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En nombre del Padre,
y del Hijo,
y del Espíritu Santo. Amén.
Yo, Bernardo Martínez, voy a contar a mi
Obispo, Mons. Pablo Antonio Vega, los acontecimientos ocurridos en
el valle de Cuapa. Quiero obedecerle y en todo me someto a él.
Fue en la capilla vieja donde empezaron
las señales, en una fecha que no recuerdo; tal vez a finales de
marzo. Entrando yo a la sacristía encontré una bujía
encendida. Entonces culpé, a Doña Auxiliadora Martínez, porque
creí que ella la había dejado encendida. En otra que no
recuerdo, volví a entrar a la capilla y hallé otra bujía encendida,
tal vez en los primeros días de abril. Entonces culpé a Doña
Socorro Barea. Yo no pensaba que venía del cielo estas señales
y por eso formaba pleito con estas señoras, por el gasto de
electricidad. Quería decirles que tuvieran más cuidado con la
luz y siempre el que maneja las llaves de una casa tiene que tener
más cuidado. Y esta era mi inconformidad.
Pero cuando quise ir a regañarlas y fui
a la casa para hacerlos, no pude decir nada. Las miradas
inocentes - en mi interior miraba yo esos - veía que las estaba
culpando sin culpa. Pensé entonces no decir nada y si algo se
gastaba más del mínimo, pagarlo yo.
El 15 de Abril de 1980 miré la imagen
iluminada. Pensé que eran los muchachos que, jugando en la
plaza, habían quebrado las tejas y así era que entraba claridad
sobre la imagen. También pensé que les iba a cobrar las tejas
y la reparación, pues ya antes le había cobrado; desde entonces no
la había vuelto a hacer. Pero yo pensaba que ellos habían
entrado intrusamente, porque yo vivo lejos y pensé: "Ahora qué yo no
estaba, jugaron y me quebraron las tejas". Me acerqué para ver
y vi que no había ningún agujero en el techo; salí para ver si por
las ventanas entraba luz de fuera y no vi nada. Volví cerca de
la imagen para ver si le habían puesto un rosario fosforescente; le
miré las manos, los pies, el cuello .... no era nada de eso.
La luz no salía de ninguna cosa; la luz salía de ella.
Para mi fue un gran misterio. Con
la iluminación que ella daba se podía caminar sin tropezar. Y
era de noche, casi las ocho de la noche, porque había llegado tarde.
Entonces fue cuando yo comprendí que esa
cosa era extraña; que ya no era una cosa común. Para mi pensé:
"La Santísima Virgen, la Madre Santísima, está enojada conmigo
porque yo he estado peleando con la gente", y decidí pedirle perdón
porque me conmovió tanto el verla así iluminada; vi linda la imagen
.... Ahora ya no la veo tanto.
Me fui a tocar la campana porque llegué
con una hora de retraso y con lo de la iluminación, más tarde se me
había hecho para el rezo del rosario. En mi pensamiento tenía
grabado todo aquello que había visto y pensaba. "Soy el
culpable".
En estos pensamientos andaba cuando me
acordé que, cuando era niño, mi abuelita me decía que nunca fuera
"candil de la calle y oscuridad de mi casa". Comprendí mi
pecado: Quería que otros hicieran la paz y yo andaba peleando
en mi casa. Digo esto porque había ayudado a solucionar un
problema en el pueblo de Cuapa. Había división entre la gente,
porque muchos se oponían a que llegaran cubanos para la
alfabetización; en especial se oponían los muchachos alfabetizadores.
Ellos decían que entre todos podríamos hacerlo: profesores, alumnos
del centro escolar y voluntarios del pueblo. Los muchachos
estaban tan violentos que decían: "Si el padre quiere que aquí
vengan cubanos, que mejor se vaya él a su Italia". Pero poco a
poco, hablando con el padre arreglamos todo sin violencia.
Digo que "arreglamos todos, porque a Cuapa no llegaron cubanos para
la alfabetización.
Pero en la Comarca del Silencio
(pueblecito situado al otro lado de las montañas, cerca de unos 10
kilómetros al este de Cuapa) hubo un problema con un muchacho que se
enfermó y tuvieron que llevar a un cubano para reemplazarlo.
Resulta que el cubano, al ver que los campesinos dan gracias a Dios
por la comida, les decía: "No digan así. Digan como
nosotros decimos Gracias a Fidel que ya comí." Esto vino a ser
como prueba de que llevábamos razón en no querer que llegaran
cubanos a Cuapa, porque este muchacho estaba enseñando a poner a un
hombre en el lugar de Dios.
Yo pensé en todo esto y me volvió el
pensamiento de que allí ayudé a poner paz, pero en mi casa no lo
estaba haciendo. (Es interesante notar, especialmente a la luz
de la ordenación de Bernardo, en agosto de 1995, como sacerdote de
la Iglesia Católica, que él considera "la iglesia" como su casa.)
Y así decidí pedirles perdón delante de toda la gente. Lo hice
y ellas me perdonaron.
Después del perdón público, conté a toda
la gente que vino a rezar el rosario, lo que había visto: la
imagen iluminada. Pero les deje que lo guardaran en
secreto. No fue así. El secreto corrió por todo Cuapa y
yo sufrí con ello por las burlas que algunos hicieron.
Una de las hermanas de la comunidad fue
a Juigalpa y se lo dijo al sacerdote que es nuestro párroco.
Cuando yo llegaba a Cuapa, él me decía, "¿Qué tenés vos de
nuevo? Yo decía que nada y él insistía, "Vos tenés algo".
Un día llegué donde Doña Cosuelo Marín y
me preguntó. Yo le conté todo lo sucedido y ella me dijo que
lo creía y que le dijera a la Virgen que ella quería verla
iluminada. Me hizo prometerle que le avisaría si la volvía a
ver.
Otro día, el
padre, el sacerdote, me preguntó de nuevo y me refirió todo lo que
ya le habían dicho. Yo le dije que sí; que era verdad.
El me dijo que se lo dijera todo de nuevo. Se lo referí.
El me preguntó qué era lo que yo rezaba. Le dije que el
rosario y las tres Avemarías a la Santísima Virgen desde que era
pequeño. Y que mi abuelita me había enseñado a invocarla
siempre que tuviera algunas tribulación, diciéndole: "No me dejes,
Madre mía". También me enseño a decir:
Es María Auxiliadora dulce faro de la
mar;
es el amor de mi alma desde que yo supe
amar.
Ella en mi niñez mis pasos guió,
y por eso desde niño siempre la quise
yo.
Esto me lo enseño de memoria, porque
ella no sabía leer. Entonces me dijo el sacerdote que hiciera
oración y le pidiera a la Santísima Virgen que si algo quería de
nosotros, que se manifestara más claramente. Lo hice, pero
rezaba así:
Madre Santísima, no me des a mí ninguna
encargo. Tengo muchísimos problemas en la iglesia. Dale
el encargo a otra persona, porque yo quiero evitarme más problemas.
Tengo muchos ahora. Ya no quiero más.
Así decía yo a la Santísima Virgen.
Con el correr de los días, la gente se
empezó a olvidar de lo de la iluminación de la imagen. Yo, por
mi parte, seguía con mi oración como el padre me lo había ordenado.
Ahora comprendo que la Santísima Virgen
como que quiso prepararme; como lo hace un agricultor con su
terreno. Con aquella confesión en público que hice ante mis
hermanos, con la que yo pedí perdón, yo fui como el lugar donde se
dio un cambio. Tuve un cambio con el que Ella me preparó. |