente a la
espada del verdugo o la cruz o el fuego. Pero no Jesús antes
de Su beatísima Pasión: Él tiembla, suda copiosamente como
sangre (Lc 22, 44) y clama al Padre
que "aparte de Él el sufrimiento y la muerte" (Mc 14, 36, Mt
26, 36-46, Lc 22, 39-46, Jn 18, 1). El sufrimiento de Jesús
es real y traumático; es afectado por la angustia más
espantosa y cada hueso de Su cuerpo inocente cruje y se
retuerce en la noche que el Padre --aparentemente-- le ha
abandonado sin misericordia. Nadie se entera de lo que sufre
el Señor esa noche fatídica: "Se postró rostro en tierra y
oraba que, si era posible, se alejase de Él aquella hora," (Mc
14, 35). "Rostro en tierra," palabras serias y gruesas que
nos gritan el extremo de la agonía moral y física que
experimenta el Redentor. Nadie le acompaña, en Getsemaní
solamente el viento frío mueve los olivos de antaño que
resultan ser los únicos testigos del inicio de la Pasión del
Hijo de Dios. Los tres Apóstoles escogidos para hacerle
compañía, han tirado sus mantos y se han echado a dormir (Mc
14, 37) es que el sueño vence hasta el amor.
Estás solo Jesús de Nazaret, totalmente abandonado
por tus propias fuerzas, tu cuerpo se convulsiona con el
sólo pensar que los peores tormentos se están fraguando para
caerte encima y desbaratarte. Estás solo, Señor, y ni
siquiera tus amigos más cercanos ---ni Juan, el amado--- te
hacen compañía. El cielo oscuro, arriba de tu cabeza, se
tiñe de rojo y la luna de la primavera ilumina el escenario
más absurdo que la historia haya concebido y pensado jamás:
Dios tiembla y sufre porque se prepara para salvar a la
humanidad de todos los tiempos. En el fondo de todo este
espectáculo solamente se escucha el ladrido lejano de los
perros y parpadean a distancia las velas y candiles en las
casas de los judíos apresurados en los preparativos de la
Pascua que Jesús ha anticipado porque finalmente Su Hora ha
llegado (Jn 2, 4). Jesús se arrastra torpemente en medio del
estupor. El peso que le abruma es un desastre que marca cada
poro del Nazareno y le deja paralizado. La descripción
evangélica del sufrimiento de Cristo es ciertamente
escandalosa y solamente nos acerca al verdadero drama
dándonos una idea de la angustiosa agonía que aplastaba al
Siervo de Yahvéh. Jesús conoce perfectamente Su destino, el
horror de la Pasión no le era desconocido: el sufrimiento
cruel, inhumano y terrible que le aguarda se le entierra en
Sus sienes antes de las espinas que van a perforar Su
cabeza. Se le acercan a Jesús la tortura, la burla, la
vergüenza y la muerte. Va a conocer el abandono y la
desolación más asquerosa que ser humano haya experimentado
jamás. Es claro que el Señor vive una agonía mental que se
hace sin medida porque le afecta igualmente corporalmente.
Tropieza y cae al suelo. Es un vencido frente al dolor y la
soledad amargas; plenamente experimenta voluntariamente toda
la tragedia de la muerte humana. "Eran nuestras dolencias
las que Él cargaba y nuestros dolores los que soportaba" (Is
53, 4).
Jesús, has
llegado al fondo del abismo y tus pies no tocan nada para
apoyarte. Estás en el aire, como caña quebrada que el viento
dobla con sus caprichosos vaivenes pero en el horror que
estás viviendo sabés que solamente podés recurrir a tu
Padre, aunque Él no te responda. En medio de tu espantosa
lucha, sabiendo que tus alternativas son limitadas: no hubo
testigos que te vieran así, demacrado, con los ojos
desorbitados. La desesperación se dibuja horrible en tu
cara. El sudor copioso te chorrea por todos lados, ¿quién te
viera ahora Jesús? Tu rostro cadavérico ha hundido tus ojos.
Si Pedro, Santiago y Juan te hubieran visto en este trance
¿hubieran recordado tal vez la majestad del rostro aquél que
contemplaron cuando te Transfiguraste ante ellos? Estás
temblando y las manos que sanaron tantos enfermos y
acariciaron a los niños ahora se mueven sin sentido en el
aire, como tratando de agarrar algo o de abrazar a alguien.
Pero no, no hay nadie cerca, ni te podés agarrar a nada y
tus esfuerzos son inútiles. Te has quedado inmóvil porque
sabés perfectamente que lo que te espera es en tu contra y
cuando esto nos sucede no se puede hacer nada. Vos, como
hombre, Jesús, querés escapar de tu destino y es allí, en
ese momento, que audazmente buscaste a tu Padre en la noche
de tu espíritu poniendo tu vida en sus manos. Tu angustia se
ha convertido en una situación en la cual pareciera que
hasta la contradicción se ha convertido en parte de tu
existencia, esto porque primero has afirmado siempre que
veniste a este mundo para "tu Hora." Esta Hora ha llegado y
tu oración se convierte en súplica para que pase lejos de
Vos esta copa amarga, pero hay ambigüedad en tus palabras:
"Ahora mi espíritu está agitado, y, ¿qué voy a decir? ¿Que
mi Padre me libre de este trance? No; que para eso he
llegado a este trance." (Jn 12, 27-28). Pedís que el dolor
te sea ahorrado, que la tortura y la muerte no te toquen...
pero de igual manera abrazás la Voluntad del Padre porque en
ella se encuentra la salvación de tus hermanos los hombres.
Jesús sabés perfectamente que "todo es posible para Dios" (Mc
10, 27) y si bien el horror vivido en Getsemaní nos resulta
un conjunto de sentimientos encontrados, de contradicciones
y de la angustia más negra que pueda hacer retorcerse a un
hombre, Jesús, al fin, te tirás a la aventura de llevar a
cabo la Voluntad del Padre y con tu actitud nos enseñás que
cuando oramos debemos ser audaces y pedir lo imposible. En
tu oración al Padre estás siguiendo el modelo que enseñaste
a todos, a los que te escuchaban: tu oración es franca y de
pocas palabras. Tu fe es audaz y no te permite esconder tu
verdadera necesidad; no podés inventar cosas ahora que están
solamente el Padre y Vos. No estás tratando de convencer a
Dios, tu Padre, le estás gritando y no has intentado
recurrir a tu ser igual a Él. Tu plegaria es la del hombre
abatido que siente que el agua ha inundado hasta su alma
(Sal 69, 2).
Jesús, estás
orando desde el terror en el que estás metido pidiendo ser
salvado del destino que amenazante te muestra la muerte: tu
propia muerte, Jesús, como la realización plena, pero
misteriosa, de la Voluntad del Padre para salvarnos. Tu
situación, nadie lo niega, es calamitosa. Entre las ramas de
olivos el viento trae los ecos de aquél domingo cuando
entraste a Jerusalén montado en un asno. Todos te aclamaban
y proclamaban Mesías y Rey. ¿Dónde están todos esos que con
palmas en sus manos y mantos por el suelo, extendidos a tu
paso, con gritos de alabanza y de gloria, cantaban hosannas?
Solamente el viento recoge esas voces, ahora perdidas, que
se confunden en el marco de tu Hora. En tu cuerpo, Jesús de
Nazaret, estás luchando para reconciliar la miseria humana
--que es insoportable--, con la afirmación de un Dios
misericordioso. Tu grito nace de tu Corazón, lleno de Amor
infinito y no obstante, lleno del dolor que produce la más
torpe y cruel incomprensión.
Nada podés ocultar de la presencia de Dios; tenés que
enfrentarlo todo, sin regateos. Y, como sabés que todo es
posible para Dios das valor a tu oración sabiendo que no es
inapropiada. Más allá pues de tu horror, angustia y agonía,
tu plegaria no es signo de que la vacilación te ha
conquistado ni que la debilidad psicológica y moral se hayan
apoderado de tu disposición de llegar hasta el fin. Tu
plegaria, Jesús, es la afirmación lógica de tu propia
enseñanza sobre la oración. No estás buscando el sufrimiento
ni lo estás amando; por el contrario, te produce asco,
repugnancia, lo rechazás. Pero tu filiación te hace
comprender que entraste a este mundo para hacer la Voluntad
del Padre (Hb 10, 5-7) y si bien tu ser hombre perfecto, es
decir, totalmente normal hace que el sufrimiento y la muerte
te resulten odiosas y oraste para verte libre de la
humillación de la cruz, aprendiste sufriendo a obedecer y
así alcanzaste la perfección convirtiéndote en nuestra
Salvación eterna y Dios, tu Padre, te proclamó Sumo
Sacerdote según el orden de Melquisedec (Hb 5, 7-10) Lo que
nos conseguiste, Señor, no fue el resultado de un juego. No,
para nada. Tuviste que pasar por la violencia más inaudita,
los sufrimientos atroces que conociste; tu terror y
angustia, tu agonía. Humillado y manoseado como objeto de
burla, desamparado de todos: de tu Padre y de tus amigos,
con la vergüenza nauseabunda que te rodea por todos lados,
te has convertido en el Primogénito de nosotros los hombres,
los hijos de Adán, tus hermanos, y nos has salvado. Tu carne
tiembla ante el conocimiento del odio que te espera; el
pecado humano va a caer sobre Vos como el lobo sobre el
cordero indefenso. Ninguna parte de tu cuerpo quedará sana:
la culpa del Edén tiene que caer con todo su peso, tiene que
destrozarte, Jesús de Nazaret. Por cada pecado nuestro vas a
sufrir y tu piel será el recipiente del desprecio y la saña.

Señor, estás desprotegido totalmente, te has convertido en
el hombre vulnerable por antonomasia y tus enemigos se
acercan. Vienen dirigidos por uno de tus amigos, Judas
Iscariote. Él viene a la cabeza del grupo, pero no los trae
para que escuchen tus palabras de vida ni para ser sanados
de sus enfermedades. Judas, tu amigo, te ha traicionado y se
ha prestado para entregarte. Se escuchan voces en el Huerto,
ya no ecos, como antes... esta vez son gritos de amenaza de
odio y burla. Tus enemigos gritan sus sacrilegios al aire,
escupiendo hacia arriba. Jesús, tu Hora ha llegado
finalmente y los instrumentos para que sea un hecho concreto
en tu vida, los esbirros guiados por Judas, ya están
presentes. Has aceptado la Voluntad misteriosa del Padre y
te adelantás a recibir al traidor, llamándole "amigo" (Mt
26, 50). Ya no tenés nada en este mundo, Señor, ni siquiera
Voluntad porque la has conformado a aquella de tu Padre. Ya
nada te amarra a nuestra realidad amodorrada, has vencido y
conquistado. Estás abrazando tu destino, con todas sus
consecuencias. Sabés que el dolor y las torturas sin nombre
son ahora tu única posesión y vas a ellas seguro y firme. La
muerte y la oscuridad de la tumba con su frialdad te están
reservadas y no se te oculta este conocimiento. Frente a
esta realidad, tu rostro ya sereno y tu cuerpo erguido
parecen ser la columna nueva de fuego que abre el camino al
Pueblo de Israel por el desierto (Ex 13, 21). Sos Vos ahora,
Señor, quien guía al nuevo Pueblo que ya estás comprando con
tu Sangre, tu fidelidad hasta el fin a la Voluntad del Padre
es tu Ejemplo para nosotros. Ya venciste, Señor, y querés
que nosotros imitemos tu entrega generosa y que igualmente
conquistemos el miedo que causa cuando nos confronta la
Voluntad del Eterno. Ya no hay miedo en tu mirar ni tus
rodillas se debilitan hasta doblarse.
En los tres Apóstoles dormidos, Pedro, Santiago y
Juan: tus íntimos, estamos todos retratados. Sobre sus caras
bien podemos poner las nuestras. Se han aburrido de tu larga
oración en Getsemaní y sin vergüenza ninguna, ni excusa
posible, se entregaron a lo más fácil, dormir, como para
escapar la realidad. No llevaste a tus otros amigos para que
fueran testigos de tu agonía espantosa; fueron tus
preferidos y te fallaron. Duermen como si tu presencia a su
alrededor fuera tan insignificante que no les importara
dejarte solo, a la deriva de tu propio desastre; ellos, esos
tres, al ignorarte, parecieran ser parte de lo que te
aguarda. Y sí, lo son, vas a morir por ellos igualmente y su
actitud no puede ser diferente de la del resto del mundo.
Antes de salir del Cenáculo convertiste el pan en tu carne y
el vino en tu sangre (Mc 14, 22-25; Mt 26, 26-29; Lc 22,
14-20; Jn 6, 51-59; I Cor 11, 23-25), ahora, en el Huerto ya
sos Pan partido y Copa derramada, la mecha humeante que el
viento amenaza con apagar, el leño seco que va a ser
quemado. No obstante, te has llenado de una fuerza nueva
interior que no se mira ni se toca pero es tu realidad
recién estrenada: estás repleto de ella y tus pensamientos y
acciones son el resultado de ese encuentro tuyo con la
Voluntad misteriosa de tu Padre, de tu aceptación radical de
la misma: lo has querido todo en su entereza y no has
rechazado nada. Vas hasta el fin y tu paso es firme y
sereno. Tu camino no es señalado por la prudencia humana
siempre tan calculadora. No, Jesús, te movés desde la
vivencia más atrevida de la Voluntad Divina; ya no son dos,
Vos y tu Padre, sino solamente uno: tu entrega libre y
voluntaria se han convertido en sinónimo de amor rotundo a
Dios, al Dios que para poder hablar con Él antes quema los
labios con carbón encendido y brasa ardiente
(Is
6, 6). Jesús, ya estás listo para emprender la obra de
nuestra Redención. Desbaratado, desolado y torturado
mentalmente, pero agarrándote de Dios, tu Padre, y tal vez
de las ramas que encontrás a tu paso vas rumbo a lo que el
demonio y el mundo te tienen preparado. Sos el Cordero
Inmaculado que tiene que ser quebrado; tus huesos van a
conocer otro crujido: el de los golpes y bofetadas de los
judíos que te caen encima con violencia infernal. De tu
Corazón santísimo brota luminosa una nueva oración, ya le
hablás a Dios con autoridad filial que significa aceptación
total de Su Voluntad: "Aquí estoy, mándame." (Is 6, 8). Te
has convertido en tronco que será cortado para convertirte
en semilla santa (Is 6, 13). Nos has visto a nosotros
también tirados por el suelo, pero nuestra pereza y modorra
no son las de los tres amigos tuyos. Nuestro cansancio es
peor y fatal, es el sueño que produce el pecado y el rechazo
de Dios. En tu agonía, sin embargo, buscás cómo animarnos a
seguir a pesar de todo: de nuestro miedo torpe, de la
debilidad interior que nos caracteriza, de la falta de
voluntad y, de lo que es peor, de la falta de amor a Dios.
Por esto nos increpás con la reciedumbre que regala el haber
visto a Dios sin sentirlo en la carne... Ahora estás frente
a nosotros, sabés que es posible cumplir la Voluntad de Dios
y la fuerza es tu dominio y querés que nosotros sigamos tus
huellas, por esto nos ves a los ojos y decís: "¡Levántense!"
(Mc 14, 22).
Rev.Fausto Zelaya, 23
de
Febrero de 2009.
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